Cantar de Guillermo

[Chanson de Willelmej. Cantar de gesta francés del si­glo XII en series de versos decasílabos asonantados. Desarrolla el mismo tema que el Cantar de Aliscans (v. Aliscans) y, en su primera parte, el de Voto de Vivien (v.), pero es más antiguo que estos dos. El rey pagano Deramed, llegado de Córdoba a Francia, amenaza el reino de Ludovico y devasta la llanura del Archamp. Teobaldo de Bourges y Vivien, sobrino de Guillermo de Orange (v.), con pocos caballeros se enfrentan con el grueso del ejército sarra­ceno. Pero el esfuerzo que soportan es des­medido y las cosas van mal para los cris­tianos. Vivien necesitaría la ayuda de su tío, pero éste está lejos, ignorando el peli­gro que corren. En el último instante Vivien envía a Guillermo el joven Girart, su primo, quien agotado por el cansancio, el hambre y la sed avanza con dificultades. Pero llega. Y Guillermo acude con treinta mil hombres. Ya es tarde. Vivien muere en sus brazos; también Guillermo es ven­cido y vuelve junto a su esposa Guiburc, llevando sobre el caballo a otro sobrino muerto.

La orgullosa Guiburc reúne otro ejército que también será derrotado. Todos los familiares de Guillermo han muerto y cuando él vuelve solo y vencido, casi fugi­tivo, a las puertas de Orange, Guiburc dúda en reconocerle. Al fin le acoge derrotado, envilecido, decidido a hacerse ermitaño, y le aconseja que pida ayuda al rey de Fran­cia en Laon. Con dificultades consigue un ejército, indignado del desprecio con que le tratan, y por tercera vez combate, ahora victoriosamente, ayudado por el gigante Rainoart, cuyas empresas ocupan buena par­te de la segunda mitad del poema. La obra aunque no tenga la nobleza del Cantar de Roldan (v.) y resulte ruda y sin adornos, ofrece con su arte primitivo, pero libre y espontáneo, escenas de una fuerza patética que revelan el soplo épico. Los personajes, como a menudo sucede en los más antiguos cantares de gesta, están agitados por pasiones extremas: alegría y dolor, airado entusiasmo, sin matices ni medias tintas. Así, Vivien, que no puede aguantar solo la batalla, invoca la ayuda divina con desolada angustia y muere lue­go vencido y desesperado, sin saberse ele­var a la tranquila resignación cristiana que revelan los caballeros del Cantar de Roldán (v.).

C. Cremonesi