Diálogos en lengua rústica, Angelo Beolco

[Dialogui in lingua rustica]. Son tres composiciones dramáticas, formadas por una o dos escenas, escritas en el dialecto de su tierra, por el autor paduano, también llamado el Ruzzante (1502-1542), publicadas en varias ediciones desde 1548 en adelante; el mejor texto es el de Vicenza (1584). El primero, en dos escenas, se titula Parlamento di Ruzzante che iéra vegnú de campo [Parlamento de Ruzzante, que ayer vino de la guerra]; el segundo, sin título, se puede titular Bilora; el tercero se titula Dialogo facetissimo. Pertenecen al primer y más feliz período de la actividad de Ruzzante 1520-1529), y, especialmente los dos pri­meros, considerados como las obras maes­tras del escritor paduano.

En el Parlamen­to, Ruzzante vuelve muy atropellado de la guerra y pretende recuperar a su esposa Gnua, la cual se ha ido a vivir con un bra­vucón. La mujer rechaza a Ruzzante porque no quiere volver a la acostumbrada vida mí­sera, y el matón apalea al marido. Éste, después de recibir la paliza, se hace el fanfarrón pretendiendo disimular así su rabia y humillación. En el segundo, Bi- ‘.:~a, un campesino va a Venecia a recupe­rar a su esposa Dina, que vive con el an­ciano y rico caballero micer Andrónico; pero la esposa, pese a conservar cierto afec­to por el marido, se niega, porque no tiene ganas de renunciar a las comodidades de su nueva vida. Bilora, desesperado, espera al viejo; se le echa encima y lo deja medio muerto.

El tercero, titulado Diálogo facetissimo e ridiculosissimo, nos muestra dos campesinos, Menego y Duozzo, que lamen­tan la carestía del año. Mientras los dos se dirigen a Gnua, esposa de Menego, so­breviene Nale, que apalea ruidosamente a Menego, mientras Duozzo pone pies en polvorosa. Menego que se ha quedado solo y maltrecho acusa a su compañero Duozzo, cuando éste vuelve a su lado, de haberle abandonado en el momento de peligro, y pide un sacerdote porque se siente morir. Duozzo va a buscar un sacerdote de Diana, que evoca el espíritu de Zaccarotto, el cual predice tiempos mejores, y revela los go­zos reservados a los virtuosos en el Paraí­so.

Entonces el sacerdote hace aparecer a Nales, que pide perdón a Menego y le resti­tuye a Gnua más enamorada que nunca de él. Acuden jóvenes y jovencitas, y la es­cena se termina con la acostumbrada danza. Superiores a la Nencia de Barberino (v.) de Lorenzo de Médicis, a la Beca, la de Dicomano (v.) de Pulci, estos diálogos son él más vivo documento de aquel realismo del siglo XVI que nace sobre todo de la obser­vación cordial y simpatizante del pueblo, de su psicología rudimentaria y, en parti­cular, a su habla, todo imágenes sabrosas de expresivo realismo. La brevedad hace singularmente intensos los Diálogos en len­gua rústica, circunscritos a una acción que se desenvuelve de un solo trazo como con arrebato de improvisación; hay en estos juguetes algo pagano y silvestre que nos hace pensar en las antiguas farsas campe­sinas de la que debió de nacer la comedia latina.

M. Sansone