Cinelandia, Ramón Gómez de la Serna

Novela grande de Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), publica­da en 1927, traducida al italiano y al in­glés. Más que una novela es, realmente, un conjunto de artículos- llenos de fantasía, humor e intención satírica, sobre la increí­ble vida del cine en una gran urbe — mezcla de Constantinopla, Tokio, Florencia y Nue­va York—, tras la que se adivina, deforma­do esperpénticamente, el perfil de Holly­wood. Por las páginas de Cinelandia fluye una débil trama, sustentada en varios per­sonajes fundamentales: Jacob Estruk, un viajero; estrellas de trágico final: Mary (la Venus de Plata) y Carlota Bray, etc. Capí­tulos como el X, «La aburrida», reflejan la tristeza profunda del mundo cinematográ­fico. Otros, v.gr. «El manicomio expresivo», permiten a Ramón crear invenciones tan bellas y emocionantes como la de esos lo­cos fotogénicos que, encerrados en un triste edificio, viven siempre con la inmovilizada mueca del papel que hubiesen deseado in­terpretar: « ¡Cuántas Mary Pickford plan­tadas en una ingenuidad que ya ni oye ni entiende, con su maletín de viaje colgado de la mano siempre, en un eterno andén de película!» El mundo del Cine — como el del Circo — es un buen disparadero para la fan­tasía de Gómez de la Serna, para la crea­ción de personajes fabulosos; los apuntado­res de expresiones, el ladrón de lunares, la mujer luminosa por la impregnación de los focos de los estudios, el caimán conver­tido en dinosaurio en una película prehis­tórica, los falsos toreros, la directora de una academia de besos, etc. Pero en tanto que el mundo del Circo es, para Ramón, jubiloso ritmo, alegría infantil, exaltación de la vida, del humor, de la simpatía; el extravagante mundo del Cine se le presenta cargado de tristeza, de tragedia, de crimen, con seres como «El niño pervertido» — en boca del cual pone Ramón un buen número de «gre­guerías» — o Carlos With, el gordo sádico. No obstante, hay en Cinelandia, al igual que en todas las obras de Ramón, un man­tenido acento de humanidad, un tierno ade­mán dé afecto hacia las espectrales sombras de la pantalla.

M. Baquero Goyanes