Doña Blanca, Joáo Baptista da Silva Leitáo de Almeida Garret

[Dona Blanca]. Poema en diez cantos y en versos decasílabos libres del portugués, publicado en 1826. En la primera edición sólo tenía siete cantos. La Infanta doña Blanca, hija del rey portugués don Alfonso III, parte del mo­nasterio de Lorváo con un magnífico séquito para trasladarse al convento de Las Huel­gas, cerca de Burgos, del que ha sido nom­brada abadesa. De camino, el cortejo se detiene en un convento, aquella noche asal­tado por los moros, cuyo rey Aben-Afán rapta a doña Blanca. Hace mucho tiempo Aben-Afán, cazando, se había perdido y en­contró el palacio del hada Alcina, quien, después de haberle mostrado la imagen de una hermosa muchacha, le había propuesto escoger entre el amor y la gloria.

Un día el rey había encontrado un caballo negro que en una carrera maravillosa le había llevado hasta Lorváo. En la iglesia del mo­nasterio había visto entre las monjas a doña Blanca, la muchacha que le mostró el hada Alcina. Cuando la Infanta se dirige a las Huelgas, la rapta y en su caballo negro la lleva hacia el palacio maravilloso de Al­cina, que le ofrece por segunda vez esco­ger entre el amor y la gloria. Aben-Afán elige el amor y permanece en el palacio del hada con la Infanta. Entre tanto Al­fonso III desciende al Algarve para ter­minar su conquista, iniciada por los caba­lleros de Santiago.

Sabe que su hija, doña Blanca, está encadenada en el palacio de Alcina, y llama al mago portugués Fray Gil para que libre a la Infanta del encan­tamiento. Fray Gil evoca a un antepasado de Aben-Afán para que encamine a éste a los deberes de su trono y en la noche de San Juan deshace el encanto, mientras Aben-Afán muere al frente de sus mo­ros. Doña Blanca se arrepiente de su caí­da y acaba sus días en dura penitencia. El primer título del poema era Doña Blanca o La conquista del Algarve y subrayaba la in­tención de celebración nacional que la obra debía tener en la mente del artista. Pero la fantasía y el sentimiento prevalecie­ron sobre el objetivo de celebración y el poeta acentuó hasta la exasperación la intensa tempestad romántica que Scott y By­ron habían difundido universalmente.

L. Parnese