Diario de Ramuz, Charles – Ferdinand Ramuz

[Journal]. En 1945, el gran escritor suizo Charles – Ferdinand Ramuz (1878-1947) dio a conocer al público el diario de su vida, tal como lo había escrito desde 1896 a 1918 y, más tarde, de 1940 a 1942. De este modo el autor ha confiado a sus lectores tan sólo su juventud y el final de su vida. Compara estos dos aspectos de sí mismo cuando ya ha alcanzado los sesenta años y la comparación le merece el siguiente comentario: «La sensación que tengo es ésta: que cada día me alejo del santo para aproximarme al sabio. Puede que haya envejecido; el santo sólo se comprende a sí mismo, el sabio lo comprende todo.

El aforismo aconseja una vuelta atrás a la búsqueda del santo, a la época en que acababa de llegar a París en 1896 y, firme en sus propósitos, era un joven estudiante suizo muy aislado, tímido, señalado por orgullosa inquietud. Vivía entonces feliz, abrazaba la gran empresa con severidad insobornable, rehusando todo goce excepto el de la «egoísta austeridad». Pero así orientado, las exaltaciones le aniquilan rápidamente: los dolores de cabeza, un total estado de enervación, largos insomnios, de los que él se queja y se duele. Siempre solo, no habla jamás de otro ni de la obra de otro. Es ésta la época en que se tuvo que instalar en la calle de Froidevaux en distrito XIV: «un barrio de apaches. Allí se asesinaba todas las noches. Yo entraba en mi casa pegado a los muros», escribe. Y sin embargo surge, por fin, en él cierta clase de alegría y escribe Jean-Luc persécuté, con cuidado, con amor, y se exalta: «Yo no vivo más que en el prójimo, no vivo de hecho sino en el prójimo. Su dolor es también mi dolor y su alegría mi alegría» pero sin embargo permanece solitario y el «prójimo» de quien habla pudiera muy bien ser el personaje que ha creado y sobre el que se proyecta.

En la primavera del año siguiente, por fin la vida despierta vibrante en él; cumple su cuadragésimo aniversario arrojándose en brazos de la rebelión es entonces cuando declara: «Pretendo merecer mi nombre desembarazándome de las adquisiciones de azar que debo a la escuela, a mis estudios, a mi ambiente, a mis padres. Pretendo descender a la simplicidad. Pienso en lo que debo hacer y en lo que debo deshacer de mí». Reclama su derecho a la ingratitud, a la necesaria ingratitud y es entonces cuando desaparece, o mejor dicho, deja de manifestarse a sus lectores. Se le vuelve a encontrar a los sesenta y dos años. Es ahora otro hombre, o por lo menos, quiere serlo. He aquí pues  la obligación de remontar el tiempo contra corriente, de deshacer más que de hacer, de reemprender toda su obra, de confrontarse a sí mismo consigo mismo. Y para animar este renacimiento un hijo ha nacido en su casa, abierta así a las nuevas experiencias del amor.

Ramuz le observa con avidez y le quiere con ternura apasionada, inquieta, única, en la que se encuentran de nuevo las severas exigencias que el autor tenía consigo mismo al principio de su Diario.