Diario del viaje del caballero Bertini en Francia, M. de Chantelou

[Journal du voyage du cavalier Bertini en France par M. de Chantelou]. Se publicó de un manuscrito junto con notas de Ludovic Lalanne en la «Gazette des Beaux-Arts», 1877-1885, volúmenes 15-17, 19-32.

Paul Fréart, señor de Chantelou (1609-1694), recibió de Luis XIV T encargo de hacer compañía a Bernini durante la estancia de éste en París, para la readaptación del palacio del Louvre (1665). El encargo fue debido, bien a que Chantelou  conocía la lengua italiana (Bernini no sabía francés), bien a su cualidad de fino amador del arte y al hecho de haber estado ya en relación con Bernini en ocasión de un viaje suyo a Italia. De la estancia parisina del grande y celebrado artista italiano, Chantelou, que fue a buscarlo a su llegada el 2 de junio en Juvisy y le acompañó, al marcharse el 20 de octubre, hasta Villejuif, después de haberle dedicado por completo estos días, tomó nota tan minuciosa que puede decirse que lo hizo hora por hora.

Notas que, años después, a petición de su hermano Jean Fréart, Chanselou reunió y ordenó en forma de diario, -además de dibujar los proyectos del Louvre de dar pareceres y consejos para construcciones secundarias, algunas privadas, Bernini esculpió en París un busto del rey, trabajo que dio ocasión a un movimiento continuo — que no sabemos lo agradable que le debió resultar al viejo artista— de los más varia­dos personajes en su departamento, en su mayoría miembros pertenecientes a la corte de Luis XIV. El protagonista del diario es, naturalmente, Bernini, con sus costumbres de vida metódica y retirada, su pasión por el trabajo, sus frecuentes opiniones, a las que el cronista da, inteligentemente, el má­ximo relieve, sobre el arte y sobre los artis­tas, ya antiguos, ya contemporáneos (Mi­guel Angel, Rafael, Ticiano, Veronés, los Carracci, Poussin, etc.); opiniones a menudo motivadas por visitas a los lugares más inte­resantes de París y sus alrededores, a veces a posesiones privadas.

Además de las infor­maciones sobre las relaciones del artista con los más elevados personajes de la corte (Colbert, el mismo rey), que siempre le tu­vieron la máxima consideración, y con la crítica, no siempre benévola, son de notar, en el diario, las relaciones con los artistas franceses que vivían entonces en la capital. Es desde luego superfluo poner de relieve la importancia de este diario no sólo para el conocimiento de las vicisitudes de la obra de Bernini en París, sino también, y quizás más, por la manera en que resulta ilumina­do, en general, su carácter humano, y ade­más, por una cantidad de noticias accesorias sobre el ambiente de la capital francesa en los tiempos de su mayor esplendor. Por otra parte, aun en el fiel, minucioso, casi obje­tivo registro de todo lo relativo al gran ar­tista, no se debe tampoco olvidar cierto tinte discretamente autobiográfico. En efec­to, a través de la narración, encuentra la aprobación y la simpatía de quien lee, pre­cisamente y sobre todo por esta su discre­ción, la figura del escritor: gran admirador de Bernini, sinceramente afecto a él a menudo su confidente hasta en cuestiones puramente familiares y su consejero en más de una ocasión.

G. Brunetti