CONFESIONES DE UN ARTISTA DE MIERDA (Philp K. Dick)

 

Confesiones de un artista de mierda es una de las novelas de Philip K. Dick de literatura general, considerada por él mismo como la mejor de ellas. Escrita en 1959, cuando aún no había producido el grueso de sus mejores obras, no encontró editor hasta 1975. Nada de planetas lejanos, robots humanoides, extraterrestres bienintencionados ni realidades cambiantes y esquivas: la California de los años 50, en concreto una gran casa en un pequeño pueblo, sirve para transmitirnos aquello que Dick transmite en sus mejores novelas de cf.

La narración está enfocada desde las perspectivas de los cuatro protagonistas, alternando primera y tercera persona, lo que permite a Dick profundizar y contrastar sus pensamientos y puntos de vista de manera muy eficaz. El "artista de mierda" del título es Jack Isidore, "una ingenua alma perdida, un ser fascinado por fragmentos de información e incapaz de distinguir la realidad de la fantasía", carente de sentido común, que parece mirar la sociedad desde fuera.

Pero, lejos de realzar por contraste la normalidad de los demás personajes, la cuestiona. Personas que se guían por los deseos de conseguir una vida como han visto en la televisión, con una casa grande, etc., o que se dejan atrapar en situaciones de las que saben que no podrán escapar y que hundirán su vida poco a poco… ¿es eso la normalidad?, se pregunta Jack al final, concluyendo que el mundo está lleno de locos, incluyéndole a él.

Esta novela demuestra -si hiciera falta- que el escenario o el género importa menos en una obra que el tema que realmente trata, la manera de enfocarlo y la habilidad del autor; en esos tres aspectos se asemeja muchísimo a las novelas de género de Dick. Trata de la locura, de nuestra percepción de la realidad y las relaciones personales con sus motivaciones, y lo hace a través de personajes indecisos, abocados muchas veces (en apariencia o realidad) a la autodestrucción, de la mujer dominante, manipuladora, egoísta, incapaz de interesarse realmente por los demás, incapaz quizá de empatía, que para Dick es el rasgo que nos hace humanos, etc., todo ello con un estilo eficaz, rápido, abundante en diálogos, propio de un escritor que conoce su oficio y sabe usar el lenguaje para transmitir lo que quiere, prescindiendo de lo superfluo. Ninguna palabra sobra en las ciento ochenta cinco páginas de la novela y en cada línea de diálogo se profundiza un poco más en el personaje.

Quienes conozcan su obra experimentarán probablemente una sensación de déjà vu, pues Dick empleó los planteamientos de esta novela en posteriores obras de ciencia-ficción, quizá frustrado ante la persistente imposibilidad de publicación. Así, el oficio de Jack Isidore como marcador de ruedas usadas aparece en Nuestros amigos de Frolik 8, un personaje similar responde al nombre de John Isidore en ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? y la mujer egoísta y manipuladora es uno de los motivos recurrentes de su obra, por ejemplo en obras como Clanes de la luna alfana.

Puro Dick, en resumen. Y de los mejores.

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