Diario de María Bashkirtseff

[Jour­nal de Mane Bashkirtseff]. Páginas auto­biográficas de María Bashkirtseff (Marija Baskirceva, 1860-1884), publicadas en 1885 e insertas en los «Cahiers inédits» en la edición de 1925. Escrito desde 1873 hasta el año de su muerte (las últimas páginas son del 20 de octubre, once días antes de la muerte), el diario nos queda como singular documento de la vida de esta muchacha rusa, amiga de literatos y de artistas, admi­rada por su talento pictórico y por su es­píritu vivo y brillante, destinada a tras­pasar con su breve existencia el período culturalmente más intenso del siglo XIX. En las primeras páginas sorprende la extraor­dinaria vida interior de la niña de trece años, ya madura, acercándose con pensa­tiva sencillez a los problemas más graves, que la hacen vibrar profundamente.

Pero, pronto, el cuadro se enriquece: aparecen con rápidas anotaciones de una existencia de niña rica, libre, en las ciudades cosmo­politas de Badén, Niza, Roma, Nápoles, Flo­rencia y París; alusiones a la literatura y a los estudios, especialmente a la pintura, que adquirirán para ella importancia cre­ciente hasta convertirse en un ansia inquie­ta de arte; figuras de contemporáneos (Gambetta, Zola, los Goncourt, Sully Prudhomme, Maupassant, con el que se carteó, el pintor Bastien-Lepage, con el que la unió tierna amistad y seguramente amor); imá­genes de vida mundana: el paseo en un «panier» completamente blanco, tirado por un caballito blanco, al que guiaba ella mis­ma, con vestido también blanco, en el Car­naval Romano del 1877, la estancia en Ná­poles, donde la niña despertó el interés de Víctor Manuel II, la breve pasión por un noble florentino, el conde de Larderel; y después, las carreras, los teatros, las jiras al campo, el patinaje.

Y, sin embargo, bajo este centelleante velo de mundanidad, aflo­ran las confesiones, ambiciones, ideales y ávidos ensueños; se dibuja una personali­dad compleja y ardiente, una audacia in­quieta y febril. Siempre insaciada, María conoce la vanidad de su existencia mundana, anhela el gran amor en el que poder anegarse, la gloria que sólo puede dar el arte. Enferma, no querría perder ninguna de las «treinta y seis mil cosas bellas» que puede ofrecer la vida. Ella no ha encontrado aún la razón de su vida entre tantas expe­riencias, y se da cuenta de que no tendrá tiempo de madurar la paciente búsqueda. Personaje ya «fin de siglo», adolescente que ha absorbido todos los motivos de una riquísima cultura que el escepticismo está reduciendo a elegante juego, insatisfecha y contradictoria, Bashkirtseff fija en su dia­rio la experiencia vivida con absoluta fres­cura de alma. A una inteligencia lucidísima y experta, se une la primitiva ingenuidad para la que todo objeto es una maravilla; de la fusión resulta una agilidad funam­bulesca, casi de «sonámbula que se levanta de noche, y camina por el borde de los tejados sin darse cuenta de la altura a que se halla».

U. Dèttore