Diario de Katherine Mansfield

[Journal of Katherine Mansfield). Diario de la escritora neozelandesa Katherine Mansfield (Kathleen Beauchamp, 1888-1923), publica­do en 1927 por su marido, John Middleton Murry. Se refiere al período comprendido entre los años 1914 y 1923; los diarios ante­riores fueron destruidos por la Mansfield misma. Es vano tratar de buscar en el dia­rio una narración continua; son casi siem­pre notas y apuntes salteados, pensamientos sueltos, sueños, propósitos, juicios, no­tas que hallarán su desarrollo en novelas futuras. Para la autora, dotada de una sen­sibilidad extrema, casi excesiva, adquie­ren importancia hechos, escenas y rasgos de la vida cotidiana que pasarían inadver­tidos para los demás. Este estado de áni­mo resulta todavía más acentuado en las novelas y en las cartas. Su modo de sentir nunca es convencional, sino espontáneo y sincero: escribe simple y tranquilamente se­gún le sale del alma, sin preocuparse de fracasos eventuales. En el diario vivimos con ella el drama de su enfermedad, dra­ma que se hizo más angustioso en los años 1917-1922, cuando está segura de que sus días están contados y sufre con la idea de morir sin dejar nada terminado. En los últimos años, de terribles sufrimientos fí­sicos y morales, siente que sólo escribien­do puede superar el dolor, transformándolo casi en alegría. Ya no piensa en conquis­tar el bienestar con su trabajo, preocupa­ción que se transparenta en las primeras partes del diario; siente, por el contrario, que el fin de su vida es su felicidad, lo que representa para ella un alto deber moral, casi místicamente sentido por su espíritu re­ligioso. Para escribir bien, es necesario sentirse puros, tranquilos y buenos, es nece­sario aprender a olvidarse de sí mismo. Pero a veces, una sensación de holgazanería, de cansancio y de irritabilidad nerviosa, im­pide alcanzar este estado de gracia y la escritora se duele de ello amargamente, prometiéndose ser más tenaz y más buena.

Numerosas figuras aparecen y desaparecen en el diario, protagonistas algunas de una breve narración, en tanto que otras hallan la. en descripciones o en fragmentos de diálogo. También las que describe más futuramente hallan vida y relieve, como todo lo que hiere el espíritu de la Mansfield y que halla forma en sus escritos. Las dos personas que más a menudo nombra en el i-ario son su marido y su amiga L. M. Esta última le sigue devotamente y le sirve de enfermera. Su afecto y sus continuos y vigilantes cuidados fastidian a menudo a la escritora, que no siempre la trata con dul­zura. El marido es enérgico, sano, espiritualmente más joven que ella. Durante los largos períodos de separación, cuando ella se traslada penosamente a los sanatorios de la Riviera y de Suiza, intentando curarse y desesperando de conseguirlo, ocurre que a tesar de su profundo afecto, ella se siente —afectivamente muy separada de su marido y no tiene verdadera fe en poder vivir algu­nos años de felicidad con él. De su patria lejana, Nueva Zelanda, habla a menudo y en ella sueña también a menudo. En octubre de 1915, su querido hermano menor, Chummie, viene a pasar algunas semanas con ella, en Londres, antes de partir para el frente, donde halla pronto la muerte. En el dolor, la sostiene el propósito de trocar su infancia, transcurrida conjunta­mente en los lugares queridos, entre las personas amadas. Este era también un deseo de Chummie; lo habían discutido juntos muchas veces, durante su visita a Lon­dres. Las dos largas narraciones En la Bahía [At the Bay] y Preludio IPrelude] y otras novelas menores, describen aquellos azares, aquel ambiente y estaban destinadas a formar parte de una novela, Karori, de la que habla en el diario, pero que no llegó a escribir, como tampoco llegó a escribir, o no completó, muchas novelas, de las que hallamos en el diario títulos, algún esbozo y frases sueltas. El diario de la Mansfield es más que un simple documento de vida que puede servir para completar el cuadro de una interesante personalidad; a pesar de su carácter fragmentario, es una verdadera obra de arte en la que la espon­taneidad se conjuga con una instintiva normalidad de estilo [Trad. castellana de Ester de Andreis (Barcelona, 1940)].

T. Pintacuda Pieraccini