Concierto para Piano y Orquesta, de Schumann

Entre las obras mayores de Robert Schumann (1810-1856), este Concierto es sin duda la mejor y más lograda, a pesar de datar de la época de sus primeras gran­des crisis, del año 1845, que ve nacer las primeras páginas del Fausto (v.) y los pri­meros esbozos de la Segunda Sinfonía (v.). En este paisaje tormentoso, el Concierto viene a ser como una escapada al cielo, surgida de esa inmensa reserva de ternura que los cinco años de felicidad al lado de Clara habían acrecentado y hecho más pro­funda. También aquí se pone de relieve la solidez técnica de un arte que sólo parece alcanzar sus auténticas cimas cuando renun­cia al aforismo y a la subjetividad integral. Simplicidad sutil, sabia, sin atrevidas incur­siones armónicas ni rítmicas, salvo en los cortos momentos modulantes que suavizan felizmente la rigidez de la estructura; nada excesivo ni pesado, ninguna obscuridad po­lifónica. Aquí todo es transparente, unita­rio. Naturalmente, reina la irisación mayor – menor, a la que Schumann le debe buena parte de su fluidez fácilmente evasiva. Pero las paradojas sonoras y los acertijos tonales de las obras de su juventud han desapare­cido. Incluso las tonalidades se han elegido emparentadas, color sobre color: la menor, fa mayor, la mayor, las tres en un carácter de ternura y de suave claridad. Los juegos de modulación intervendrán entonces sin ruptura, a través de la suavidad de enlaces cromáticos que facilitan la irisación.

Nada en absoluto de exasperaciones rítmicas; al contrario, Schumann se ordena casi incesan­temente mediante una escritura arpegiada, ondulante y cálida, sin aristas, salvo acce­soriamente en el episodio de la admirable cadencia, que surge de la conjunta armo­nía y la realza con un juego de reverencias dialogadas, cuya acción se explaya en el mo­tivo del violonchelo, haciéndose sabiamente evasiva, para reservar el indispensable y bri­llante acento del resurgimiento final. Pero aquí Schumann se rodea todavía de una es­pecie de motivo valseado que, en su esen­cia, descarta, por anticipado, toda inútil y brutal espontaneidad. Por el contrario, cuan­do la «segunda idea» debe fijar definitiva­mente el color, Schumann sitúa el ambiente disputando y manteniendo el ritmo de vals, incluso cuando, a veces, modifica extraña­mente — siempre por necesidad del acento — la parte concertante del solista. Y el calor melódico de los motivos, la abundancia de tresillos y quintillos y el dinamismo mor­diente del arpegio crean un movimiento ju­biloso e insinuante a la vez, soñador, pero que jamás roza la melancolía. Aquí todo es justo y la exactitud se nimba de claridad, todo es estricto, dilatándose el rigor hasta la alegría. Schumann, que en las obras de su juventud se había esforzado constantemente por penetrar en los secretos exteriores de la «fuerza», alcanza en este Concierto esa fuerza sin fatiga ni excesos inútiles. ¿Por qué no optar una vez por todas por la esté­tica que el año anterior le había dado ya en su Quinteto, ese otro triunfo de la lim­pidez espontánea?