Diwan , Sams al-Dín Muhammad Hafiz.

Colección de poesías líricas persas de Sams al-Dín Muhammad Hafiz, nombre que en árabe sig­nifica: «el de la memoria tenaz», porque sabía de memoria todo el Corán (?-1389). Comprende algunos centenares de compo­siciones líricas, en su mayor parte gacelas [«ghazal»], (composición constituida por un número variable de dísticos en los que la rima del primer hemistiquio se repite en el segundo de todos los demás y en el último dístico, el poeta recuerda su nombre con un pensamiento que termina la composi­ción), que exaltan en forma perfecta, rica en imágenes, brillante, y en un metro mu­sicalmente armonioso, el amor, el vino y la naturaleza: todo ello interpretado con fina sensibilidad. La luna, que tranquila luce en. el cielo, no se preocupa de las flo­res que la inciensan con sus perfumes, ni del ruiseñor que entona su más hermoso canto para ella, es semejante a Zulayja, siempre _ impasible a su amor.

Campos de rosas y vuelos de palomas, sirven de fondo a la belleza de la amada, tan hermosa que «el mundo no es para ella más que una es­clava negra que le sostiene el espejo». Pero no se trata de una pasión desenfrenada, porque el viejo Hafiz, desea sobre todo vi­vir tranquilo, sin honores ni riquezas ya que le basta con su propia filosofía. Nada tiene valor en el mundo sino el pecado, expresión de la vida: todo el resto no es sino muerte: la culpa es una mujer fasci­nadora y hermosa, mientras que la virtud es un horrible esqueleto. Gran cosa es haber alcanzado la cumbre de la pureza, pero aún es más bello pecar y destruir esta pureza bebiendo. «No tengo ya dinero para comprar vino;», canta Hafiz, «pero puedo venderte, huésped amigo, mi virtud y tam­bién la sobrepelliz turquí de los ascetas».

Hafiz, que fue profundo teólogo y formó parte de una hermandad de «sufíes», profesor de muchos alumnos en la escuela que los Muzaffaríes le dejaron abrir en su corte de Chiraz, destruye con la más punzante ironía, la cultura que agosta el corazón. La bella Zulayja, (a veces también Zulayma) nunca fue a la escuela, y, sin embargo, con el resplandor de sus ojos y con las formas perfectas de su cuerpo, do­mina a todos los maestros. Su risa resplan­deciente, que de nuevo haría caer a los án­geles del cielo si la vieran, desde luego que no puede ser comprendida por los «áridos, ignorantes e insensibles que, llenos de in­sulsa beatería, van a hurgar en el montón de las doctas basuras, tristes por no com­prender la física de la poesía,_ la botánica y la mineralogía del amor». Hafiz tiene en la cabeza todo el Corán, pero quisiera no recordar ni una sílaba de éste, porque sólo el canto, el amor y la crápula, pueden dar la felicidad en la vida breve. Después de haber meditado tanto sobre la salvación del alma, para alcanzar la luz de la verdad, sólo encontró la dicha en los labios dul­ces y ardientes de Zulayja.

Y cuando rue­ga al viento de Oriente que le enseñe a cantar a los mártires y a los héroes de la fe, el viento le responde que es mucho me­jor ocuparse de dulces bagatelas, del cuer­po de Zulayja y del vino. Esta lírica suya, es una sátira contra la harto cómoda, teo­ría del fatalismo: «si todo ha sido eterna­mente previsto, ¿qué otra cosa debo hacer? Si la eterna sabiduría me destinó a beber, ¿por qué hacer otra cosa? El pájaro ama el campo, el león ama el bosque… Hafiz ama la taberna; así lo ha querido Dios, que todo lo ha preestablecido; ¿qué debo hacer yo?». La poesía de Hafiz?, a quien la poste­ridad llamó ruiseñor de Chiraz, y los «su­fíes» denominaron «lisánu-l-ga’ib» (lengua de lo invisible), se interpretó de diversas maneras y hasta le fue atribuido el sig­nificado de una alegoría mística. Pero el verdadero significado de estos poemas, en apariencia reducidos a juegos centelleantes de bellas expresiones, lo expone el propio Hafiz en el epílogo, donde afirma que «quie­re liberar al mundo de la esclavitud del rosario y de la estola y de la verga del car­celero espiritual».

No se preocupó mucho de qué le comprendieran, «porque amor y em­briaguez representan un secreto que no debe esclarecerse; para poderlo explicar a la mul­titud, no bastarían ni siquiera las lenguas de los ángeles». Muchas leyendas se forjaron sobre él, que fueron recogidas por Dawlat Shah (siglo XV) en su Tadkirat al-su’ará’ [Catálogo de los poetas]. Sus versos tuvie­ron infinitos admiradores e imitadores: Goe­the, que afirmó que sería locura imitarlo, se inspiró en él para su Diván Occidental- Oriental (v.).

G. Lupi

Hafiz sublime poeta.(Goethe)