Tragedia en cinco actos de Pierre Corneille (1606-1684), representada en París en 1640. Emilia, educada y protegida por Augusto, no ha perdonado al emperador que haya proscrito y hecho morir a su padre; Cinna, su enamorado, será el instrumento de la venganza. La conjura está a punto, es inminente el golpe con el que se mostrará digno de ella. Junto con Máximo, el otro jefe de la conjuración, Cinna es llamado por Augusto, quien, dudando entre las mil ansiedades del poder absoluto, les pregunta si debe conservarlo o devolver la libertad a los romanos. Cinna le aconseja que conserve el imperio, Máximo que lo deje; la insistencia del primero convence a Augusto, quien le promete a Emilia, así como al otro, el gobierno de Sicilia. Pero Cinna confiesa a su compañero que desea que Augusto conserve el poder para quitárselo con la muerte y merecer así a Emilia; Máximo, también enamorado de ella, se entera de que Cinna la ama y es correspondido. No denunciará a Cinna al emperador, como le aconseja el liberto Euforbo; únicamente consentirá la conjuración que ayude a su rival. Éste está dolorosamente inseguro, antes de ir a matar a quien quería devolver la libertad a Roma; vencido por la apasionada insistencia de Emilia, matará y luego buscará la muerte. Euforbo revela la conjuración a Augusto, añadiendo la falsa noticia de que, por remordimientos, Máximo se ha ahogado.
El emperador, amargado, cansado de suplicios, discute en su interior si castigar o perdonar; Livia, su esposa, le inclina al perdón. Hace acudir a Cinna, y Emilia decide, si la conjuración no tiene lugar, reunirse con su padre, satisfecha de no faltar a su deber. Ante Augusto, Cinna persiste en su duro heroísmo, dispuesto a la muerte; Emilia acude a declararse cómplice, incluso instigadora del hombre, y única culpable. Augusto queda profundamente turbado al encontrarse con tantos enemigos, incluso en su casa. Cree que por lo menos Máximo es fiel, y éste llega para confesar su culpa y la mentira con que Euforbo trataba de salvarle. El colmo de tantas desilusiones eleva al Emperador a la más extrema bondad: vuelve a conceder Emilia y su amistad a Cinna. Ambos quedan vencidos por tanta generosidad; el castigo de Máximo consistirá en ver su amor coronado por las bodas. La conjuración de Cinna, el perdón de Augusto, aconsejado por Livia, están narrados por Séneca (tratado De la clemencia) y por Montaigne (Essais, I, 23); luego Corneille encontró en Dión Casio la deliberación de Augusto con Mecenas y Agripa — sustituidos por Cinna y Máximo — sobre la conveniencia de dejar el poder. El autor añadió por su parte a Emilia, romanamente dirigida a la venganza, y Máximo, arrastrado a la perfidia por el amor no correspondido, aunque la mayor culpa recae sobre Eúforbo. Pero la leve intriga amorosa tiene una línea severa y los afectos, tiernos incluso en los dos hombres, se unen a altos sentimientos políticos. Emilia es completamente romana y sólo ama para verse vengada y libre. La tragedia, menos que histórica es política, animada por amplios debates sobre la necesidad y justificación del principio absoluto. Un asunto que Corneille ama — como lo llamaban sus contemporáneos — y expresa, si no con poesía, con lúcida y robusta elocuencia. El verdadero patetismo está en el ánimo de Augusto, en su tormento que se pacifica ascendiendo, exaltándose con la victoria de la voluntad. Alejada de nuestro espíritu, la obra muestra, sin embargo, la fascinación que pudo ejercer sobre generaciones fuertes, que en la más noble retórica escolar buscaban alimento a la virtud. [Traducción del Marqués de San Juan (Madrid, año 1713)].
V. Lugli
…sólo los ángeles hablan un idioma similar. (Dostoievski)
* Escribieron óperas musicales con el título de Cinna: Karl Heinrich Graun (1703- 1759), 1748; Ferdinando Páer (1771-1839), Padua, 1797; Bonifazio Asioli (1769-1832), Milán, 1801; Mar’Antonio Portogallo (1762- 1830), Florencia, 1807.

