De Antonio Vivaldi (16759-1743?), llamado el «Cura Rojo», fueron editados 78 conciertos por la casa de Étienne Roger y Michel Le Céne, en Amsterdam; y más de trescientos conciertos inéditos se encuentran en las colecciones Foá y Giordano, de la Biblioteca Nacional de Turín. Vivaldi, liberándose de los moldes preestablecidos, adopta definitivamente la división en tres tiempos: un «Adagio» central entre dos tiempos «vivaci», dando a cada uno de ellos fisonomía propia y particular, correspondiente a tres diversos momentos espirituales, por lo que su contraposición no sólo es formal, sino, sobre todo, sentimental. La individualidad, ya rítmica, ya temática, de los diversos tiempos le coloca en franca superioridad frente a su predecesor Corelli. Respecto al conjunto instrumental, a los tres instrumentos solistas (violines primero y segundo y violoncelo) que constituyen el «concertino», se une, alterna con ellos o se contrapone el conjunto de los instrumentos de cuerda que forman el «concertó grosso» y que, además de los instrumentos ya citados, contiene la viola.
En Vivaldi, el contraste entre «concertino» y «concerto grosso» no es un fin en sí mismo, sino un objetivo puramente ornamental aunque suscitado por un motivo enteramente interior, de dinámica contraposición de sentimientos. Con Vivaldi, el estilo sinfónico, que en el sentido más moderno de la palabra alcanzará su máxima perfección con Beethoven, se puede decir que está ya virtualmente alcanzado. Los tiempos «allegro» poseen una viveza, una naturalidad y una construcción arquitectónica que llevan a Vivaldi mucho más allá de Haydn y de Mozart, hasta los umbrales de aquel romanticismo que desemboca en Beethoven. Con todo, la modernidad de concepción de Vivaldi se advierte, principalmente, en los «adagi», ricos de expresión y de dramatismo, en donde la línea del canto se prolonga y se levanta en magnífico empuje ascendente. Entre los más sugestivos y profundamente musicales están el Concierto en la menor para dos violines e instrumentos de arco y el en sol menor (el segundo de la colección L’Estro armónico).
Prueba luminosísima de la fama que Vivaldi ganó rápidamente con sus conciertos, más en el extranjero que en Italia, es que J. S. Bach transcribió sus conciertos: tres para órgano, seis para clavicémbalo y uno para cuatro clavicémbalos, aunque fuese imponiendo alguna vez su propia personalidad y «floreando», según la costumbre de la época, la melodía original. Sin conocer a Bach, Vivaldi se acerca a él con su técnica, la claridad de su diseño nítido y su capacidad constructiva; y si la música de Bach se muestra más concentrada, más densa de pensamiento, en la de Vivaldi palpita más humanidad, y tiene una transparencia, una delineación más netamente latinas.
L. Fuá

