Años y Leguas, Gabriel Miró

Obra del gran novelis­ta español Gabriel Miró (1879-1930), publi­cada en 1928. Como tantas narraciones de Miró, Años y leguas es una superposición de cuadros con los que el novelista coloca ante nuestros ojos unos retazos de su Le­vante natal.

Sólo ese imperceptible hilillo que es Sigüenza (personaje que oculta a Gabriel Miró) sirve para que cada ano de los cuadros pueda vincularse con el ante­rior y con el siguiente. Pero, si el recurso retórico que va ligando una página a otra es fácilmente quebradizo, la unidad se man­tiene inconmovible cuando Sigüenza nos hace vivir sus propias experiencias. Preci­samente por ser experiencias interiores —y aún más, íntimas — caen dentro de la anéc­dota, del necesario pretexto sin mayor tras­cendencia, cada uno de los hombres o de los pueblos que en el libro se alzan. La llegada, los casales blanqueados, el fúnebre lamento de la campana, las gentes sorpren­didas en su quehacer o en su dolor, el fluir del agua, no son otra cosa que excitantes de sensibilidad. Es Sigüenza lo único que allí cuenta, pero no tanto por lo que es, como por lo que nos lleva a descubrir. De ahí la doble valencia del personaje: tenue engarce a lo largo de todo el libro y pode­rosísima llamada que nos hace ver, oír, oler, alegrar o doler. El título es la llama expre­siva que va a caldear la obra: la historia espiritual de veinte años de la vida de Si­güenza y, en función de ella, la captación de unos paisajes nuevamente hallados.

Por eso encontramos una y otra vez dos planos enlazados en los que sería difícil discrimi­nar la historia vieja y la impresión recien­te; no se olvide el carácter autobiográfico de estas narraciones vividas y la inclina­ción — tantas veces reiterada— que Miró siente por remansarse en el recuerdo: Niño y grande, como su otro título, han de ser los dos polos entre los que se mueva toda la historia del vivir; un poco, siempre, el novelista como espectáculo de sí mismo. Todo el mundo que rodea a Sigüenza está filtrado a través de la lente poderosísima que son sus ojos: en ellos la violenta reac­ción del fogonazo o la suave caricia del crepúsculo. Técnicamente interesa mucho este procedimiento, porque al fijar el au­mento sobre cada una de las superficies que se nos acercan, podemos aislar en ellas, in­dependizados, todos los componentes. En­tonces la pincelada cobra vida en sí misma y ella — según manche el lienzo — nos per­mite conocer el espíritu del artista. El im­presionismo de Miró es patente en Años y leguas: es el ambiente lo que Sigüenza nos da y, fluido color en esa atmósfera, los ár­boles, los pueblos,’ los hombres, son única­mente la referencia cromática en el con­junto. Por eso muchas veces los elementos no son fácilmente separables («un hombrecito abrasado y enjuto, casi del todo vege­tal y mineral»), porque lo que al artista le interesa no es la piedra o el hombre, sino el conjunto que entre todos forman.

Así se explica esa aparente antinomia de un mun­do delicadísimo, de miniatura o de tabla primitiva (el escarabajo morosamente vis­to, el grano de uva con el hollejo roto de tan terso, la briznilla salvada del pie que pasa), y la tragedia reiterada o la repulsión consentida (seres cuya felicidad nunca se logra, bestezuelas martirizadas, horrores no perdonados). Y es que todo sirve para la gran arquitectura del cuadro; todo es ne­cesario para que nuestra impresión sea to­tal y verdadera. Desde la pincelada suelta, cargada ya de espíritu, hasta el paisaje ten­dido a los pies del Ifach. En ambos casos toda suerte de sensaciones da concreción a lo que sería únicamente aire impalpable o agua inasible y en ellas — sensaciones car­gadas de un denso vivir — encontramos, también, la voz unificadora de tanta im­presión captada y sometida por un estilo de escribir. Si el paisaje —las leguas— son la presencia actual de Sigüenza, los años son la historia de otro Sigüenza actualizado hoy. Para ello hay que volver a los dos planos y a la autobiografía. Más de una vez, el libro viene a soldar la realidad con el recuerdo y a ofrecer, en la fusión, la clave de todo un arte de narrar («porque sólo desde hacía veinte años comenzó este pai­saje a pasar y envejecer humanamente»); así, también, en el novelista: recuerdos guardados morosamente un día, cargados de poesía y de amadas voces regionales, al encontrarse en los campos de la mocedad.

M. Alvar