Baladas de Droste-Hülshoff

[Bailaden]. Fueron publicadas por la poetisa Annette von Droste-Hülshoff (1797-1848) en sus tomos de poesías de 1838 y de 1844. Dieciocho de ellas están reunidas formando grupo, al paso que otras se incluyen entre las poesías líricas. Se diferencian de las baladas románticas no sólo por una forma me­nos popular y más individual y lírica, sino también por los temas que no se limitan de manera exclusiva a la Edad Media. Alguna es de tema exótico y moderno. «El Talión» [«Die Vergeltung»] cuenta el caso de un pasajero clandestino de una nave pirata que naufraga. Para salvarse se apodera de una viga que ostenta la marca «Batavia 510» arrojando de ella al agua a un enfer­mo que la ocupaba. Pasados tres meses los restos de la nave llegan a tierra y con ellos se levanta una horca, de la que cuelgan como pirata al pasajero, que no pudo pro­bar su inocencia. Cuando estaba en la horca echó una última mirada al cielo y pudo leer en la viga las palabras «Batavia 510».

«El gris» [«Der Graue»] presenta una escena en un viejo castillo transformado en «Moulin á papier» por un comerciante de Bruselas. Se celebra un festín con unos huéspedes; el rubio Waller, después de la fiesta, lee Ivanhoe para adormecerse, pero ve un fantasma gris, dispara y se desmaya. A la mañana siguiente le explican todo como una pesa­dilla; pero sus cabellos se han vuelto gri­ses. Las baladas de argumento medieval tratan preferentemente leyendas de la no­bleza westfaliana; tal «La señorita de Rodenschild» que ve a su propio fantasma avanzar, lámpara en mano, por medio de la servidumbre colocada en dos filas, entrar en el salón del castillo, dirigirse a la es­tancia del archivo, hasta que por fin se halla frente a ella: sus manos se tocan y el fantasma desaparece; la señorita se vuelve loca. Anólogo es «El Purgatorio de la no­bleza westfaliana» [«Das Fegefeuer des westphálischen Adels»]. En el Luttenberg tiene lugar la reunión de los fantasmas de los nobles; llega un joven que reconoce a muchos muertos. «Siete, siete», oye decir por el aire, «¡siete semanas!». Vuelve a casa envejecido, irreconocible; pasa los días re­zando solitario y al cabo de siete semanas se mata. «El duende del castillo» [«Der Schlosself»]: una leyenda dice que cada nacimiento de primogénito en un cierto castillo irá acompañado con la aparición de un duende. Una tarde, un piadoso cam­pesino vio al duende, comprendió que un nuevo señor acababa de nacer en el castillo, y rogó por él. La trama, desnuda, es bastante exigua: toda la balada es una serie de impresiones de paisaje y de estados de ánimo. Se trata de una verdadera narra­ción; pero más que en la insistencia de los momentos particulares del cuento, la ten­sión dramática de la poesía reside en el crecimiento gradual de la intensidad de un estado de ánimo.

De los dos elementos épico y lírico —, que tradicionalmente suelen componer las baladas, aquí al ele­mento lírico debe la poesía su fuerza expre­siva cuando en el comienzo de la composi­ción el sentimiento de la autora se difunde creando dentro de sí la visión efusivosugestiva del paisaje y suscitando en torno a esta visión una atmósfera de encanto, suave e incierta — como en el «Fundador del lina­je» [«Der Fundator»], en «Doble vista» [«Vorgeschichte» — Second sight»], en «Maese Gerardo de Colonia» [«Meister Gerhard von Kóln»] —; o bien cuando, en el desarrollo de la acción, se crean situa­ciones sobre las que la fantasía de la poe­tisa insiste obsesionada hasta la alucina­ción. En la «Muerte del arzobispo Engelberto de Colonia» [«Der Tod des Erzbischofs Engelbert von Koln»], cuando se rea­liza el asalto traidor, en el bosque, al pre­lado que cabalga sereno soñando en la selva de agujas de su hermosa catedral, la escena está retratada con pinceladas rápidas, im­petuosas, con un lenguaje tan emocionado y adecuado al acontecimiento, que casi cor­ta la respiración del lector. En el «Silbido del buitre» [«Der Geierpfiff»] la visión de la muchacha que, alegre, da vueltas por el bosque y desciende sin sospechas a la cue­va donde está escondido el bandido feroz y, tendiéndose en el suelo, inocente, deshace sus largas trenzas negras, se suelta el do­ble cierre del busto, para reposar, es, con sus tintas lívidas, no menos fabulosa que la aparición del duende, en el «Duende del castillo», cuando el campesino en oración lo ve pasar como un relámpago y sumergirse como una llama azul, en las aguas del estanque.

En «Segunda vista» la evo­cación de los «pálidos de la llanura, con blondos cabellos de lino y con los ojos tan claros como los reflejos de las ondas en las orillas del estanque», crea de pronto, desde sus comienzos, un mundo encantado, real- irreal en torno al cansado barón que tiene un blasón tan glorioso y un hijo pequeño tan delicado que, bajo el hechizo de la luz lunar, asiste a su propia sepultura solem­ne; encantada es en «Maese Gerardo de Colonia» la tiniebla nocturna bajo las altas arcadas góticas de la catedral incompleta, cuando el fantasma inquieto del arquitecto aparece «envuelto en niebla, con una ca­pucha gris, un manto gris, y el gris embozo en torno a su gris cuello» y andará compás en mano de pilastra en pilastra hasta el portal del órgano, sin paz. Por estos — y otros momentos análogos — están com­puestas las baladas, más aun que por la trama de la acción; y el arte de la Droste se nos presenta con los mismos caracteres que en las poesías líricas: con el mismo ímpetu de lo profundo y con la misma sen­sibilidad capilar con que hace suya la ima­gen, con el mismo efusivo abandono y con las mismas maneras, casi impresionistas, pictóricas. Y se comprende, por eso, que la verdadera y gran poesía se alcanza preci­samente cuando en la inspiración van tam­bién implícitos todos los elementos narra­tivos, resolviéndolos en una situación única, representada con poder visionario. Son tres baladas las que, precisamente por este carácter, en la colección de las Poesías (v.), entraron a formar parte del grupo «Heidebilder»: el «Fuego de los pastores» [«Das Hirtenfeuer» ], «El hombre de la llanura» [«Der Heidemann»], el «Muchacho en el pantano» [«Der Knabe im Moor»]. Y en las tres, la poesía de la llanura westfaliana se nos presenta, unas veces, rojo oscuro de brezos, otras veces, negra de turbas, o pan­tanosa; esa llanura en que transcurrió gran parte de la vida de la Droste, entre los monótonos encantos de la soledad o las excitaciones de la imaginación.

En el «Fue­go de los pastores» es como si surgiera de la tierra, «antigua madre», una oleada de intacta sangre pagana que refluye en las venas de los muchachos semidesnudos que bromean y juegan en torno al «fuego de la alegría», que crepita en el corazón de la noche; y, cuando el más fuerte de ellos, descalzo y hermoso, tiende su brazo en las tinieblas, hacia un fuego espectral, que de improviso se ha encendido en lontananza, en mitad del dique, y, al mismo tiempo, una misteriosa canción de atrayentes espíritus invisibles se difunde en torno, la visión de la realidad y la aparición fantástica se fun­den verdaderamente en la magia de una vida única. En «El hombre de la llanura», la voz materna que, mientras la noche des­ciende poco a poco, invita a los alocados niños inocentes a no «alejarse demasiado» y después a no «tenderse más en la hierba» y después a «quedarse cerca de casa» y luego «a no salir del patio» y en fin «a encerrarse todos en casa» precipitadamente, «porque el hombre de la llanura va a lle­gar», «el hombre de la llanura está a la vis­ta y ya crece, y surge; ya avanzan sus pesados pasos», inmenso e incierto, entre jirones de niebla y un resplandor de luces errantes, crea en torno al fantasma gi­gantesco una atmósfera obsesionada y alucíente, de modo que resulta una li­beración, cuando, al fin, el fantasma se precisa con todos sus rasgos, allá abajo, en la duna, se incendia, arde, se abrasa en las llamas y se disuelve, expandiendo una penetrante luz de incendio en torno a sí, sobre las tierras y las aguas, hasta el lejano norte donde la línea del horizonte esplende en transparencias rojas como una serpiente de lava.

Y en el «Muchacho de los pantanos», en fin, hay toda una multitud de fantasmas que se suceden en fulminantes apariciones en la llanura donde «se elevan los vapores retorciéndose como fantasmas, y surtidores de agua que brotan bajo los pies a cada paso, y donde en cada grieta del terreno parecen oírse murmullos y can­tos»; enloquecido de miedo, corre el mu­chacho por la llanura, casi sin aliento, de­sesperadamente; y he aquí que, dentro de la maleza, en el temblor de un macizo de fronda, el criado infiel que robó la me­jor turba a su dueño; allá entre los tallos, altos como lanzas de un cañizal, la «Spinnlenore» — Leonor la hilandera — que conti­núa haciendo girar día y noche su devana­dera; pero en ningún lugar de la llanura hay paz; apagadas melodías se oyen surgir del suelo misteriosamente: es el violinista infiel que toca — tras haber sido ladrón aun en las bodas, y ahora grita e implora con voz lamentosa: —«¡Oh! ¡Oh! Pobre alma mía». En verdad —según dice el tex­to— «¡es cosa que da miedo, la llanura!». Pasa por la poesía, el estremecimiento de terror y de reverencia que hace presa en el hombre cuando éste se siente poseído por las arcanas fuerzas de la naturaleza. Des­pués de medio siglo, con un acento más suave y efusivo, femenino, revive en la llanura de Westfalia la inspiración cós­mica que dictó la balada del Rey de los duendes al joven Goethe.

V. M. Villa