Cartas de Humanistas, Beck

[Humanistenbriefe]. Colección de epistolarios de huma­nistas alemanes, editada por Beck en Munich (1923-1940). Se han publicado hasta ahora cuatro volúmenes y constituyen no sólo una fuente de capital importancia para la historia del humanismo alemán y de sus relaciones con el humanismo italiano, sino también — juntamente con la densa misce­lánea de cartas varias publicada por Bócking en el apéndice a su edición de las obras de Hutten — la más sugestiva inicia­ción a la vida íntima de aquellos dos mun­dos tan estrechamente ligados y, al mismo tiempo, tan substancialmente diversos. El primer volumen, publicado en el año 1923 por E. Kónig, está dedicado a Konrad Peutinger, el «Stadtschreiber» de la ciudad de Augsburgo y hombre de confianza de Maxi­miliano I, el mismo que, fuera de Alema­nia, es conocido sobre todo por la Tabla Peutingeriana (v.), pero que, en realidad, en la historia política, diplomática y cultu­ral de la época, fue una personalidad de destacado relieve, y uno de los mayores pro­pulsores del humanismo por su avidez de saber, su variedad de conocimientos y su multiplicidad de iniciativas. No sólo Augs­burgo fue, desde muy pronto, y siguió siéndolo durante varios decenios, el centro cul­tural hacia el que convergían cuantos se interesaban por los nuevos «estudios huma­nos»; no sólo reunió poco a poco en su casa, gracias a asiduos y diligentes cuidados, pre­ciosas colecciones de manuscritos, libros monedas y antiguas obras de arte, dando al humanismo local un tono particular de «es­tilo Renacimiento» que elevó su nivel in­cluso en el campo de las artes figurativas, sino que — a través de su personal colabo­ración en las empresas artísticas del em­perador — ejerció, humanísticamente, una gran influencia en toda alemania. Erasmo, Celtis, Pirckheimer, Aventino, Brant, Reuchlin, Hutten, figuran entre sus corresponsales: y Lutero — como se lee en el acta de la sesión de la Dieta del 17 de abril de 1521 — al verle en Worms en aquel momento deci­sivo, se alegró de encontrarlo: —«Doctor Peutinger, seid ihr auch hier?» [«Doc­tor Peutinger, ¿también vos estáis aquí?»].

Relaciones sobre las numerosas embajadas que le fueron confiadas por el Concejo mu­nicipal, noticias acerca de problemas polí­ticos, jurídicos y económicos, intervenciones personales para facilitar el comercio con Venecia a la familia de los Welser — la fa­milia de su esposa, una de las principales de la ciudad después de los Fugger—, reco­mendaciones para asegurar prebendas y ca­nonjías a su cuñado Cristóbal, se mezclan así a estudios históricos, filológicos, genea­lógicos y arqueológicos, a discusiones eru­ditas, a proyectos de obras originales, a noticias diversas acerca de ediciones y tra­ducciones de textos antiguos — propias y de otros — o a informes relativos a las obras de arte y de imprenta protegidas por Maxi­miliano; y, entre una cosa y otra, se inserta el problema religioso, infundiendo a las com­plicadas peripecias de la historia y al fer­vor de los estudios y de las obras, la peren­ne herencia medieval, que va desde las dis­cusiones sobre el «estado matrimonial» del apóstol San Pablo hasta el proceso de Reuchlin y las cuestiones teológicas planteadas por la Reforma (v.). En la mescolanza he­terogénea que siempre ofrece la realidad, la correspondencia de Peutinger nos revela to­do un mundo lleno de contradicciones y fermentos, que se manifiesta concretándose en la palabra inmediata. El volumen se abre con un retrato de Peutinger reproducido de una medalla de Hans Schwarz; incluso físi­camente, la cabeza clasicizante del «Stadtschreiber» humanista, con su nariz aguileña, sus gruesos labios, su doble barbilla y su firme mirada de hombre que sabe lo que quiere, parece resumir en sí mismo la com­pleja multiplicidad de vida que el volumen documenta. El segundo tomo, editado por H. Ankwiej von Kleehoven, publicado en el año 1933 y dedicado a Cuspiniano, tiene por centro a Viena y ofrece una materia más sencilla y homogénea. Llegado desde su Franconia nativa a Viena en 1493, Cus­piniano, que se casó con la hermana del preboste de San Esteban e hija del «barbero de tres emperadores», Ulrich Putsch, alcan­zó rápidamente, gracias al favor de Maxi­miliano, los más altos cargos.

Profesor a los veinticuatro años, luego superintendente de la Universidad, más tarde prefecto de la ciudad de Viena, consejero imperial y em­bajador, se le definió agudamente como «el humanista en alta posición estatal». En rea­lidad, aunque en su juventud diera mues­tras de cierta familiaridad con las musas y en 1500 fuera «coronado poeta», su misma fisonomía de humanista estuvo determinada por esta característica: como «funcionario del Estado» contribuyó, con sentido práctico y agilidad de ingenio, a «hacer la historia» y a modificar la «geografía política» — y de ello son testimonio los importantes infor­mes acerca de su actividad política y diplo­mática ahora publicados —; como «humanis­ta» se ocupó principalmente de estudios geo­gráficos e históricos. Editor, entre otras obras, de Floro y de la Crónica de Otón de Frisinga (v.), coleccionista de mapas geo­gráficos y cosmográficos, autor de una obra historicogeográfica acerca de Austria, de Comentarios sobre los cónsules romanos y de un Catálogo de los emperadores de Occi­dente, sostuvo, con ocasión de tales estudios, relaciones personales y epistolares con los mayores sabios de la época, desde el Aventino a Bernardo de Cíes, desde Reuchlin a Pirckheimer; inmediatamente después de la dramática audiencia ante la Dieta convo­cada en Worms, Lutero le escribió, el 17 de abril de 1521, una célebre carta: «Ego ne apicem quidem revocabo in aeternum.» Por una ironía del azar, esta carta sigue en la edición actual a otra del más encarnizado adversario de Lutero, a propósito de los ata­ques del Eccius dedolatus, el propio Juan Eck. Pero — sic transit gloria mundi! — una vez muerto Maximiliano, también la «fama y el poderío» del erudito y del diplomático se inclinaron a su ocaso: su «Foelicianum» en Schwechat, que durante tantos años había sido una especie de «Tusculum» del huma­nismo vienés, lentamente dejó de ser el idílico lugar de reunión de los doctos; a pesar de los buenos oficios de Pirckheimer, el Cathalogus Imperatorum no encontró edi­tor; y la última carta del epistolario es un amargo y acre desahogo contra otro huma­nista conocido, Brassicano, que, mientras él está muriendo, da pruebas de no cuidarse en absoluto de su antiguo «protector»: esta carta parece el dedo amenazadoramente le­vantado de un hombre que está ya con un pie en la tumba.

El texto que se ha con­servado es precisamente del propio Brassi­cano, y lleva, de su puño y letra, en el reverso del folio, estas palabras: «Cuspinianus anno 1529 martii die 15!». Aún más allá de la muerte se preocupó, en cambio, de consolidar su gloria el «gran animador del humanismo» en Viena — y en otro tiempo maestro del propio Cuspiniano en Ingolstadt—, el «archihumanista» Conrad Celtis, al cual está dedicado el tercero y nutridísi­mo volumen de la obra que comentamos, preparado por H. Rupprich. De las 350 car­tas, aproximadamente, que constituyen su Epistolario, más de 250 — todas dirigidas a él, en parte transcritas personalmente, en parte transcritas por terceras personas por su mandato — constituyen un bloque com­pacto que el propio Celtis seleccionó, reunió y ordenó «para uso de la posteridad». No to­das son cartas de «colegas ilustres» — aun­que ninguno de los «más ilustres» falta a la cita epistolar—; preferentemente, son cartas de hombres por lo general desconocidos o poco conocidos, escolares o aspirantes a serlo; pero, como de cada uno de ellos figura generalmente una sola carta, su mismo nú­mero demuestra la vasta popularidad e in­fluencia que, en sólo cuatro lustros, desde su regreso de Italia en 1486 hasta su muerte en 1508, alcanzó Celtis. Y es fácil comprender su hechizo. Mientras el humanismo alemán venía orientándose hacia los «Realia» — la erudición y la ciencia — o hacia una formu­lación nueva de viejos problemas teológicos, él continuó manteniendo la fe en la buena tradición que no concebía separada, ni aun de los más profundos y severos estudios, el culto de la bella forma según el ejemplo de los clásicos; mientras el humanismo alemán — como si presintiera las próximas borras­cas — se hacía cada vez más «sedentario», satisfecho de sentirse «doctamente ocioso» en algún plácido sitial de canónigo o en al­guna mullida poltrona de las distintas buro­cracias donde cada vez volvía a tejerse, por debajo de los acontecimientos cambiantes de la guerra, lo que quedaba de la autoridad imperial, Celtis seguía siendo el hombre de los innumerables recursos y de sensibilidad pronta e inquieta, el hombre del «movi­miento perpetuo», ávido de vivir «et multa vivendi cupidus».

Fue efectivamente, entre los humanistas alemanes de la época, «el poeta» por excelencia. Entre las cuatro mu­jeres que, en los cuatro libros de los Amo­res, «dan fisonomía a la naturaleza y a la historia de las cuatro mayores regiones de alemania», una al menos, Hasilina von Reytonich, fue un personaje real: entre los años 1489 y 1491 Celtis la conoció mientras estudiaba matemáticas y física en Cracovia, y una carta que ella le envió, en lengua checa, mucho tiempo después, en 1500, y que él conservó — en doble ejemplar—, lo hace revivir ante nuestros ojos; es una car­ta amarga de desilusión, llena de recon­venciones: Hasilina ha sido invitada a cenar en casa de unos amigos juntamente con un joven humanista forastero; durante la cena se habla de poesía y de lo que son y lo que hacen los poetas, y el joven «magister» forastero saca del bolsillo un librito y ‘lee: es el primer libro de los Amores, y Hasilina figura en él con su verdadero nombre, y se describe punto por punto todo cuanto ha acontecido entre el poeta y su «besadora», «según suele acontecer entre un hombre y una mujer cuando se quieren bien»; ¡ah! éste es, pues, el agradecimiento que Celtis demuestra por «tantos beneficios recibidos»; un hombre de honor no habla de cosas se­mejantes, sino que las guarda en silencio en su corazón, y él, en cambio, Celtis, no sólo habla de ello, sino que lo escribe, y — según cuenta el «magister» forastero — «lo canta también, con acompañamiento de laúd y vio­lín». Pobre Hasilina, le sobra la razón. Y no obstante, el tono de la carta delata que, a pesar de su resentimiento, no acaba de lograr arrancarlo de su corazón, ya que, como todos ‘los hombres de vivos impulsos, Celtis era un «hombre de presa» y un «ato­londrado», pero era también generoso. «Pro­digalidad es tu nombre», le escribe una vez un colega de Ingolstadt. Y prodigarse era en realidad su modo de vivir, e incluso su modo de enseñar: en el «Collegium poetarum et mathematicorum», que en 1501 el emperador Maximiliano creó a sus órdenes y bajo su guía junto a la Universidad de Viena, Celtis «vivía» con sus discípulos; estudiaba con ellos, con ellos se divertía, «re­presentaba con ellos»; en Linz, en 1502, cuando puso en escena ante la corte im­perial su Ludus Dianae — espectáculo «more comoediae» según el modelo de los del Re­nacimiento italiano —, él mismo desempeñó el papel de primer actor, al lado de Pedro Bonomo, futuro obispo de Trieste.

No era tampoco celoso de sus ideas, iniciativas y «descubrimientos»; su primer impulso era dar parte de ellos a sus amigos: cuando des­cubrió — y quizás «arrebató», quién sabe dónde — la Tabula Peutingeriana (v.), se la envió a Peutinger, cuando descubrió el ma­nuscrito de Ligurinüs (Gesta de Federico I en Italia, v.), lo mandó a los amigos de Augsburgo, que cuidaron de su publicación. Le interesaba su gloria, pero le gustaba que también la hubiera para los demás, para to­dos los demás. Y en cualquier ciudad donde estuviera, aunque fuese por breve tiempo, todo el mundo se agolpaba espontáneamente a su alrededor; y de todas partes, junto al Vístula o junto al Rin, en Viena y en Heidelberg, en Nuremberg, en Augsburgo y en Lübeck surgieron a su paso «solidalitates litterariae» al modo de las academias italianas. Y todos le celebraban en verso y en dedica­torias o en prosas epistolares: le celebraban cuando llegaba y cuando se marchaba; le celebraron en un denso haz de epigramas cuando curó de su sífilis; le celebraron cuan­do murió y le celebraron después de muerto.

La edición de los Poemas breves (v.) y de los Dramas (v.) de Rosvita — otro «des­cubrimiento» suyo — hizo penetrar un rayo de su gloria hasta las clausuras de los con­ventos, y conmovió incluso a la severa y austera Sor Charitas del convento de las Clarisas, donde fue por treinta años superiora y desde donde hizo frente a todos los huracanes de la Reforma: pero ¿cómo? ¡Un hombre tan grande, tan sabio, tan célebre, no había desdeñado emplear su tiempo y su ciencia en sacar a luz los escritos de una simple monja, de una pobre «muliercula»! Antes de enviarle su carta de gracias, Sor Charitas, temblando de reverencia, hizo que le corrigiera el latín su hermano Willibald Pirckheimer, a fin de que resultase menos indigno del destinatario; lo único que la afligía en el fondo de su corazón era que siguiera malgastando su genio en poesías sobre «Diana, Venus y Júpiter», en vez de dejar «tales personajes» en el Infierno, «don­de a estas horas están ciertamente ardiendo». Existencias tales se consumen rápidamente: en la continuidad de la llama, las fuerzas de la vida arden, y así la existencia de Celtis, truncada antes de que alcanzara los cincuenta años, aparece como un mundo in­acabado. Desde el De situ Norimbergiae a las visiones paisajistas e históricas de los Amores, desde la edición de la Germania de Tácito al ensayo titulado Germania gene- ralis, la mayor parte de su obra de escritor había convergido hacia un vasto proyecto acariciado durante veinte años: una Ger­mania illustrata que con latina elegancia de lenguaje, en clásica nobleza de forma y si­guiendo el ejemplo de la Italia illustrata de Biondo, evocase los paisajes, las tiudades, los acontecimientos políticos, los usos y costumbres y las bellezas artísticas de las distintas regiones de su patria. Muchos co­laboradores entusiastas le enviaron materia­les desde los más alejados países, desde los Alpes tiroleses hasta el Mar del Norte, des­de Innsbruck a Dantzig. Muchos continua­dores entusiastas se propusieron proseguir el proyecto después de su muerte; pero na­die lo llevó a cabo; nadie podía hacerlo sino él. Ni siquiera lo logró el amigo que había alojado en su casa a Celtis cuando en 1487 el emperador Federico III le coronó poeta: Willibald Pirckheimer, a quien está dedicado el cuarto volumen de las Cartas de humanistas, preparado por E. Reicke.

Se­ñor por su nacimiento, fortuna y educación, pero con inclinaciones populares que respon­dían a su temperamento y estaban en el es­tilo del ambiente, Pirckheimer fue, también como humanista, el patricio de la «imperial y libre ciudad» de Nuremberg. Docto en el latín, el griego y el hebreo; poseedor de una de las más preciosas bibliotecas de la época; amante de las artes, escritor de geo­grafía e historia y poeta a ratos perdidos, supo también mandar las tropas de su ciu­dad puestas a disposición de Maximiliano en la guerra contra Suiza, y, llegado el caso, no rehusaba tampoco el combate sin­gular, como cuando le «rompió el hocico» a Kraft Vetter, hasta el punto de que el Concejo, reunido en tribunal de justicia de cinco miembros, le hubo de condenar a una multa, el pago de las costas y «dos días y dos noches de arresto en la torre, en una celda cerrada». Sólido, macizo, robusto, no tuvo probablemente en su juventud, cuando estudiaba en Padua, el exuberante «doble mentón» con que lo ha inmortalizado un célebre grabado de Durero; su «amiguita» Bernardina — después del regreso a su pa­tria — le siguió siendo fiel, a pesar de que sus amigos pretendieran que «se la había dejado en herencia». Y siguió siéndole fiel incluso cuando supo sus próximas bodas con Crescentia Kleter, «pudicissima et honestissima» muchacha con doscientos florines de dote; y le fue fiel hasta el punto de com­prar para él «chales y cendales venecianos» evidentemente destinados a su novia. «¡Ay, pobre de mí, que debo tenerte lejos de este corazón mío que no tiene ni tendrá jamás otro bien!», exclama, sin embargo, la carta que ella le envió; y por lo demás, aparte de sus próximas bodas, tampoco él debió ser insensible a este amor, desde el momen­to en que conservó la carta, excepto en un sólo punto donde el papel presenta un am­plio desgarrón, que corresponde al párrafo en que se describen las insistentes tentati­vas de sus desleales amigos para poner la mano sobre su bella durante el regreso de un banquete nocturno. Pero el «caro Bilibaldo», que de su «fidelissima Crescentia» se hizo regalar nada menos que seis hijos en ocho años de matrimonio, era robusto, vital y con amplia capacidad amatoria.

Cuando quedó viudo, conservó religiosamente el culto a la memoria de su esposa y no con­trajo nuevas nupcias; pero ¿cómo hubiera podido cerrar, aparte de eso, las puertas de su corazón? Las cartas de sus amigos están llenas de alusiones a sus «Buhlschaften». «Quod futuas, non improbo», le escribía des­de Bamberg su amigo el canónigo Lorenzo Beheim, y hasta cierto punto estaba orgu­lloso de que la «favorita» fuera su propia hermana, casada con un tal Porst, y casi no hay carta de Beheim en que olvide saludar a la «Porstin». «Porstin tuam et meam», como la llama más de una vez. Es verdad que Beheim había estado en Roma con Alejandro VI «familiaris ac dapifer et commensalis continuus» y que César Borja lo había elegido entre sus manipuladores de «preparados químicos» y que, por consi­guiente, no era hombre para hilar demasia­do delgado en fruslerías de este género. Pero también Pirckheimer sostenía corres­pondencia con él en el mismo tono y se in­formaba de sus desdichas cada vez que el amigo se buscaba alguna complicación o se debatía para salvarse de alguna reclamación de alimentos para algún niño venido al mundo no por su voluntad, sino «por volun­tad de Dios». Pirckheimer había estado cinco años en Italia, y Beheim más de veinte; y en este aspecto, es como si, juntamente con la «humanitas», el arte y el comercio, un soplo del cálido y excitante viento del Sur hubiera llegado a las riberas del Pegnitz, en la ciudad de San Sebaldo. Pero a la som­bra del severo «Burg», ceñido por sus ma­cizas murallas coronadas de torres, desde San Sebaldo a San Lorenzo, la vieja Nuremberg es toda ella un documento de un goticismo que ningún soplo de Renacimiento podía disipar; e incluso el «poderoso» Pirck­heimer, que tuvo seis hermanas y tres hijas monjas, no podía sustraerse a su influjo, y entre el cumplimiento de una embajada di­fícil y la compra de un bello libro o de una hermosa alhaja; entre la buena mesa y las bellas mujeres, por la noche soñaba en el infierno y luego se pasaba el día inter­pretando el sueño según los estudios de autores sacros y profanos, antiguos y mo­dernos, o bien — entre una y otra búsqueda de una buena tintura para el cabello — me­ditaba sobre las contradicciones del Géne­sis (v.) que hace «estallar la luz» en el primer día de la creación, mientras no hace «surgir el sol» hasta tres días más tarde; o bien, apoyándose en la doctrina del amigo Beheim, defendía contra Pico la base cientí­fica de la astrología.

Así, «in aedibus Pirckhaimeri», en la bella casa hospitalaria de la Plaza del Mercado, adornada con las imá­genes de Apolo y de las nueve musas, el Norte y el Sur, el Medievo y el humanismo, el espíritu del Renacimiento y el de la in­minente Reforma se encontraban, equilibrándose en el amor a las artes y las letras. Es el mundo de Durero. Y es natural que el puesto de honor del epistolario — por lo menos en este primer volumen que llega hasta el año 1505 — corresponda precisamen­te al grupo de cartas que Durero escribió a Pirckheimer desde Venecia, desde enero hasta octubre de 1506. Son diez cartas, es­critas en un alemán entreverado de pala­bras y frases italianas, que por la vivacidad de su colorido y lo inmediato de su tono, tienen, en ciertos momentos, un relieve digno del lenguaje de Cellini. Se ve al pin­tor moverse, con su barba en punta, en medio del mundo alegre, chismoso pero fer­viente, de obras de artistas venecianos de la época: era un extraño «ospite nordico», y aunque Sambelling (Giovanni Bellini) «muy viejo pero todavía el mejor en el arte de pintar» le «alababa delante de muchos gentiles hombres», no faltaban incompren­siones y críticas. Pero se siente en estas cartas el estado de euforia propio de los artistas en los momentos de intenso desarro­llo y de plenitud creativa; y, para inducirle a volver a la patria, Pirckheimer tuvo que amenazarle con «poner una lavativa» a su mujer — éste era el tono de la correspon­dencia entre los dos amigos —. Por fin se decidió, pero ¡ «qué hielo» era aquel a cuyo encuentro iba después de «tanto sol»! «O wie wird mir nach der Sunne frieren!». Wólfflin ha afirmado que la exclamación no debe entenderse como expresión de un sen­timiento personal, sino como un «lugar co­mún» que se halla en otros escritores de la época, como, por ejemplo, Hans Sachs. Pero los «lugares comunes» no tienen esta evi­dencia de imagen, este concentrado pathos y este acento tan lírico. El hecho de que otros hayan repetido esta frase indica únicamente que ésta, además de expresar el sentimiento personal del gran pintor, responde también al sentimiento de toda una generación, como siempre acontece con la palabra que es una vibración de poesía.

Y las cartas de estos cuatro volúmenes lo demuestran. En torno a los cuatro personajes principales están casi un millar de humanistas grandes y pe­queños, y los «adeptos del humanismo» de quienes se^ incluyen cartas o a quienes se hace alusión en los comentarios — ejempla­res por la riqueza de su información y por su precisión — que los doctísimos editores les han añadido; y, en relación con Italia, se presentan todos, o casi todos, en esta misma actitud. Directa o indirectamente, se forman en la «experiencia italiana»; pero, una vez formados — aunque no griten toda­vía el «Los von Rom» de Hutten y Lutero — se sienten distintos; y afirman con mayor o menor fuerza su propia individualidad; pero la separación no es nunca total: van por su camino, pero no logran sofocar por en­tero la queja: «O wie wird mir nach der Sunne frieren!».

G. Gabetti