Edgard, Henri Duvernois

Novela publicada en París en 1919. Gabriel Chéveta, un típico producto de la sociedad parisiense, vive en el límite de la moral y las convenciones burguesas, repre­sentadas por su familia modesta y por la despreocupada libertad del mundo de artis­tas y de literatos al que, por vocación, se siente inclinado. Pueril y complicado, sin­cero y artificioso, avanza por la vida con la fácil petulancia de los veinte años, y con su figura descarnada y poco agraciada; pero sus movimientos nerviosos de títere escon­den la sensibilidad profunda y morbosa de los seres tímidos y fantásticos.

Sin igual por su cómica seguridad y su loca extrava­gancia ante la señora Delacruze —mujer mundana que se las da de literata y le qui­siera como consejero —, se muestra cohibi­do e irresoluto con Teresa, la primita toda­vía áspera e inmatura, pero fina e inteli­gente, que tiene en común con él muchos aspectos sensibles, y a quien deja escapar. La mujer de su destino se le aparece bajo el aspecto trivial de una modistilla llena de ánimo y de virtudes prácticas: María Pélatz. Durante seis meses, al calor de aque­lla sana juventud, se disuelven todas sus complicaciones cerebrales; y como María, para poner a prueba su seriedad, le ha hecho creer que espera un niño, se agita febrilmente, al margen de la literatura a la que se había consagrado, para conseguir algo útil con que sostener a su futura fa­milia, prodigando sin éxito su conmovedora actividad.

Pero el niño esperado no llegará nunca y la misma María, atraída por un ventajoso arreglo práctico, abandona la pe­queña habitación donde ha compartido la miseria y los besos con Gabriel, dejándole solo, para desahogar el dolor en una cre­ciente orgía de extravagancias. En cuanto a Edgard, es sólo un muñeco que María ha presentado cierto día a Gabriel como si fue­se el hijo nacido de sus amores y que es lo único que le queda, símbolo patético y cómico del absurdo protagonista. El arte de Duvernois se mueve con gracia delicada y segura entre situaciones a cual más paradó­jica, sin perder nunca su señorial equilibrio, y^ culmina en páginas de rara finura psico­lógica, que le colocan entre los narradores más exquisitos de la época refinada y sutil a que pertenece.

E. Ceva Valla