Asesinato en la Catedral, Thomas Stearns Eliot

[Mur­der in the Cathedral]. Drama religioso en dos partes y un intermedio sobre el marti­rio de Santo Tomás de Canterbury, obra del escritor nacionalizado inglés Thomas Stearns Eliot (n. en 1888 en San Luis, Missouri), publicado en 1935. En el prólogo a la edi­ción castellana el mismo autor explica la génesis del poema: en 1934, «Los Amigos de la Catedral de Canterbury» le invitaron a que escribiera algo para sus festivales anuales. Eliot escogió un tema universal­mente conocido en Inglaterra: el martirio de Santo Tomás Becket, arzobispo de Can­terbury, suceso que había convertido este lugar en una meta de peregrinaciones du­rante la Edad Media. Asegurado de esta manera el interés general por el contenido del drama, trazó el autor un esquema muy sobrio del poema, construyendo — en cuan­to a la arquitectura dramática— una es­pecie de tragedia al modo griego.

En él las mujeres de Canterbury asumen el papel de Coro, es decir, de espectador neutral e in­genuo, llevadas sólo por su fervor religio­so y por su amor al Arzobispo. Elliot, gran conocedor además, de la poesía clásica y medieval, hace una reconstrucción de la lengua y de la métrica del tiempo en que transcurre el drama. De este modo consi­gue evitar, tratándose de un drama histó­rico, la influencia de Shakespeare que ab­sorbe todo el teatro inglés. La acción em­pieza el día 2 de diciembre de 1170, con la aparición del Coro de mujeres de Canter­bury, que un vago presagio conduce junto a los muros de la catedral; se quejan de los malos tiempos, de la ausencia del Arzo­bispo, a quien hace ya siete años Enrique II desterró a Francia por haber defendido los derechos de la Iglesia frente a la opresión real. Junto con las mujeres, los sacerdotes de la catedral expresan también su dolor y su aflicción. Entra un mensajero anuncian­do la llegada del Arzobispo: a pesar de no tener garantías del rey, Tomás ha decidido volver a su sede episcopal. Es recibido con júbilo por las gentes, pero también con te­mor. El Coro de mujeres insiste en que vuelva a Francia: «¡Oh, Tomás, Arzobispo, deja, déjanos pronto; / deja el áspero Do­ver y embarca para Francia! / ¡Oh, Tomás, Arzobispo, siempre nuestro Arzobispo, / por más que en Francia apoyes de tu bácu­lo el peso; / deja, déjanos pronto, iza la blanca vela / entre el gris firmamento y el mar amargo y duro! / ¡Oh, Tomás, Arzo­bispo, embarca para Francia…!». Tras la aparición de Tomás, que bendice y saluda a su pueblo, entran los Cuatro Tentadores, que proponen al santo cuatro caminos a se­guir para librarse de la muerte: volver a la antigua vida de la corte, humillarse ante el rey y ser de nuevo canciller del reino, conjurarse políticamente contra él y — la tentación más sutil— enorgullecerse de su martirio, que es inevitable por haber des­oído las otras tres tentaciones.

Le dice el último Tentador: «Tú tienes la madeja; de­vana, ¡oh Tomás!, / el hilo de la muerte y de la vida eterna… / …el santo y el mártir desde la tumba reinan». Pero el Ar­zobispo rechaza a los Cuatro Tentadores. El Coro de mujeres y los sacerdotes prorrum­pen en amargas y dolientes exclamaciones porque ven ya inminente la muerte del santo. Unos días después de su llegada, el día de Navidad, Tomás predica a los fieles de la catedral. Les habla del nacimiento de Cristo (el único momento del año litúrgico que en la misa se celebra el nacimiento y la muerte de Cristo a la vez), de la paz que Él nos trajo, del martirio de San Este­ban (con lo que da contestación a la última tentación: un mártir lo es siempre por vo­luntad de Dios, no por la suya propia, pues la ha perdido en Dios). Finalmente les dice que pronto tendrán otro mártir en su dió­cesis. Se sabe ciertamente que Tomás pre­dicó cuatro días antes de su martirio en la Catedral de Canterbury, pero su sermón no se ha conservado. Por ello Eliot ha imitado el estilo de los predicadores ingleses del si­glo XVI. Cuatro días después, el 29 de di­ciembre, se personan en el palacio episco­pal Cuatro Caballeros que acusan a Tomás y le ordenan en nombre de Enrique que abandone Inglaterra. Tomás se niega a doblegarse a la orden del rey. Los Caballeros salen a buscar sus armas. En este momento el Coro estalla en lamentaciones —uno de los mejores momentos de la obra—: «He percibido el olor de los heraldos de la muer­te». A la hora de vísperas, en la catedral, los sacerdotes quieren atrancar las puertas, pero el Arzobispo ordena que las dejen abiertas. Entran los Cuatro Caballeros me­dio borrachos y de nuevo acusan a Tomás de traidor. El santo hace confesión general y se arrodilla ante el altar. Allí le asesinan los Caballeros. El Coro de mujeres prorrum­pe en un grito de dolor: «¡Lavad el aire! ¡ Lavad el cielo y el viento! Las piedras quitad, una a una, y lavadlas / …Una llu­via de sangre ha cegado mis ojos».

Los Cuatro Caballeros intentan después justi­ficar su proceder ante el público: han co­metido el asesinato desinteresadamente por el bien político de Inglaterra, para conse­guir una mayor consolidación del poder real, consolidación de que todos los ingle­ses, incluso los que presencian el espec­táculo, se benefician. Por tanto ellos son tan culpables como los asesinos. El parlamento de los Cuatro Caballeros se convierte en una gran lección de moral política. Final­mente, el Coro de mujeres entona un him­no de dolor y de gozo a la vez («sólo en nuestros misterios cristianos podemos llo­rar y regocijarnos a la vez», dijo el Arzo­bispo en el sermón de Navidad) por la muerte y la gloria de su Arzobispo. Por su valor literario, su profundidad psicológica y su contenido religioso, Asesinato en la Catedral es el drama religioso más impor­tante del siglo XX.

A. Comas