Canto Nocturno de un Pastor Errante de Asia, Giacomo Leopardi

[Canto notturno di un pastore errante dell’Asia]. Poema de Giacomo Leopardi (1798-1837), terminado en abril de 1830 y publicado en la edición de los Cantos (v.) de 1831. «Les Kirkis (nación nómada, en el Norte de Asia central) ont aussi des chants historiques (no escritos) qui rappellent les hauts faits de leurs héros; mais ceux-lá ne sont récités que par des chanteurs de profession, et M. de Meyendorff (barón, viajero ruso, autor de un Voy age d’Orenbourg á Boukhara, fait en 1820, París, 1926, del que se sacan estas noticias) eut le regret de ne pouvoir en entendre un seul (ib., septemb. p. 518). Plusieurs d’entre eux — d’entre les Kir­kis— (dice M. de Meyendorff, ib.) passent la nuit assis sur une pierre á regarder la lune, et á improviser des paroles assez tris­tes sur des airs qui ne le sont pas moins». (Zibaldone, v., 3 oct. del 28). Último y divino pastor de la Arcadia, Giacomo Leopar­di dispersó las formas elegiacas en las que se cantaba el dolor por pequeños casos de erotismo (¡crueles estrellas si Filis o Nerina se tornaban esquivas!) y dio a su in­térprete, el pastor errante, una profundidad nueva de elegía y de tragedia, en relación al problema mismo del vivir humano y del vivir cósmico. Leopardi necesitó situar a su personaje en un espacio muy vago, don­de los vínculos de la sociedad europea y de la historia no salieran con un inicial con­traste, mostrando el albedrío de un pastor que razona con sutil sabiduría de antiguo y de eterno dolor. También necesitó alejar en el tiempo, si no al pastor, sí su doctri­na, que aquí se percibe como una sabidu­ría no escrita, como un canto transmitido de siglo en siglo y repetido, en la unidad del tema, con diversas interpretaciones por los nuevos aedos, en el silencio de la no­che.

De esta manera Leopardi pudo ordenar a su héroe seguir — en este vago espacio y vago tiempo — la muy difícil moral de Bruto Menor; le pudo ordenar que cantara el dolor de la existencia, el aburrimiento del vivir, sin haber tenido el pastor, por su experiencia, como él mismo declara, «hasta ahora razón de llanto»; en suma, sin haber experimentado ni la trágica des­ilusión de Bruto, ni la cruel infelicidad del poeta, al que no fue concedida siquie­ra la juventud, única flor de esta vida ári­da. ¡Pero el hecho es que el pastor en su declaración se acuerda de una polémica leopardiana! En conjunto las palabras re­suenan en aquel espacio y tiempo lejanos, como el recuerdo alado de un tema inven­tado en un principio, en tonos más senci­llos, por un poeta religioso del más solita­rio pasado; cuando el habla humana estaba más cerca del idioma de las cosas terrestres y de las estrellas, pues el hombre aún no se había alejado del estado primitivo para alcanzar una forma más alta de sentir y de pensar, en que lo antiguo es tan sólo una nocturna y astral memoria. Y también aquí, al igual que en el Bruto Menor (v.), y con mayor intensidad, el paisaje se forma de las palabras del monólogo pronunciado bajo el cielo en que flota la luna. [Traduc­ción de Diego Navarro, en Cantos (Barce­lona, 1951)]

F. Flora

A mí me parece que, en el Canto de un pastor errante de Asia, alcanzó la cumbre de la posible perfección. (Giordani)