Discursos, epístolas y epigramas de Artemidoro, Andrés Rey de Artieda

Con este título publi­có el valenciano en Zaragoza (1605) sus obras poéticas, dirigidas a don Martín Abarca de Bolea, procer aragonés, también poeta. En el prólogo afirma «Artemidoro» que ha pro­curado imitar a Virgilio y a Ariosto, es­pecialmente al italiano, cuya influencia es perceptible hasta en pequeños rasgos esti­lísticos que el mismo Rey de Artieda seña­la con toda honradez. La obra de Rey de Artieda aparece dividida en cuatro partes. En la primera se contiene un «Discurso sobre la vanidad y aflicción del mundo», de escaso interés, v dos «Epitalamios», de pa­recido valor. Más curiosidad ofrece, sobre todo histórica, la «Justa de París», a la que sigue una explicación «moral».

Lo mis­mo ocurre con su poema «Sobre la obsti­nación del vicio y de las nuevas Circes», al final del cual puede leerse en prosa algo tan medieval como esto: «El palacio y los jardines de Circe representan la sensua­lidad que atrae con sus deleites». En la se­gunda parte se contienen diversas «epís­tolas» en «estilo manual y común», como reza el epígrafe, aunque no exentas de cierta originalidad temática, como la diri­gida a «un amigo, abominando la vida soli­taria del cazador», llena de gracia y agu­deza. En alguna da cuenta «de las cosas de Flandes» (que conocía muy bien por su cualidad de capitán), mientras que en la enderezada a Miguel Ribelles «reprehende los juegos y pleitos», siguiendo claras fuen­tes clásicas.

La más importante de todas estas epístolas es la dirigida al Marqués de Cuéllar sobre la comedia, en la que no deja de ofrecer puntos de vista bastan­te originales, sobre todo frente a los que sostenían sus amigos Lupercio y Bartolomé Leonardo de Argensola, enemigos del teatro de Lope, y en general de todo teatro. Rey de Artieda distingue muy bien entre realidad y fantasía escénica, por eso dice: «Sola vista y opinión se engaña / y así el vicio y virtud dellos no ofende, / ni la comedia en un cabello daña». Incluso defiende la comedia como posible escuela de buenas costumbres, y llega a afirmar que Tárrega, Aguilar y Lope de Vega pue­den aligerar con sus escritos «la ansia y pasión que te desasosiega». La tercera par­te contiene sonetos de diversos tipos, pues­to que los hay satíricos, burlescos, mora­les, elegiacos, amorosos, etc., etc. Los hay también de Lupercio Leonardo, del alférez Segura y de don Martín de Bolea, o tradu­cidos del Petrarca, Aquilano, Alemani, etc.

Descuella entre todos alguno bastante ori­ginal, como el que principia «Como a su parecer la bruja vuela», o el dedicado «A una comedia de soldados, sobre la elección de cabo de escuadra». Finalmente, la edi­ción se cierra con algunas obras espiritua­les, de mejor intención que importancia poética, puesto que Rey de Artieda no era un poeta de grandes vuelos, aunque pre­sente notas distintivas singulares. El mismo no aceptaba ni el nombre de poeta: «Jamás me aventuré a llamar poeta». Un poco seco, sin mucha imaginación, contrasta con los poetas contemporáneos y está más cer­cano de los Argensolas que de los caste­llanos o andaluces.

J. M. Blecua