Cancionero de Juan del Encina

La más antigua edición conocida del Can­cionero de Juan del Encina (1468-1529), mú­sico y poeta, es la de Salamanca de 1496, cuya portada reza simplemente Cancionero de las obras / de Juan del Encina, y ha sido reimpresa en facsímil por la Real Academia de la Lengua Española (1928), con prólogo de Emilio Cotarelo. Este Can­cionero obtuvo mucho éxito, puesto que se conocen seis ediciones más, impresas desde 1501 a 1516, en Sevilla, Burgos, Salamanca y Zaragoza. En este Cancionero, que no reúne la obra íntegra de Juan del Encina, se dan cita las corrientes poéticas de su tiempo, ya en arte menor, ya en versos dodecasílabos a la manera de Juan de Mena, como su Triunfo de la fama, escrito para celebrar la rendición de Granada o la Tra­gedia trovada a la dolorosa muerte del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Cató­licos. A otro género pertenece su Triunfo del Amor, no muy feliz imitación de Pe­trarca. Mucho más agradables son sus poemitas cortos —villancicos, glosas y roman­ces— para los que estaba muy dotado, ya que además fue un excelente músico. En el conocido Cancionero musical de Pala­cio podrá encontrar el lector abundantes muestras de esta poesía cantable con su música correspondiente. Según los espe­cialistas, esta música se aparta de la mú­sica europea contemporánea y se acerca a los ritmos de la música tradicional y po­pular española.

Al tipo tradicional perte­necen también los mejores poemitas de Juan del Encina, como los bellísimos que principian «Ojos gargos, ha la niña», «No te tardes, que me muere», «Tan buen ganadico», «Montesina era la garza», etc., etc. Algunos de estos bellos poemitas se hicieron muy populares en el siglo XVI. El Cancio­nero contiene también las famosas Églogas, piezas dramáticas representadas en casas de nobles y grandes señores. De sencilla tra­ma, con diálogo ágil y a veces popular (en algunos casos utiliza formas rústicas, el lla­mado dialecto sayagués), estas Églogas mar­can un avance decisivo en la historia del teatro español, hasta entonces sólo reli­gioso, puesto que se da en ellas el paso de lo medieval a lo renacentista. Por esta causa los críticos las dividen en dos gru­pos, atendiendo precisamente a su conte­nido ideológico y a su estructura formal. A la primera manera pertenecen el Auto del Repelón (1509), en el que dos pastores — iernicuerto y Juan Paramás— cuentan las pesadas bromas que les gastaron unos estudiantes; las dos églogas de la noche de Antruejo, en las que dramatiza el tema de don Carnal y doña Cuaresma, y la égloga de Mingo, Gil y Pascuala, esbozo de co­media sobre la vida campesina y la corte­sana. Todas estas églogas terminan con un villancico, menos la última, al cual se le ha añadido antes un baile. Ofrecen más inte­rés las obras de tipo renacentista, de mayor complejidad dramática y de más densidad ideológica. Muestra ya Encina haber leído comedias italianas, como las de Tebaldeo, por ejemplo, y obras de tan poderosa atrac­ción como la Cárcel de amor y La Celesti­na. La égloga de Fileno, Zambardo y Cardoncio, derivada de la Fileno, de Tebaldeo, dramatiza las penas de Fileno, despreciada por Cefira. Como en las novelas de su tiem­po, Fileno se suicida. En cambio, en la de Plácida y Vitoriano, es Plácida la que se mata, aunque Venus, invocada por Vito­riano, le devuelve la vida. Es la más bella de estas piezas dramáticas, con estudio de­licioso de los personajes y un diálogo hábil y rápido.

En la última égloga, la de Cristi- no y Fabea, es protagonista nada menos que un ermitaño — Cristino — a quien Amor hace ahorcar los hábitos tentándole con la hermosura de la ninfa Febea. Como se puede observar, la ideología de estas tres piezas, con sus suicidios y el triunfo de la pasión amorosa, se acerca más a la corrien­te renacentista que al teatro de los miste­rios y moralidades. Por otra parte, el diá­logo se ha hecho mucho más ágil y rápi­do, suponiendo también un considerable avance el pequeño, pero fino, estudio de los caracteres, en los que predomina, como es lógico, la pasión del amor con toda su ti­ranía. Por eso, como Melibes, Plácida tam­bién se suicidará después de decir: «¡Oh Cupido, dios de amor!, / recibe mis sacri­ficios, J mis primicias de dolor, / pues me diste tal señor / que desprecio mis servi­cios. / Ve, mi alma, / donde Amor me da por palma / la muerte por beneficios». Fi­nalmente, el Cancionero contiene también unas versiones de las Églogas de Virgilio, y un breve y muy interesante tratado de Arte poética castellana.

J. M. Blecua