Confesiones de un Opiómano Inglés, Thomas De Quincey

[Confessions of an English Opium Eater]. Narración autobiográfica del escri­tor inglés Thomas De Quincey (1785-1859), escrita en otoño de 1821, publicada en «London Magazine» de octubre y noviembre de aquel año, y en volumen aparte en 1822 (edición ampliada en 1856). La sección que se ocupa de los sueños fue escrita la prime­ra, en varios intervalos de tiempo; la na­rración que liga el todo, fue escrita rápi­damente al tiempo de su publicación en la revista. El libro narra los primeros años y los vagabundeos del autor en Gales; de có­mo comenzó a usar el opio a causa de los dolores físicos y de la irritación nerviosa, aumentando la dosis hasta llegar a las ocho mil gotas de láudano al día. De tal prácti­ca vinieron como consecuencia los terribles efectos, sobre todo en forma de pesadillas, que duraron ocho años; hasta que asustado por la amenaza de muerte inminente, De Quincey decidió vencer al mal hábito. La narración termina describiendo la reducción progresiva de las gotas diarias, reducción acompañada de grandes sufrimientos, pero al fin coronada por el éxito. Las cualidades poéticas de la narración y la convincente sinceridad del autor, además de la cualidad patética del argumento, aseguraron el éxito enorme del libro.

Más franco, y a la vez más delicadamente reservado que Rousseau, De Quincey infunde un encanto de ensueño a su narración, que adquiere tanta más fuerza, cuanto que el autor no se propone ningún fin práctico: no trata de justificar su vicio, sino sólo referir una experiencia de vida interesante por sí, y que por otra parte no es muy ajena a la generalidad de los hombres; lo hace con suficiente ob­jetividad para no incurrir en el defecto de conmiseración de sí mismo, o de ilu­sión por sus propios actos. Una de las par­tes más interesantes del famoso libro es cuando narra cómo el joven De Quincey fue socorrido por una cortesana, Ann, en el infierno de Londres. Por otra parte, la iniciación al estupefaciente no tiene en De Quincey nada de precioso, de exquisito, de diabólico, ninguna curiosidad morbosa de «paraísos artificiales», sino sólo un trata­miento equivocado de los dolores reumáti­cos… y aquí es oportuno recordar que el láudano se usaba en el siglo pasado tan­to como hoy se usa la aspirina, y los far­macéuticos lo facilitaban sin dificultad, el pueblo lo bebía como el licor. La obra, por la fascinación prohibida y exótica que de ella parece emanar, tuvo un éxito enor­me entre los románticos: Musset hizo de ella una refundición que inspiró a Berlioz la Sinfonía fantástica (v.); Gerard de Ner­val se inspiró en ella para el Sueño y la vida (1855); Baudelaire, en los Paraísos ar­tificiales (v.), hizo también una reducción habilísima de las Confesiones; y De Quin­cey terminó por ser considerado por algu­nos con bastante poco fundamento, como uno de los pontífices máximos del Decaden­tismo (v.).

M. Praz