De los Sepulcros, Ugo Foscolo

[Dei sepolcri]. Poe­ma de Ugo Foscolo (1778-1827), en ende­casílabos libres, compuesto en 1806 y pu­blicado en 1807 en Brescia.

Fue motivado por una conversación con Ippolito Pindemonte, el cual tenía entre manos un poema sobre los Cementerios, acerca de aquel te­ma, que recientes disposiciones legales (co­mo el decreto napoleónico de Saint-Cloud) y, más todavía, el clima espiritual de la Europa salida de la Revolución, hacían actual. Foscolo reproduce en versos su conversación con el amigo, el cual, buen creyente, había defendido el culto de las tumbas, y, como un día de viva voz, de­clara ser cosa vana el sepulcro que no puede devolver al hombre lo que hace bella y deseable la vida, y está destinado también a ser derribado por la renovación eterna de las cosas. Y con todo, el poeta comprende que no es del todo vana aquella ilusión; por ella es como si la vida flore­ciese alrededor de la tumba, a la que ver­des sombras protegen y junto a la cual se recogen los vivos en mudo coloquio con el amado muerto. ¡Desgraciados los hombres que no sienten el deber de perpetuar, en cuanto se halla en su poder, la memoria de sus muertos! Así los milaneses parecen haber olvidado a su más grande poeta, Parini, quien, desaparecido recientemente, no es recordado ni con una lápida; anda toda­vía errabunda, por los lugares que amó, la musa compañera y consoladora del austero sacerdote de la poesía, como buscando con femenil solicitud la tumba de su Parini.

Mucho más que piadosa ilusión, el culto de los sepulcros es uno de los fundamentos auténticos de la humanidad; recordando la Ciencia Nueva (v.) de Vico, Foscolo se traslada de la época presente a las edades más remotas, ve los sepulcros, domina la historia de la humana civilización y canta, celebrando las costumbres funerarias de una Grecia transfigurada por su imaginación, su propio ideal del sepulcro, no evocador de temerosas imágenes de muerte sino sensi­ble testimonio de la perennidad de la vida, que se perpetúa en los afectos y en los re­cuerdos. Pero ¿qué valor pueden tener los monumentos sepulcrales cuando nada dicen a las conciencias y a los corazones? Con una alusión satírica a la Italia presente, el poeta vuelve a su época, pero pronto le­vanta el tono de su poesía, declarándose no ya confuso, como al comienzo, ante la muerte omnipotente, sino consciente y or­gulloso de que de su vida atormentada que­dará, para los amigos que sepan acogerlo, como algo digno, «caldi sensi / e di liberal carme l’esempio». Y no «il dotto, il rico ed il patrizio vulgo» del Reino Itálico, sino la Italia eterna está ahora delante de él, cuyo espíritu parece vivir en el templo de Santa Cruz, donde reposan los grandes italianos (Maquiavelo, Miguel Ángel, Galileo) testigos de una grandeza no extingui­da por la servidumbre política de aquellas tumbas que hacen santa a Florencia debe­rán obtener los italianos los auspicios de la resurrección de su patria.

Ya junto a ellas había buscado consuelo a una tristeza que nada podía consolar, Vittorio Alfieri; y ahora Foscolo, que ha comprendido y he­cho suyo el tormento de aquel grande, sien­te en ese templo la propia voz de la patria como los griegos la oyeron hablar en las tumbas de sus padres y sacaron de ella fuerzas para vencer al invasor persa en Maratón. La posteridad vio después renovarse en la noche aquella batalla junto a las tumbas de los héroes caídos; alienta la leyenda en torno a los sepulcros y ob­tiene de ella inspiración la poesía. La úl­tima parte del poema se propone precisa­mente ser una celebración de la poesía, no de la eternizada «áurea belleza», sino de la poesía que transmite a la posteridad más lejana el recuerdo de la humana gran­deza y del humano dolor. Por los sepulcros de Dios fue inspirada la gran poesía de Homero; junto a aquellas tumbas acude, durante el último asedio, Casandra (v.), que acoge en su alma el dolor de todos los suyos y contempla la tragedia de la patria como cosa ya cumplida, en un plano eter­no.

Ella lo ve todo: Troya ya desierta y humeante bajo las ruinas, los supervivien­tes dispersos y esclavos; pero ve también, protegidos por las sagradas sombras, objetos de reverencia hasta para los vencedores, los sepulcros de los antiguos reyes y, en un futuro más lejano, junto a aquellos sepul­cros, a un poeta griego, un desgraciado también, ciego y mendigo, ansioso por in­terrogar aquellas reliquias, y ya escucha, revelada por aquellos muertos y transfigu­rada por el «sac’o vate», en el canto, cómo resonará, en el alma de los hombres de to­dos los países y de todos los tiempos, la historia de Troya, su grandeza y su tra­gedia, la gloria guerrera de los griegos, y el heroísmo infeliz del más noble de los defensores de Troya, Héctor (v.), que será llorado por los hombres mientras la sangre vertida por la patria sea por ellos honrada y resplandezca el sol sobre las humanas desventuras. Así, la composición que Fos­colo había primero concebido como una «epístola», como uno de aquellos discur­sos predilectos del gusto del siglo XVIII y semejante al de su amigo Pindemonte (quien le contestó en una epístola sobre los Sepulcros, v. más adelante), se transformó en un «carme» («género de poesía — escri­bió él después — que yo creo nacido de mí») todo él imágenes poderosas, rápidas tran­siciones en un lenguaje que posee una densidad poética única. Al mismo tiempo que reanudaba la tradición de la poesía sepulcral, Foscolo la renovaba de modo pro­fundo (únicamente en el episodio del cementerio de Parini se advierte la «manera sepulcral»), no sólo infundiendo en ella los espíritus históricos de Vico, el culto de Al­fieri a los héroes, las imágenes del mito y de la poesía helénicas, sino haciendo del sepulcro, que tiene ya un papel esencial en las últimas cartas de Jacobo Ortis (v.) y en sus Sonetos (v.) la imagen típica de su personalidad, aquella en torno a la cual se reúnen todos los motivos de su poesía elegiaca y heroica nacida de una dolorosa experiencia de vida y dirigida hacia un mundo de superior armonía, altamente ima­ginativa y sin duda alguna, rica en severa enseñanza para los italianos y para todos los hombres.

M. Fubini

Un fuliginoso enigma. (Giordani)

La única poesía lírica según el significa­do pindárico que posee Italia. (Carducci)

Fue mal llamado por antonomasia el «au­tor de los Sepulcros» y en verdad este can­to es la primera voz lírica de la nueva li­teratura, la afirmación de la conciencia renovada, del hombre nuevo… Aquí están fundidos infiernos y paraíso, la vasta som­bra gótica de la nada y del infinito, y los tiernos y delicados sentimientos de un co­razón de hombre, todo ello en una forma solemne y casi religiosa, como de himno a la divinidad. (De Sanctis)

Las palabras y los acentos con los cuales canta los héroes del pensamiento y de la acción, expresa el gozo de la belleza y de la voluptuosidad, pinta figuras y acciones femeninas y paisajes y espectáculos de la naturaleza y celebra la virtud de la Poe­sía, son las del que acoge en su pecho todas las pasiones humanas y se abandona de lle­no a ellas y se tortura con ellas y en medio de ellas. Su verso es bello con esa pasionalidad dolorosa, alegre y amorosa que confluye en ella y hace de él como una persona viviente de blandos contornos on­dulantes, de armónicas resonancias, seduc­tora en todo movimiento suyo. La unión de los opuestos no es ya en Foscolo negada conclusión de filósofo ni serenidad de sabio, sino complejidad de alma rica, que actúa con toda su riqueza… En esta integralidad de sentir, y no en su exquisita cultura grecolatina y en su adoración de la antigua mitología, está el clasicismo de Foscolo, cla­sicismo que lo coloca entre los más gran­des poetas del siglo XIX. (B. Croce)

Se advierte cierta fatiga en el desarrollo pindárico de los Sepulcros, puesto que no siempre los pasajes del sentimiento se le­gitiman por sí mismos y piden a veces apoyo en una especie de argumentación lógica que es incapaz de ordenar en concepto lo que en la armonía del sentimiento foscoliano está ya ordenado y musicalmente re­suelto. Tal vez este argumento falaz des­pertó en los que supieron penetrar en el corazón del poema la impresión que Giordani resumía en la frase «fuliginoso enig­ma» y es un residuo de aquella discordia entre razón y sentimiento, entre mundo su­perior y vida, que se ha visto aquí y allá en la concepción foscoliana del vivir. (F. Flora)

*    Célebre por la alusión en los Sepul­cros de Ugo Foscolo al gentil y generoso amigo es el poema sobre los Cementerios, de Ippolito Pindemonte (1753-1828), inte­rrumpido después de la primera redacción en cuatro cantos; es, sin embargo, más conocida la epístola en respuesta a la can­ción de Foscolo, también titulada Los se­pulcros, en la que alaba al amigo por haber tratado un tema tan importante como el de la función civil de las tumbas, pero quiere hacer notar que aquél no ha tomado en su justa cuenta el consuelo de la religión, ante el misterio del más allá. A este pro­pósito añade la blanda acusación de haber escrito con oscuridad, escogiendo temas de­masiado lejanos en el tiempo en relación con el gusto común. Esta epístola en ver­so, por su tono familiar y la exigencia de una poesía más adaptada a los tiempos mo­dernos, ofrece todavía interés en cuanto a los temas de la nueva literatura románti­ca: el recuerdo final para una amiga muer­ta (Elisabeta Mosconi) está lleno de dul­zura. En su conjunto este escrito ofrece afinidades con las Epístolas (v.) del mismo autor.

C. Cordié