Años de Peregrinación de Wilhelm Mester o Los que renuncian, Wolfgang Goethe

[Wilhelm Meisters Wanderjahre, oder die Entsagenden]. Novela pedagógica de Wolfgang Goethe (1749-1832), destinada ya desde el año 1798 a continuar y acabar los Años de aprendizaje de Wilhelm Meister (v.). Sólo en 1807 comienza a tomar forma en la mente del maduro Wolfgang Goethe, luego es elaborada durante varios años y publi­cada en 1821 en una primera edición que debía representar sólo la primera parte. Al mismo tiempo y en polémica moralista con estos Años de peregrinación apareció una falsificación del párroco Pustkuchen (1793- 1834), contra la cual se lanzaron Tieck en su novela El noviazgo e Immermann en 1822 con una «Carnavalada». Ello sirvió para que Goethe reanudase el trabajo du­rante 1823-1824, pero sólo por breve tiempo; la estructura de la redacción actual data de 1825 a 1829 con algunos apéndices póstumos: «Meditaciones según la intención del caminante», «Del archivo de Macarías», la poesía «Testamento» y los tercetos que to­maron el nombre de «En la contemplación del cráneo de Schiller». La obra fue publi­cada así en tres volúmenes; en 1837 apa­reció sin añadiduras, cuidada por Eckermann, con la autorización de Goethe que aún estaba vivo. Sólo en los últimos años el autor trató de dar a la novela cierta unidad artística que nunca alcanzó sin em­bargo, pese a la belleza de los detalles.

La narración se abre con un cuadro que apa­rece arrancado de un lienzo del siglo XVI. El capítulo, o mejor la novelita, se titula «Fuga a Egipto» y describe a la familia de un artífice que, nacido y crecido en un antiguo santuario en ruinas dedicado a San José, lentamente es influido por el místico ambiente y vive sin darse cuenta, tanto interna como externamente, la vida del santo. Carpintero, también él, se casa con una muchacha pobre y virtuosa llamada María, reconstruye la capilla por amor a lo bello y lo santo, y entre el trabajo y la familia lleva una vida santa, primitiva y patriarcal. Esta es la primera forma de vida social que se ofrece a la experiencia del protagonista Wilhelm Meister (v.), en viaje con su hijo Félix para instrucción de éste, con la promesa hecha a Natalia de no pernoctar más de tres veces bajo el mismo techo. Wilhelm no es ya el pro­tagonista en esta novela: es sólo un pretex­to, un simple motivo de tenue ligamen unitario en el relato, casi marco de varios cua­dros, pero nada más. Si en la Misión teatral (y.) él lo es todo y lo anima todo con su vida intensa, si en los Años de aprendizaje es también siempre observador central y experimentador sin el cual el edificio de la novela se vendría abajo, aquí sólo es un comentarista de las teorías pedagógicas y sociales que son enunciadas y vividas por los varios personajes de la novela. Con un diálogo entre Montanus y Wilhelm se en­tra directamente en el tema, es decir, se dibuja el fin propuesto por el autor: el ob­jetivo de la vida de Wilhelm es ahora úni­camente la educación de su hijo Félix, que ha de ser sin embargo muy distinta de la que tuvo su padre.

La generación que surge pertenece al nuevo siglo: se ha aca­bado el período del ideal de cultura enci­clopédica, que avanza ensanchándose; aho­ra el procedimiento es otro, se trabaja so­bre un punto, en profundidad, uniendo, en lo útil, lo uno con lo otro. «Limitarse a un oficio es lo mejor. Para la mente baja se­guirá siendo siempre un oficio, para la más elevada se convertirá en arte; el mejor de los hombres cuando hace algo, lo hace todo, o sea, menos paradójicamente, ve en lo único que hace el símbolo de todo lo que se hace rectamente», dice Montanus (v.) que es la nueva encarnación de Jarno (v.) de los Años de aprendizaje. Lo eterno lo necesario y la ley forman la nueva tri­nidad del culto goethiano. La segunda ex­periencia de la vida patriarcal, extendida a una colonia que prospera bajo la mirada vigilante de su benéfico tío, lleva a Wilhem y a Félix a una región más amplia y armó­nica. Aquí domina la consigna «De lo útil, a través de lo verdadero, se llega a lo bello». También aquí el tío, como en los Años de aprendizaje, está rodeado por los sobrinos, Leonardo, Julia y Ersilia, que recuerdan a Lotario, Natalia y la Condesa y llevan una nota de vida a la cristalina frialdad del diálogo. Apunta el idilio pu­rísimo entre Ersilia y Félix adolescente, como un ramillete lozano de hierbas y flo­res entre rocas alpestres. Y Macaría, para­lelo a la «Hermosa alma», se eleva pura y sublime. Gravita en las esferas interpla­netarias, ligada a la matemática astronómi­ca, ley natural trashumana y divina. Su alma no se pierde en la contemplación mís­tica de la suprema armonía, sino que se adapta a ella así como todo lo humano y terrestre, viviendo de sublimidad universal. Al fin de la novel^ se le contrapone, casi a modo de polo armónico, el rabdomante que sabe y conoce el misterio de las entrañas de la tierra, cerrando así el inmenso y di­vino cosmos goethiano. El tío enseña el principio social que representa el tercer grado de la ascensión; de la prosperidad de uno ha de provenir la prosperidad de mu­chos.

Sin embargo es todavía el hombre fi­lántropo e iluminista del XVIII, en cuanto sólo él tiene la mente creadora y los demás son los obreros ejecutores de su obra. Pero el sobrino Leonardo, de la generación que surge, abre la vida hacia la nueva ordena­ción más amplia y moderna, que ha de lle­var a una colaboración mundial. Leonardo lleva con bestias de carga, a los hiladores y tejedores de las montañas y de los valles, el algodón que llega de los lejanos conti­nentes, y colocando a cada cosa y a cada hombre en el lugar más apto al desarrollo de la pequeña industria, crea, con el traba­jo exacto acompañado por himnos y salmos cantados a coro, y en un idílico ambiente que sabe al antiguo pietismo alemán, el intercambio comercial entre uno y otro mundo. Pero la invención de la máquina, llegada de Inglaterra, turba esta pacífica industria y hace surgir el nuevo y grave problema de la emigración. Hay un momen­to de necesaria disgregación; es preciso superar la tradición local, la tranquila vida del pueblo, para entrar en el engranaje del mundo económico e internacional. Enton­ces es necesario para el hombre un grado superior de cultura, una nueva ascensión: debe crear en su interior su propia patria llevando en sí mismo su armonía, y plan­tando sus raíces. El ideal de la humanidad debe sustituir al de la familia y de la patria particular. Por eso a la «Sociedad de los compañeros de viaje» que se prepara para emigrar, se le obliga, entre otras co­sas, a honrar todos los cultos. Pero se llega a eso a través de una severa disciplina que es dada por la «Provincia pedagógica» a la cual Wilhelm Meister confía la educa­ción de su hijo Félix y donde se prepara a los hombres destinados al nuevo mundo. Esta idea del instituto pedagógico es tam­bién nueva en comparación con los Años de aprendizaje.

Actúan las influencias del nuevo siglo y sobre todo de Pestalozzi. Si al principio Goethe había sido contrario a la nueva pedagogía, que le parecía en su primer autor utópica y fría, más tarde, cuando volvió a verla aplicada por Fellenberg en la escuela de Hofwyl, comprendió toda su utilidad y se unió a dicha causa. La «Provincia pedagógica» de los Años de peregrinación es una interpretación goethiana de aquella escuela suiza. Los niños, antes que nada, son adiestrados en los tra­bajos agrícolas y se les encamina hacia un oficio particular, según sus aptitudes bien probadas. Todo trabajo se acompaña con cantos rítmicos para que el discípulo se acostumbre a la armonía. Luego tendrá conciencia de la comunidad moral a la que pertenece mediante una profundización del sentido religioso. Pero la religión no es inculcada según un dogmático catecismo, sino que se desarrolla lentamente el ger­men primordial religioso que hay en todo ser humano, tal como sucede en la historia de la humanidad. Principio religioso esen­cial es el respeto o temor («Ehrfurcht»), que en los niños debe manifestarse como respeto hacia lo que les es superior. Al cre­cer se acostumbrarán a respetar los límites que la Providencia impone a la naturaleza, a comprender la necesidad del dolor y del sacrificio, a respetar lo que les es inferior. Adultos al fin, superarán en el amor y en la acción por la colectividad los límites y los dolores, con el respeto hacia los seme­jantes. La religión cristiana es el máximo a lo cual puede llegar la humanidad, supe­rada sólo por el filósofo que, colocado en el centro «debe bajar hasta él lo que le es superior, elevar a su nivel lo que le es inferior, mereciendo con esta postura cen­tral el nombre de sabio». El hombre perfec­to debe reunir en sí dichos tres estados, en unidad trinaría similar a la divina, en el respeto hacia sí mismo. Tres galerías de cuadros representando el Antiguo Testa­mento, el Nuevo y por fin la Pasión, ponen ante los ojos de los niños, vivos en la his­toria, estos tres estadios religiosos.

La últi­ma galería, el «sancta sanctorum», sólo se abre una vez al año y sólo admite a los dis­cípulos prestos a zarpar por la vida. Sólo los iniciados son llamados a penetrar en el misterio «que oculta la divina profundidad del dolor». Estos motivos altamente cristia­nos pueden relacionarse con la última es­cena del Fausto (v.). Otro inicio pedagó­gico importante es el de la síntesis que se sustituye al análisis en el gabinete anató­mico donde es admitido Wilhelm Meister, que considera indispensable para la utili­dad social un cuidadoso y profundo estu­dio del cuerpo humano. Termina la novela con una escena donde pone en práctica su ciencia salvando a su hijo Félix que ha caído del caballo. Ligadas al relato-marco por tenues hilos, en general bastante arti­ficiosos, o absolutamente independientes, se insertan algunas novelas cortas, donde al­gunos personajes vivos son creados por la mano y la mente del Goethe más joven. Así la «Morenita» (1815) buscada por Leo­nardo, y que Wilhelm encuentra hacia el final del libro, es una mujer humana fiel a su tierra y a su maridó desaparecido. La «Peregrina loca» (1808) es una reminiscen­cia de novelita francesa, mientras «El hom­bre de cincuenta años» (1817), que es un estudio psicológico conducido con mucha finura sobre la ilusión amorosa de una jovencita por un hombre maduro y de un joven por la viuda marchita, y que en­cuentra natural y sana solución en el ver­dadero amor que nace entre ambos jóvenes, se enlaza en la novela con el delicioso via­je por el Lago Mayor donde rebrotan los nostálgicos recuerdos de Mignon (v.). La nueva Melusina (v.) es una fábula narrada por Federico que tiene la facultad de ex­plicar cosas fantásticas como si las hubiese vivido realmente.

Y también en el primer libro, «¿Quién es el traidor?» (1820) trata del joven Lucidoro que debe casarse con Julia y no sabe cómo confesar su amor por Lucinda, la hermana de ella, y es graciosa­mente burlado por las muchachas que han escuchado sus lamentos hechos en voz alta y hasta el final juegan con su tímida inde­cisión. En los tres libros de este volumen se concentra toda la experiencia científico- económica y la meditación filosófico-pedagógica del viejo Goethe, haciendo pesada y deslavazada la novela. También la relación con la naturaleza se hace cósmica y filosó­fica. Los paisajes sirven de escenario, y no tienen ya proximidad de contacto con la sensibilidad del poeta. Se armonizan en su alma con el misterio divino de la natura­leza que Goethe ahora indaga con ansiedad religiosa, y aparecen aún vivos, sólo en los relatos y novelitas, que representan aper­turas hacia espacios y cuadros llenos de vida y de sol. Pero es unitaria la idea que domina en toda la obra, idea que es tam­bién la última conclusión de la labor inte­rior goethiana; uno debe de servir al todo y sólo así puede sentirse ligado a lo uni­versal. [Trad. española de R. Cansinos Assens (Madrid, 1948)].

G. Federici Ajroldi

Es el histrionismo de un hombre que ha colocado siempre la comedia por encima de la^ vida y al comediante por encima del héroe; histrionismo exasperado, insensato, pero aburrido, lo cual no puede permitirse al histrionismo. (Barbey d’Aurevilly)