Atanasio Diacos, Aristóteles Valaoritis

Pequeño poema dramático del neogriego Aristóteles Valaoritis (1824-1879), publicado en 1867. El protagonista es un personaje his­tórico, el clefta Atanasio Diacos, que el 23 de abril de 1821, con un puñado de valien­tes, sostuvo una lucha desigual en el lugar de las antiguas Termopilas, contra los albaneses de Omer Vrionis, mercenarios de los turcos; desbordado por la gran cantidad de enemigos, fue capturado vivo y muer­to entre atroces tormentos, por negarse a renegar de su fe. Héroe y mártir de los más esclarecidos de la naciente libertad griega, Atanasio Diacos (esto es, Diácono), ofreció materia para un notable canto po­pular. En este canto se inspira Valaoritis para su obra, que intenta, por así decirlo, dar vida a una épica cléftica, a una epo­peya nacional de la independencia griega. En los cantos cleftas se había ya inspira­do el poeta en su Doña Frosini (v.) donde, en razón del contraste y por amor de la variedad, figura episódicamente la valiente figura del viejo clefta Drakos, que conduci­do a presencia del Alí Pachá, fue muerto en el tormento.

En el Atanasio Diacos, que es en ocho años posterior, 1867, es funda­mental la inspiración patriótica y prevale­ce sobre la romántica. Lo tenue del tema, que sustancialmente se reduce a los últimos días de la vida de Atanasio Diacos, no se prestaba para una composición de largos alcances, y no sin esfuerzo logró prolongar el poeta su narración a través de seis can­tos. El poema comienza en la «vigilia», la tarde que precedió a la batalla. El héroe, reza, disponiéndose al sacrificio supremo, antes de dormir. Al alba, está Diacos re­unido con dos de sus fieles, a cuya tropa se ha confiado para recibir el primer cho­que con el enemigo. Así comienza la jor­nada del 23 de abril, fiesta de San Jorge, y Diacos despliega al viento su estandarte, donde sobre fondo blanco campea la ima­gen del santo, en el momento de vencer al dragón. Rotas las primeras resistencias, avanza el enemigo. Tres horas aguantan los valientes los embates de los albaneses. Reducidos los helenos a diez, se hacen fuer­tes en la iglesia de un monasterio vecino. Diacos es el único que sobrevive. Abrumado y desarmado, es capturado vivo. Los tres cantos siguientes están dedicados al marti­rio del héroe. Llevado prisionero a Livadia, se le aparecen en sueños los héroes y mártires de la libertad griega, y uno de ellos, su obispo Isaías, que lleva en el cuello la marca del hierro que le ha decapitado, le lleva con él a lo más alto del cielo, desde donde conmovido contempla tendida en sus siete colinas a la reina del Bosforo, a la Polis que un día será redimida, y asiste al sacrificio del venerado patriarca Gregorio, ahorcado por los turcos. Al día siguiente, es conducido Diacos ante Omer Vrionis, que desearía salvarlo, porque fue su antiguo compañero de armas en la corte de Alí, y que quizá también alienta el sueño de una Albania independiente, como la Grecia, del yugo turco. Pero como Diacos se niega a la apostasía de su fe, es condenado a la ho­guera.

Termina la escena con un prodigio: el anillo de oro del clefta que llevaba el signo imperial del águila bicéfala, con la cruz y la espada, vuela al cielo. A pesar de tales y de otros ingredientes sacados del arsenal romántico, en busca de un «horror» que poéticamente la obra no alcanza, y a pesar de la excesiva elocuencia de los per­sonajes, la obra tiene trozos de alta y con­movedora poesía, especialmente en la ple­garia de Diacos, en la descripción de la batalla y en el cuadro de la visión.

B. Lavagnini