Armida, Philippe Quinault

[Armide]. Tragedia lírica en cin­co actos y un prólogo de Philippe Quinault (1635-1688), puesta en música por Jean Baptiste Lully (1635-1687), estrenada en París en 1686. En el prólogo, la Gloria y la Cordura cantan a dúo las loanzas de Rei­naldo (v.), profetizando que éste, pese a los asaltos de la voluptuosidad, seguirá el camino del honor.

Al empezar la acción, en el campo de los Cruzados, al pie de Jerusalén, Armida ha subyugado a todos los guerreros, pero no a Reinaldo, con lo cual sufre no poco el orgullo de la maga. Con la ayuda de su tío Idrastes, rey de Damasco, y de las potencias infernales transformadas en ninfas, pastores y pastor- cillas, consigue apoderarse del héroe en una isla encantada. Pero ahora ella es quien cede al encanto del héroe: irresoluta entre el odio y el naciente amor hacia Reinaldo, que por fin ha cedido a sus encantos, recha­za una pasión que debe a las artes mágicas y no a su belleza. Ella pertenece ya a su «dulce vencedor». Hubaldo y el caballero danés, compañeros de Reinaldo, van en bus­ca de éste, que languidece en dulces ocios en la isla paradisíaca, y le muestran las ilusiones de las que es víctima, el engaño de sus sentidos. El héroe deplora su debi­lidad y emprende de nuevo el camino de la gloria. Con los lamentos de Armida aca­ba la tragedia; por voluntad suya la isla encantada se hunde en el mar. Quinault había empezado con tragicomedias y trage­dias: entre éstas, inspiradas por la pasión de la intriga novelesca y por la tierna vo­luptuosidad, es característica Astrato [Asúrate], representada en 1664, que tuvo gran­dísimo éxito y es recordada aún, gracias al divertido palo que le propinara Boileau.

El protagonista ama ardientemente a la reina de Tiro, Elisa, y cuando finalmente puede acudir a ella, se entera de que le ha mata­do a su padre, rey de Tiro, a dos hermanos y que sólo él ha escapado a la matanza. En torno al atroz caso, el más muelle abandono a la pasión del amor. Por ello naturalmente el autor había de acabar en el drama musi­cal, en cuanto se encontró con Lully y dar los primeros ensayos significativos de la «Grand-Opéra», francesa. Entre las cuales la más notable es esta Armida, donde la blandura del episodio de Tasso (v. la Jeru­salén libertada) se vuelve más tierna y florida; sobre el fondo fantástico se des­arrolla el drama con fácil lirismo, mejorado por la libre variedad del verso, admirable­mente apropiado para el canto.

A. Bruzzi

*    En la Armida, que es la penúltima ópe­ra de Lully, la «tragédie lyrique», basada únicamente en el recitativo florentino, trasplantado al alejandrino francés, pasa ya al «aria» con naturalidad, encontrando amplios desarrollos tanto en el aspecto vo­cal como en el instrumental. La reforma de Lully queda así plenamente realizada: el «aire de ballet» completa la forma estruc­turada, a su vez dividida en otras dos: pu­ramente coreográfica una (o de desarrollo limitado), y sinfónica la otra (o de des­arrollo completo). La obertura adquiere aquí su aspecto de unidad y definición, creando una forma que será adoptada por los sucesivos compositores. La importancia de la Armida de Lully queda, pues, deter­minada, no sólo por su valor intrínseco de ópera, sino por su concreto significado his­tórico.

El espíritu se mueve en un mundo irreal y voluptuoso. Es un avance de impresio­nismo, como las telas del Lorenés cuya at­mósfera luminosa fascinaba a Turner. (H. Pruniéres)

*    En 1688 apareció Armida o La Jerusalén libertada de Cario Pallavicino (1630-1688), fielmente calcada del poema de Tasso e informada por cierta austeridad en la cons­trucción musical que se aproxima al gusto de los maestros alemanes de la época. En el siglo siguiente se recuerdan la Armida de Nicoló Jommelli (1714-1744) represen­tada en Nápoles en 1771; la de Antón Sacchini (1730-1786), Milán, 1772, y de Johann Gottlieb Naumann (1741-1801), Padua, 1773, y la Armida de Antonio Salieri (1750-1825), la primera ópera seria del fecundo compo­sitor, que se representó en Viena en 1777.

*    El mismo año aparecía en París la Armi­da, penúltima ópera de Christoph Willibald Gluck (1714-1787). La ópera es notable; for­mada de cinco actos y un prólogo emplea el mismo texto de Quinault que, casi un si­glo antes, había servido para la música de Lully. Aunque no inferior en su carácter general al Orfeo (v.), la Armida no con­serva sin embargo su admirable fidelidad al ideal de redención del teatro lírico de las sobrestructuras heterogéneas acumuladas desde la decadencia. Conserva, sin embargo, una riqueza musical de fresca invención en algunas páginas, que no dejan de revelar los aspectos más felices del arte de Gluck. Sucesivamente aparecieron en espacio de pocos años, la Armida de Peter von Winter (1754-1825), representada en Munich en 1778; la Armida de Luigi Cherubini (1760-1842), una de sus primeras óperas, de tono más bien frío y académico, termi­nada en 1782; la Armida de Franz Joseph Haydn (1732-1890), drama heroico en tres actos, última ópera escrita por el gran com­positor alemán y aparecida en 1784; y la Armida de Gioacchino Rossini (1792-1868), representada en Nápoles en 1817, y que no es una de sus óperas más significativas.

E. Magni Dufflocq