Don Papis de Bosadilla o crítica de la pseudofilosofía, Rafael Crespo

Obra compuesta en 1829. En la advertencia del autor «al que leyere», declara haberse propuesto imitar a Cervantes; en este preámbulo finge Crespo un sueño en el que hace hablar, entre otros grandes auto­res españoles, al propio Cervantes, que se expresa así: «Si acaso eres tú el autor de ese Don Papis de Bobadilla, como yo doy por cierto, a grande osadía no echo que me imites, y sano consejo es ir por don­de han ido los buenos ingenios, que sabían. En verdad que mis hados han sido que ara­goneses emulasen mis glorias; empero tú, noble en el fin y modo, tratas de imitarme, no de envilecerme como Avellaneda. Llévote la palma en mi plan porque yo sólo me propuse regocijar y hacer reír, no sin popularizar algunos morales documentos.

La locura caballeresca, de la cual hice mofa, no era de grande consecuencia comparada con la sofística que tú pintas en su desnu­dez fea e impúdica: en esto me aventajas». El personaje principal está descrito con gracejo, estilo rápido, variado, abundante vocabulario, y lo mismo las primeras es­cenas con el que sirve a don Papis de escudero, ensartador de refranes y frases hechas. Se suceden las aventuras, una de ellas pastoril, a semejanza de varias del Quijote; otra de un Maese Roque con sus títeres y linterna, harto parecida a la de Maese Pedro… En el tomo quinto hay un remedo de la aventura de los leones; anticipándose a los darwinistas, el héroe liber­ta a un orangután que traían para exhibirlo en Osiberga (Madrid, al parecer), enfadado «por ver en prisión al común ascendiente de los humanos».

Por último, don Papis se marcha a uno de sus lugares, llamado Papi- burgo, no sin hallar en su camino huellas de los desastrosos efectos de su filoso­fía, pues una hermana suya se suicida des­pués de dar muerte a cierto filósofo amigo de don Papis, que la había engañado y es­carnecido. La postrera locura del héroe es la de irse a vivir a una isla salvaje para hacer la vida natural. Tan salvaje era la isla que los habitantes se comían unos a otros. Después de haber estado a punto de ser devorado, y libre casi milagrosamen­te, se convence de que toda su filosofía era un embuste, y al salir de allí encuentra a otra hermana suya, que desde mucho antes había abandonado la casa seducida por cier­to corsario argelino que se fingió italiano y a la que había dejado también sobre aquellas costas inhospitalarias.

Sin embar­go, el mismo pirata les da los medios de volver a su país y termina la obra con una larguísima «profesión de fe» que expone el de Bobadilla. Esta obra hubiera sido más interesante, acaso, si no fuese tan larga y se sacrificaran las enormes disertaciones que lleva, con lo cual aparecería el ridículo de los actos del personaje al contraponerse a los ordinarios de la demás gente. En de­finitiva, toda ella no es más que un alegato contra la filosofía del siglo pasado.

C. Conde