Divan occidental-oriental, Wolfgang Goethe

[West-östlicher Divan]. Colección de poesías publicada en 1819 y aumentada con cuarenta nuevas com­posiciones en la edición definitiva (vol. V de la «edición de última mano» de sus «Obras», Stuttgart, 1827). Ya en la prime­ra edición iba seguida de un nutrido apén­dice de «notas y disertaciones» sobre la vida y la poesía de los pueblos orientales, par­ticularmente del pueblo persa, cuyos materiales están tomados de varias fuentes, ale­manas y extranjeras, antiguas y recientes, y en parte también de los Viajes (v.) de Pietro della Valle. Pocos años antes, en 1812-13, el diplomático y orientalista Joseph Hammer había publicado una traducción del Diwán de Hafiz (v.); y precisamente la lectura de esa obra fue para Goethe el pri­mer estímulo exterior para esas composicio­nes.

Aparte la poesía hebraica —y la india en la época de la balada El dios y la Bayadera (v.) —, el mundo oriental siempre que­dó en la superficie de su cultura. En su juventud, en los años de los grandes pro­yectos Audazmente titánicos, se volvió tam­bién hacia el Corán (v.) buscando en él colores y acentos para un proyectado dra­ma sobre Mahoma (v.), que quedó en -un esbozo fragmentario; más tarde, en 1783, intentó también dar forma en alemán a una de las siete Muallaqát (v.) beduínas pre- islámicas, traducidas al inglés por Jones; pero se había tratado siempre de intereses momentáneos, en seguida esfumados — no más que un «ornato arábigo al margen de la página de su vida».

Cuando he aquí que de improviso, en la fecha «7 de junio de 1814» el «diario» consigna por primera vez las palabras «Hafiz. Diwán»; y mes y medio después, durante el viaje para una cura en Wiesbaden, ya el poeta se halla en plena actividad creadora; las poesías nacen en chorro continuo — todas en grupo, el 25 de julio, entre Weimar y Eisenach; no menos de ocho, todas fechadas en el manuscrito, el 2 de julio, entre Eisenach y Fulda —; a fines de agosto son ya treinta. Y todo el año siguiente, después del retomo a Weimar, estuvo bajo el signo de Hafiz. La primera colección de poesías, para el editor Cotta, estaba ya lista el 30 de julio del 1815. En febrero de 1818, cuando comenzó la impre­sión, el número estaba ya más que dupli­cado.

Fue, durante más de tres años, un fervor alterno, pero continuo de estudios y de creaciones. Si los esfuerzos para apren­der directamente la lengua no fueron mu­cho más allá de los ejercicios de grafía en caracteres árabes, algún vocablo y alguna noción gramatical— lo necesario sólo para tener la impresión de «respirar un poco el aire de los lugares»—, las investigaciones histórico literarias fueron sin embargo he­chas con todo empeño y se extendieron a todo lo que desde Weimar era posible al­canzar; no sólo fue llamado Hammer para dar consejo, entre los vivos, sino que tam­bién lo fue el traductor del Libro de Qabús (v.), Friedrich Diez, autor de las Cosas me­morables de Asia (1811-15), y más tarde, Gottfried Kosegarten, llegado poco antes de París, donde había frecuentado la escuela de Silvestre de Sacy.

Al desmoronarse la potencia napoleónica, Europa entera estaba como sacudida por un movimiento telúrico: desaparecían viejos confines tradicionales, se derrumbaban antiguas construcciones es­tatales, los pueblos combatían en el campo de batalla por su libertad y la Santa Alian­za soldaba en sus Congresos los anillos para nuevas cadenas. Entre tanto, en la tran­quila Weimar, Goethe, casi fuera del mun­do, seguía las huellas de antiguos manus­critos persas que habían pertenecido a la biblioteca de Tippu Sahib, adquiría para la biblioteca del Gran Duque un precioso ejemplar miniado del Máthnawi-i Manawi (v.) de Gialál-ad-din Rumi, rivalizaba con Hafiz en cincelar imágenes, tornear palabras ingeniosas, urdir sutiles tramas de ritmos o mágicas correspondencias de rima.

Sin embargo — a pesar de tanta «literatura» desde sus orígenes — el Diván se cuenta entre las obras en que Goethe descendió más profundamente dentro de sí —hasta el punto de aparecer en él alguna de aquellas «palabras últimas» que aún a los poetas más excelsos sólo les está concedido decir en algunos momentos de inspiración supre­ma. Demasiado a menudo, se suele ver sólo en el Diván la evasión a un mundo lejano, la «liberación del presente» en un «delicio­so olvido de artista»; en realidad —aun­que de todo eso haya también un poco —, la obra nació de una liberación más esen­cial, que se refiere no sólo a las circuns­tancias externas, sino a las fuerzas más ínti­mas y profundas en la vida del poeta. Entre la adhesión al clasicismo —que ya en 1800 le hizo llevar a Helena (v.) de los límites de Esparta al encuentro con Fausto (v.) — y la sensibilidad para los nuevos valores estéticos y místicos — que le llevó en las Afinidades electivas (v.), en­tre 1807 y 1809, a la representación román­tica de Otilia (v.), pura imagen de una vida completamente interior — era dema­siado grande la distancia para poder esta­blecer el equilibrio de otro modo que sobre la base de una nueva y aun no experimen­tada manera de existencia y de cultura.

Con el preciosismo refinado de sus formas y con la lúcida agudeza de sus máximas de vida práctica, con su ardor de los sentidos y con su sentimiento del misterio —laten­te por todas partes —, con la nitidez del relieve realista en los detalles de sus re­presentaciones y con sus luces simbolistas arcanas —brillantes y por todas partes pro­digadas —, el Oriente de Hafiz — y de los demás «príncipes poetas» persas de aquella época, desde Rumi a Sadi y a Giami — fue precisamente la nueva experiencia cultu­ral en la que las dos tendencias opuestas pudieron confluir juntas, produciendo una imprevista riqueza y novedad de acordes. «De Dios es el Oriente, / de Dios, el Occi­dente: / todas las tierras en el Norte y en el Sur / reposan en la paz de sus manos», canta una de las primeras poesías del «Li­bro del Cantor»; bajo el turbante «que ador­na mejor que todas las coronas imperia­les», ya bajo la tienda que «colocada en un lugar u otro, permite habitar en todas par­tes», el poeta occidental —aun cuando su primera inspiración la tome de la obser­vación y de la semejanza con Hafiz, aun cuando golpea sobre la piedra dura con «las palabras mágicas de sus talismanes» o escucha al ruiseñor Bulbul cantar entre las rosas y las palmeras y los jardines de Shiraz —, en realidad fantasea no sólo sobre el Oriente, sino también, no menos y sobre todo, sobre sí mismo, sobre la secreta vida de su propia alma. Ocurría también algo más.

Tuvo lugar una vez más el singular «Urphanomen» de la exis­tencia de Goethe, al que siempre, en el me­mento preciso, hasta la realidad externa parece «venir en su ayuda espontánea­mente», en perfecta correspondencia con las necesidades de su espíritu. Nada es tan típicamente goethiano, como el hecho efe este «viejo mago», que llegado a sus se­senta y cinco años, comienza a tener algu­na cuenta pendiente con los ácidos úricos y, puesto en viaje para «tomar las aguaza en tanto está recostado en el fondo del ca­rruaje para mejor aguantar los altibajos de las mal cuidadas carreteras, entre una jomada y otra, «por virtud del talismán de su Oriente interior» se siente «con el alma tan llena de cantos, como las gargan­tas de los pájaros que trinan a lo largo del camino» y bajito, bajito, canta y canta para sí: «Blancos tengo los cabellos / ¡Y sin embargo te amaré!».

Y amó, efectivamente. Y fue amado. Y Mariana von Villemer — de formas redondas, vivacísima y ardiente, con sus labios túrgidos y sus pequeños ojos negros resplandecientes en medio de la cascada de profundos rizos negrísimos — entró también ella, toda ella — «Hüfte schmal, der Leib so rund» — en la encan­tada y frágil trama «de verdad y de fanta­sía» que «su poeta» estaba por entonces tejiendo. Y se llamó Suleika. Las poesías que en el octavo libro del Diván — dedica­do a ella — llevan su nombre, fueron en gran parte compuestas — lo menos ocho entre las inciertas — verdaderamente para ella, y, con su timbre, tan parecido al de Goethe en convertir en ficción hasta los juicios más expertos, todas ellas son lige­ras y vivas: algunas (cfr. «Nunca jamás quiero perderte» [«Nimmer will ich dich verlieren»] o bien «Muy feliz en tu amor» [«Hochbeglückt in deiner Liebe»] o bien «¿Qué significa este movimiento?» [«Was bedeutet die Bewegung?»] o bien y más to­davía «¡Ah! por tus húmedas halas» [«Ach! um deine feuchten Schwingen»], son un milagro de pureza de melodía, de ternura de acento, de confiado abandono.

La po­bre Suleika se quemó allí las alas — el poeta mismo, en cierto momento se salvó con la fuga, cuando al «jugar con fuego» se levantaron demasiado altas las llamas del incendio. Pero en el «coloquio de los can­tos» entre «Goethe-Hatem» y Suleika, la poesía del Diván alcanza su más alto clima lírico. Desde los tiempos del «Minnesang», no había ocurrido en la poesía alemana que un mundo de pura ficción ideal, crea­do por la imaginación completamente ajena a la vida práctica, fuese sin embargo tan vivo y despertase tales realidades emotivas. El tono de la poesía es tan de veras vivo, que cuando Suleika, riendo dulcemente de­safía al poeta y le formula sus preguntas —«Sag’ Poete, sag’ Prophete / Was bedeu­tet dieser Traum?»— casi parece oírse más que nada el tono festivo de su voz, y ver, a continuación, el amable gesto que consiente y la profunda reverencia con que el poeta sigue su turno en el ena­morado juego: — «Dies zu deuten bin er- botig!» [«¡Estoy dispuesto a explicártelo!»].

Y en parte alguna ha llegado Goethe a elevarse a tal altura de serenidad ni de rapi­dez como en «Encontrada» [«Wiederfinden»]; cada palabra, es una explosión de emocio­nes de felicidad: el poeta «tiembla» casi asombrado ante la realidad inesperada y sin embargo verdadera — «schaudert vor der Gegenwart» —. Es como si — a medio siglo de distancia — renaciese la pureza y viva­cidad de las poesías a Frederike Brion (v. Canciones). Pero el tono es nuevo.

Ahora la naturaleza no es ya — como era la noche de entonces con sus gigantes de­formes y con sus «cien ojos de las tinie­blas» una «bienvenida despedida» (v. Can­ciones)— un simple reflejo del estado de ánimo del poeta. Toda la vida infinita de los infinitos espacios está presente al espíritu y a la mirada del poeta hasta en los mo­mentos de mayor embriaguez: y su senti­miento se inserta, como un acorde del alma, en la universal armonía en la que por el amor se une lo que — en el acto de la creación — estaba separado y dividido, cuando desatándose del seno de Dios «en un acto de potencia», al irrumpir la unidad del todo se manifestó en la multitud innu­merable de criaturas singulares. Lo que antes era exaltación, excitación, es ahora contemplación conmovida y consciente de sí.

En las formas antiguas la pasión arde, pero la llama no quema ni deslumbra, sino que resplandece. Y su esplendor es terso, límpido: no ciega ni deslumbra: ilumina. También en su máxima plenitud e intensi­dad, se inserta del mismo modo la vida en el tono de toda la poesía del. Diván. Es la poesía de un mundo constituido por com­pleto de cosas concretas, precisas, próximas —      aunque estén circundadas de reflejos de las más remotas y profundas lontananzas —; la poesía de los sentimientos, netos, sin nieblas, adheridos a la realidad; la poesía de los pensamientos «rodeados de hielo» por lo que la llama de embriaguez se desva­nece, toda perspectiva de falsa ilusión se desvanece, las luces artificiales pierden bri­llo.

Alguien ha querido ver en ella, la poesía de la vida angosta, pero feliz en sus límites — algo así como la anticipación del entonces naciente Biedermeier (v.) —; ello es un error, porque — dice el joven copero a su dilecto poeta y «bebedor» y maestro — «yo sé cuánto te gusta contemplar todo lo que está más allá, en el infinito». Otros al contrario, han querido ver en ella una vuelta a la racionalidad — algo así como una recaída en el racionalismo, después de tantas «luchas contra la razón» — también esto es igualmente equivocado, porque «en todos los elementos» la poesía del Diván busca la «presencia de Dios». El mismo poe­ta, en la primera poesía de la colección —«Héjira» —, dice que siente cómo soplan junto a sí, «las auras de la edad de los Patriarcas», cuando entre el cielo y la tie­rra se oían «en tono confidencial, palabras habladas» y los hombres recibían directa­mente de Dios «verdades celestiales en lenguaje terrestre» y «no se rompían la cabeza».

Su sabiduría no es de ningún modo abstracta, rígida, y tampoco tiene — mucho menos— nada de sedentaria. «Alegre cabalga el poeta» por los caminos del mun­do y «por encima de su sombrero, sólo están las estrellas»: y su sabiduría es una especie de sutil embriaguez que hace más aguda y más rápida su mirada: -— «eine nüchterne Trunkenheit» — una embriaguez «con las pestañas secas». La reflexión — con sus cien ojos abiertos y atentos — es sólo el instrumento con el que el poeta, despe­dazando las superestructuras existentes en­tre él y la realidad, logra percibir de un modo concreto «el milagro omnipresente de la vida innumerable», y no tanto lo percibe y lo reconoce, cuanto que lo observa en todas sus facetas, y, observándolo, lo hace revivir lo «hace suyo» y multiplica su pro­pio goce al darse cuenta de ello.

La poe­sía del Diván, es la poesía de una existen­cia enteramente vivida en este tono refina­do y experto de entendido amador. De ahí que el Diván, no sólo en el «Libro de Suleika» y en el del «Amor» que constituyen la preparación, el preludio de la obra; sino en los otros diez libros, desde el del «Cantor», con el que se inicia, al del «­raíso» con el que se acaba, sea probable­mente el más erótico entre todos los libros de Goethe. Por todas partes, desde cerca y lejos, la «vida al desnudo» le invita y él cede a la invitación, siempre se halla en el estado de ánimo de cuando «pasa y re­pasa la mano por entre la rica cabellera desbordante de su amiguita» — y estaría dispuesto a repetir aquel gesto «de conti­nuo, por toda la eternidad». Por todas par­tes — añade — la palabra es como un aba­nico, a través del cual brillan dos dulces ojos.

Por todas partes se adelanta en su camino, a saltitos, una abubilla con su pin­tarrajeada cresta de plumas coronando la cabeza, dispuesta a prestarle también los mismos servicios que presta en el Corán al rey Salomón y a la reina de Saba, cuan­do graciosamente hizo de intermediaria entre uno y otro trayendo y llevando men­sajes de amor. Y, cuando quema demasiado el ardor interno — «wenn es allgewaltig brennt» — a pocos pasos del poeta se halla en la propia calle la taberna, donde, senta­do en el umbral, le espera el hermoso copero jovencito que en seguida viene «trayendo vino una y otra vez»—’y, entre tanto, «los ojos le brillan, el corazón le tiem­bla» porque «espera oír las enseñanzas su­blimes, cuando el vino eleve el espíritu a lo más alto» (cf. «A Hafiz» en el «Libro de Hafiz» y en el «Libro del Copero»). Naturalmente que, con todo eso, la vida conserva siempre su rostro enigmático. Así en efecto, la vida es «áspera y al mis­mo tiempo dulce»: — «das rauhe milde Leben!».

Y hasta al más sereno de los poetas le puede ocurrir alguna vez que, en ciertos momentos la bilis se revuelva —tanto que un «Libro» completo está reser­vado en el Diván precisamente a los desfo­gues del mal humor (cfr. el «Libro del malhumor»). Pero todo eso son sólo brotes. Donde, como en el Diván, a la vida se la mira «con los ojos del amor», el ánimo está siempre libre y «pronto al goce» — «¡Vivid en alegría!» [«Seid guter Dinge»!]—es la amonestación que a todas horas resuena. Una felicidad necesaria reside en todas las criaturas: «la personalidad»; cualquier forma de existencia es feliz «cuando se es siempre aquello que se es». También esto lo sabe el copero jovencito y se lo canta en la noche estival a su amado: «Poeta, Maestro y Bebedor»: «Sólo ante Dios, todo es esplendor / porque sólo Él es el Op­timo; / Por eso duermen ahora todos los pajaritos ‘ En sus grandes o en sus pe­queños nidos. / Hay uno que también está allá, posado / columpiándose en el viento tibio. / Hasta que descienda la aérea hu­medad del rocío».

El poeta del Diván es muy amante de estas «pequeñas felicidades solitarias, elevadas y raras». Y sobre todo ama otra felicidad más rara todavía. Tan límpida y nítida es su mirada que puede descender, sin turbación, hasta enterrarse en las vías más ocultas, hasta la última pro­fundidad en la que la vida y la muerte se reúnen. Casi un siglo de poesía moder­na de «amor y de muerte» relampaguea an­ticipada, en «Selige Sehnsucht» [«Aspiración feliz»), en la luz enigmática de los dos breves versos sobre «la vida viviente que aspira a la muerte entre llamas».

Jamás el último misterio del perenne «Morir y generarse», que es el fundamento de toda existencia, ha sido expresado con tal bon­dad humana y con tono tan tierno como en el cuarteto: — «Mientras tú no poseas / Esto: / ¡Morir y hacerse! / eres nada más que un triste huésped / de la obscura tie­rra» [«Solange du das nicht hast / Dieses: / Stirb und werde! / Bist du nur ein trüber Gast / Auf der dunklen Erde!»l. Hasta la contemplación del divino y eterno amor —ante cuya presencia Dante «si perse con gli occhi chini» — el poeta del Diván la re­suelve en la impresión de un «exaltarse, de un rodearse de cielo y desvanecerse en la luz» [«Im Anschaun ewiger Liebe / Wir verschweben, wir verschwinden»/. Este es el temple y la sabiduría del Diván. De tan excelsa cualidad es en el Diván la poesía de las cosas pequeñas. Goethe mismo, en la primera parte de las «parábolas» (cfr. el «Li­bro de las parábolas») la ha representado con la imagen de la «gota que cae temerosa desde el cielo en el turbión de agua sobre tempestuosos mares», «pero la recoge y la encierra en su tranquilo seno una concha / y hecha luego perla, resplandece en la diadema del rey».

Eso quiere justamente ser — y eso es — la poesía del Diván: «la vida más intensa, filtrada y encerrada en el menor espacio». Es una poesía en mu­chos aspectos parecida al arte del joyero, porque — también él — «parece como si re­cogiera esencia quintaesenciada de luz en el juego de los reflejos de sus gemas:: Cierto que no todo en el Diván son «dia­mantes o esmeraldas» o, «pura luz de zafi­ros orientales»; Goethe mismo habla, son­riendo, del «bazar» de Oriente, donde mu­chas veces los objetos más preciosos están junto a cosas del valor más diverso; y. en realidad, también en su Diván — espe­cialmente en el «Libro de las Meditacio­nes» y en el «Libro de las Sentencias» — muchas veces ocurre que la inspiración está cansada, que la agudeza tiene frío, que el tono sermoneante resulta «machacón». Pero el poderse permitir ciertos «descuidos» ha sido siempre uno de los derechos «del gran señor».

Considerando la colección en con­junto, la impresión que se experimenta, es en verdad semejante a la que se tiene fren­te a un «escaparate de joyeros», en el que — al encenderse de pronto la luz — destellan todas las piedras preciosas ex­puestas, de cuyas facetas surgen mirladas de rayos luminosos. No es sólo cada piedra cada gema, sino hasta cada minúscula superficie de refracción de los rayos luminosos, lo que adquiere vida propia. Y una cosa semejante ocurre con las palabras — la poesía del Diván: se insertan todas en una melodía verbal — porque «siempre re­sulta muy dulce escuchar cómo un sonido se convierte en canto» —; pero se trata de una poesía «elaborada» con tan sutiles im­ponderables de estilo, que adquiere, tam­bién aisladamente, un tono, un relieve y una personalidad propias. El mismo Goethe, en la poesía «Héjira», nota cómo sus pala­bras se «elevan al cielo» una a una, y cómo se agolpan en vuelo frente a la puerta del Paraíso: «llaman despacio, despacio», «de­mandan —todas y cada una para sí— vida eterna». Trad. de Rafael Cansinos Assens, en «Obras completas».

G. Gabetti