Es ésta una de las ramas más ricas y gloriosas en la producción de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791). Unas 25 composiciones, además de un Concerto para tres pianos (K. V. 242), otro para dos pianos (K. V. 361) y «Rondó» para piano y orquesta (K. V. 382). El «Concierto» de Mozart sigue, poco más o menos, el modelo de la escuela vienesa, con cierta preponderancia del instrumento solista en la orquesta; pero consigue, al fin, en sus últimos ensayos, equilibrar los dos elementos en admirable conjunto. Obras intencionadamente brillantes, escritas para sus propias exhibiciones de virtuoso. Los Conciertos han sido acusados injustamente de superficialidad. En realidad, son obras luminosas, atractivas y comunicativas por la segura plasticidad de los temas, por la riqueza de las invenciones melódicas, por la espléndida libertad formal, casi de improvisación y por el interés continuo de las ideas y de la instrumentación. Los primeros, compuestos en Salzburg, deben mucho al gusto italiano, particularmente al concierto para violín de Tartini y de sus imitadores. En esta línea destacan el Concierto en re mayor (K. V. 175), del año 1773, al que Mozart tenía mucho cariño, hasta el punto de ejecutarlo en los últimos años de su vida; el Concierto en si bemol (K. V. 238), de 1776, y el Concierto en do mayor (K. V. 246), del mismo año, escrito para los ambientes aristocráticos de Salzburg.
El paso por Salzburg de una renombrada pianista francesa, Mlle. Jeunehomme, dió origen al Concierto en mi bemol (K. V. 271), compuesto en 1777. Su dedicación particular o tal vez la incipiente intolerancia de Mozart para los límites del «estilo galante», que imperaba en Salzburg, hacen de este concierto una cosa nueva y original que aspira en el «allegro» y en el «andantino» a una expresión más profunda y patética que de costumbre. Sin embargo, la época áurea de los Conciertos para piano transcurre en Viena, donde Mozart se asegura una fama excepcional como virtuoso. Los Conciertos en fa, la y do mayor (K. V. 413-415) parecen — especialmente los dos primeros — un homenaje a la memoria de Johann Christian Bach, muerto por entonces (1782). Son maravillosos sus tiempos lentos, de estático arrobamiento, mientras en el Concierto en do mayor se deja sentir el gusto por el contrapunto arcaico en admirable conciliación con el deseo de agradar. Unos doce Conciertos componen el prodigioso florecimiento comprendido entre 1784 y 1786. Entre ellos, sobresalen dos deslumbradoras obras maestras: el Concierto en re menor (K. V. 466), escrito en 1785, predilecto de Beethoven, quien a menudo lo ejecutaba, y que evita la ligereza superficial del estilo de conversación y da lugar, en el encanto de la «romanza», a un milagro de intimidad expresiva, y el Concierto en do menor (K. V. 491), de 1786, buen documento de lo «demoníaco» mozartiano, robusto y dramático en el «allegro», casi romántico y schumaniano en el «larghetto».
De estas dos obras dice Casella que «representan en la historia pianística los primeros y perfectos modelos de concierto solístico moderno: un piano y una orquesta, ambos soberanos, el uno por su noble elocuencia de «personaje» dramático, y el otro por su pleno y rico sinfonismo, al cual la presencia del solista no consigue poner un límite». El primer tiempo del Concierto en re menor es uno de los trozos mozartianos que hacían decir a Busoni con cierta injusticia, «que Mozart, cuando anuncia a Beethoven, es significativo y original; y que Beethoven, cuando recuerda a Mozart, es insignificante y plagiario». En el primer tema, en «re menor», hay una seriedad concentrada, y es casi amenazante la progresión de los «bajos», que vibran bajo los síncopes de los instrumentos de madera. Mientras este primer tema, que se desarrolla ampliamente y concluye en una solemne peroración sobre la «sensibile», es como una onda de movimiento nada impetuoso, pero incesante e implacable, dos notas que ejecutan los oboes y los fagots, inician el segundo tema, que se desarrolla más leve y gentil como un obstáculo, casi como un dique opuesto a la marea del tema en «menor» oponiendo su apacible dulzura al arrebato del primer tema. Volviendo al «allegro», hay que señalar en él la madurez y modernidad de sus arpegios, que concluyen el primer «tutti» orquestal y preceden inmediatamente a la intervención del solista. En su suave y envolvente tejido se manifiesta una ternura que no es solamente mozartiana; nos sentimos inducidos a saltar algunas generaciones de músicos y pensar en Brahms.
En el Concierto en do menor (K. V. 491) es particularmente notable el último tiempo, en forma de variación, que con su nerviosa vivacidad rítmica, en el partido que saca del tono «menor» en un sentido de singularidad inspirada, casi como una «leyenda», parece en «momento musical» de Schubert. Tampoco se puede olvidar, en el Concierto en la mayor (K. V. 488), compuesto en 1786, la patética y desnuda belleza del «andante semplice ma molto expressivo», con sombríos y sollozantes arpegios que hacen pensar en Chopin; en la sólida estructura del Concierto en sol mayor (K. V. 453), de 1784, que, con su misterioso «andante», desmiente la acusación de ligereza mundana puesta a estas luminosas creaciones. En el Concierto en fa mayor (K. V. 459), también de 1784, destaca sobre todo un delicioso y soñador «allegretto». Es chispeante el Concierto en do mayor (K. V. 503), escrito en 1786, que obtuvo un gran éxito de público, y muy vivo el Concierto en re mayor (K. V. 537), compuesto en 1788 para las fiestas de la coronación de Leopoldo II en Praga, y cuyo melodioso «larghetto» se ha hecho popular. La última composición del género escrita por Mozart es el Concierto en si bemol (K. V. 595), que coincide con el último año de vida del gran maestro, y ofrece un conmovedor presagio en su triste y dolorida resignación.
M. Mila
Con Mozart ha cesado el último canto. ¡Qué suerte la de los que sentimos todavía hablar a su «rococó», a su «buena sociedad», a su tierno sentimentalismo, a su amor infantil por el gusto chinesco y los arabescos, a la cortesía de su corazón, a su anhelo por lo tierno, lo enamorado, lo danzarino y lo lacrimoso y a su fe en el cielo meridional, que pueden despertar en nosotros antiguas resonancias! (Nietzsche)

