El Abuelo, Benito Pérez Galdós

Novela dramática irrepresentable por su extensión, terminada en Santander, en 1897, y obra teatral, recorta­da y refundida en 1904, de Benito Pérez Galdós (1843-1920). Se trata, para muchos, de una auténtica creación genial, acaso la obra más poderosamente impresionante y perenne del autor. Su fuente remota, aun­que completamente transportada a otra épo­ca y originalmente diferenciada, puede ser El rey Lear (v.) de Shakespeare. Todo en El Abuelo aparece lleno de vida, y rico en caracteres y pasiones, sobre todo en su forma amplia de 1897. El protagonista don Rodrigo de Arista Potestad, conde de Albrit — «el león flaco de Albrit» — en cu­yos nombres, como en gran parte de los personajes de Galdós, se busca ya un cierto simbolismo, encarna los viejos prejuicios del honor, junto a una humanidad, llena  sentimiento que le vivifica. Es todo un hombre, en sus valores y sus defectos, todo ello un poco primario, pero sublimemente humano, como en las mejores creaciones galdosianas, siempre más de sentimiento que de inteligencia, a diferencia de la in­mediata generación del 98.

Es dicho Albrit un alma generosa y noble, que en el pro­blema de sus nietas Nell y Dolly —una auténtica, otra ilegítima por el adulterio de su nuera —, llega a la solución del triun­fo del espíritu sobre la letra, de lo que pudiéramos llamar «los hijos de Dios sobre los hijos de la carne». Las niñas con sus ingenuos diálogos infantiles, se colocan en el centro del problema del viejo Albrit, que queriendo descubrir e incluso matar a la bastarda, termina acompañado sólo por ésta, cuando todos ingratamente le aban­donan. El ambiente, con sus rocas, mar, fiestas de pueblo (acaso eco de su estancia en la montaña de Santander), el tipo del infeliz, a fuerza de ser buena persona, don Pío Coronado (también con simbolismo en sus nombres), y escenas, como la de la li­turgia poética en un monasterio, mientras Albrit, lucha en su alma con sus dudas y prejuicios, nos parecen casi shakespearianos — con toda la diferencia de época —. Se ha hecho célebre la frase, entre humo­rística y trágica, de Pío Coronado: «¡Dios mío, qué malo es ser bueno!». La solución humanísima deja ese sabor agridulce, tan español, de las mejores obras de Galdós. Éste, acaso inconscientemente, adivinó nue­vos caminos de la novela y el teatro uni­dos, que a la vez enlazaban con lo tradi­cional. La obra, por tanto, representa el triunfo del amor sobre el honor y los pre­juicios.

A. Valbuena Prat