Autobiografía de Edward of Cherbury

[Autobiography]. Impresa por primera vez por Horace Walpole en 1764 (edición crítica de Sidney Lee, 1886), la autobiogra­fía de lord Herbert Edward of Cherbury (1582-1678), típico representante de la edad de Shakespeare y de Milton, guerrero, diplomático, políglota y a un tiempo ver­sátil inventor, filósofo y escritor, abraza sólo los cuarenta primeros años de su vida aventurera. Aunque la característica prin­cipal de la narración es una vanidad infan­til, que le hace presentarse como protago­nista de innumerables aventuras, su fran­queza, su rectitud, su fidelidad a los prin­cipios del honor y su conducta en las va­riadas misiones que desempeñó, dan a este escrito una fisonomía animada, por el con­traste entre un temperamento vivo y el imperio de la razón. Dotado desde la infan­cia de facultades investigadoras y críticas, una de las primeras preguntas que hizo a su preceptor se refiere al azar que le trajo a la vida; y del hecho de no haber sufrido al nacer, infiere que Dios no permitirá que sufra al morir. A los quince años se casó con una pariente suya; este matrimonio le dio ardor para estudiar juntos las lenguas, las artes, las ciencias, la moral, la medici­na y la teología; pero le procuró de la rei­na Isabel, a quien fue presentado a los diecisiete años, un pellizco en la mejilla, con la frase galante: «¡Lástima que os ha­yáis casado tan joven!».

Sigue un largo viaje por Italia; en Murano, le produjo una gran impresión la vista de una religiosa de rara belleza, que cantaba con voz admira­ble y que era considerada como una mara­villa de su tiempo. Más tarde, negoció en Francia el tratado para el matrimonio de Enriqueta, hija de Enrique IV y de María de Médicis, con el príncipe de Gales, el fu­turo Carlos I. Pero un jesuita, el padre Seguirán, confesor del rey y predicador de la Corte, logró hacerlo reclamar de Ingla­terra. Herbert tornó, pues, a su país, no sin haber dado antes la última mano a su tra­tado De la Verdad (v.) con la aprobación de Tilenus y de Grocio, y sobre todo des­pués que el cielo — así lo creía — en res­puesta a sus ardientes plegarias le hubo ex­presado la conformidad sobre la oportuni­dad de la publicación. Abundan en la Autobiografía, las anécdotas picantes, inte­resantes y curiosas cuya exactitud es, sin embargo, bastante dudosa. Lo que dice res­pecto a sus amigos literatos y respecto a su madre es incompleto; la cronología es a veces contradictoria; se hace poco favor a sí mismo al no mencionar apenas sus estu­dios más serios, que son los que le han asignado un puesto en la historia de la Filosofía y de la poesía inglesas. Es sin embargo muy interesante la larga digresión que hace al comienzo de sus memorias, so­bre la educación. Recomienda un año de estudio de la Filosofía y seis meses de es­tudios de Lógica, persuadido de que «un hombre nunca tiene bastante de las dos cosas». Elogia la botánica como un bello estudio, digno de un gentilhombre, y hace observaciones sensatas sobre la educación moral y física. En su complejidad, no sólo es un libro curioso y divertido, sino tam­bién de particular interés histórico como retrato de las costumbres y de las condicio­nes de la Inglaterra del siglo XVII.

G. Pioli