El Abate Tigrane, Ferdinand Fabre

[L´Abbé Tigrane]. Novela de Ferdinand Fabre (1830-1898), publicada en 1873. En una modesta ciudad de montaña situada entre las Cevennes y los Pirineos, sede de un obispado, con mu­chos conventos de todas las órdenes, vive una población reducida, devota y laborio­sa. La acción, que transcurre entre 1866 y 1870, se inicia en el seminario con un conflicto entre el superior del mismo y el obispo, conflicto que se mantiene durante toda la novela, asumiendo algunas veces aspectos dramáticos. El Superior, el Abate Capdepont, llamado por sobrenombre Tigra­ne, debido a su carácter autoritario y bata­llador, tiene un alma ardiente, dominada por la ambición. Desde hace años toda su inteligencia y todas las energías de su fuer­te temperamento están encaminadas a una sola meta: obtener el nombramiento de obispo. Así, pues, no perdona a Monseñor de Roquebrun que ha sido más afortunado. La lucha es encarnizada.

El obispo esgrime sus influencias para impedir que sea su sucesor. La muerte del prelado agudiza los deseos de Tigrane: las intrigas, hábilmente conducidas, le confieren finalmente la dig­nidad episcopal. El libro tiene una sola ac­ción, que toma vida en la figura del Padre, personaje siempre vivo e interesante en sus pasiones, aunque llegue a actos sacrilegos, como el que ejecuta con los restos mortales del obispo, cuando trata de arrancar el ani­llo del dedo del difunto. El autor no aban­dona nunca una posición de relativa obje­tividad, que salva, pese a los actos de di­chos sacerdotes, la dignidad de la Igle­sia: «Es preciso que algo divino haya en ti, puesto que tus sacerdotes no han conse­guido perderte». Algunas escenas están con­seguidas con vivo realismo y sentido del drama, y se conjugan bien con las vicisi­tudes tempestuosas del Padre; la narración de su sueño revela los recovecos más re­motos de su alma y las peripecias del en­tierro del obispo, celebrado en una noche de tempestad, están descritas con tintas sombrías que parecen armonizar las cosas con los hombres. El estilo es siempre ade­cuado a la narración, que sigue imponiéndose por la eficacia con que revela las for­mas especiales que toman las pasiones hu­manas en la vida eclesiástica.

A. Bruzzi