Diario de viaje, Stanislaw Staszic

[Dziennik podrózy]. Obra de uno de los hombres más eminentes de fines del XVIII en Polonia, naturalista, escritor político, educador. Preceptor de los hijos del Canciller Zamojski, viajó repeti­damente en el séquito de éste por Polonia y Austria, y visitó Bohemia, Italia y París. Sus diarios, publicados después de su muer­te, en 1931, los escribía rápidamente para fijar impresiones y recuerdos, para sí mis­mo, sin ningún fin literario; y nos ofrecen un cuadro vivo e interesante de los varios países, en la atmósfera de la época, como podían parecer al espíritu práctico de un hombre de ciencia embebido en las ideas enciclopedistas sobre la igualdad social. No forman una obra orgánica, pero siempre son vivos, sinceros, espontáneos.

Leyéndolos, seguimos el pintoresco cortejo de berlinas que marchan al trote, permitiendo observar los lugares por donde cruzan, y en las paradas, conocer a los hombres e institu­ciones. Los apuntes sobre Polonia, que re­corrió casi cada año, desde el 1789 hasta 1804, se ocupan sobre todo de observacio­nes científicas, especialmente mineralógicas. Escaso relieve ofrecen las notas sobre Aus­tria y Bohemia, países que conocía bien. La parte mejor son los diarios italianos, que ocupan cerca de la mitad del volumen: Staszic estuvo en Italia en 1790-91; entró por Tarvisio, atravesó el Véneto, estuvo en Padua, Venecia, Bolonia; de Italia central, recorrió Luca, Florencia, Roma, hasta Ná­poles.

A la vuelta se detuvo en Siena, Par- ma, Pavía, Turín, Milán y por el Trentino volvió a cruzar los Alpes. En vano busca­ríamos en el Diario referencias a la natu­raleza o el arte en Italia, o sobre la his­toria gloriosa del pasado; a diferencia de los viajeros de todos los tiempos y países, Staszic no vio la belleza profusamente dis­tribuida por todos los lugares de Italia. Las campiñas le interesan por sus cultivos; de las obras de arte, sólo aprecia el concepto moral que las inspiró; en cuanto a la histo­ria, conoce el pasado geológico de la tierra bastante mejor que los sucesos ocurridos en ella. Pero en compensación, el inte­rés social que anima al autor convierte el Diario en una verdadera mina de informes acerca de las condiciones del país, de sus instituciones científicas, de la vida civil y política de los diferentes estados, donde, como amigo de Zamojski, conoció a la alta sociedad, y, por iniciativa propia, al pue­blo de todas las clases sociales, especial­mente a los campesinos. La última parte del Diario está escrita durante la estancia en París, al tiempo de la coronación de Napoleón I.

M. Bersana Begey