Polibio

Nació entre 205 y 200 a. de C., en Megalópolis (Arcadia) y murió hacia el año 120 de una caída de caballo. Su padre, Licorta, era amigo de Filopémenes y fue varias veces estratega de la Liga Aquea. Así, desde muy joven, empezó a adquirir una notable experiencia política y militar, en el trato con los hombres de Estado que regían la política griega. En 183, cuando contaba poco más de veinte años, tuvo el honor de llevar de Mesenia a Megalópolis las cenizas de Filopémenes para sus solemnes exequias; en 169-168 fue nombrado hiparca (era el cargo más importante después del de estra­tega de la Liga Aquea). El partido de Li- corta-Filopémenes era un partido patriótico moderado, que había tratado siempre de transigir con los romanos, aunque sentía antipatía por ellos, y de conservar una cierta independencia frente a Roma y frente a Macedonia. Pero surgieron acontecimien­tos demasiado graves para estos políticos provincianos que se creían astutos, y la muerte de Licorta empeoró las cosas. Ha­biendo estallado la guerra entre romanos y macedonios, la Liga Aquea creyó observar una sabia política manteniendo una neutra­lidad benévola hacia Roma. Era el peor partido que se podía elegir si se quería salvar la independencia.

De este modo, los políticos de la Liga hicieron posible que los romanos batieran uno tras otro a sus adver­sarios: primero a los macedonios y después a los aqueos. La victoria de los romanos en Pidna (168) determinó la crisis de la Liga: el partido filorromano, queriendo gobernar con el apoyo de Roma, aprovechó la ocasión para deshacerse de sus adversarios políticos internos. Y el jefe de este partido fue tan vil que reunió una lista de mil de éstos, a los que denunció al extranjero, sin nin­guna prueba seria, como enemigos de Roma, bajo la acusación de mantener tratos secre­tos con Perseo. Los mil aqueos fueron lla­mados a Roma para justificarse. Los roma­nos tenían demasiado sentido jurídico para llevar a cabo un proceso que no tenía ninguna base legal, pero también demasiado sentido político para dejarlos en libertad: confinaron a los acusados en varias ciudades de Italia. Uno de estos mil aqueos era Polibio, y tal acontecimiento doloroso acabó siendo el más importante y afortunado de su vida. Sin él, Polibio hubiera sido un mediocre político aqueo, agriado por odios locales; en virtud de él, pudo comprender la gran­deza de Roma y convertirse en el historia­dor de aquella grandeza.

Había conocido en Megalópolis a Paulo Emilio, el vencedor de Pidna; fue acogido en su casa como maestro de sus hijos Fabio Máximo y Escipión Emiliano, y por intercesión de éstos pudo obtener la merced de permanecer en Roma bajo vigilancia del pretor urbano. En los diecisiete años que pasó Polibio en Roma conoció a los personajes más importantes del momento: la casa de Escipión, en la que él conoció, entre otros, a Panecio, era el mejor observatorio político que pudiera de­searse. La antigua antipatía hacia Roma tro­cóse poco a poco en simpatía y admiración por aquel gran pueblo que en cincuenta y tres años se había convertido en el más poderoso del mundo. Indagó las razones de una fortuna tan rápida, que al principio de­bió de parecerle misteriosa; estudió la socie­dad y la constitución romanas, y se dedicó a escribir la historia de aquel período tan rico en acontecimientos. Viajó por el Lacio y por Italia meridional, en parte para con­sultar documentos. Y en 151 acompañó a Escipión a España; a su regreso atravesó los Alpes para comprender mejor el histó­rico paso de Aníbal.

Hasta el año 150 no permitió el Senado (que muchas veces se había mostrado desfavorable a este acto) la vuelta a su patria de los aqueos confinados. Polibio regresó a su tierra, pero quedó ligado a Escipión y a Roma. En 149 acompañó, con Panecio, a aquél en la expedición contra Cartago, y asistió a la toma de la ciudad. Profundamente convencido de la inexorable fatalidad de la dominación romana, Polibio trató de impedir con sus consejos la guerra de los griegos contra Roma; después, acudió a Grecia luego del saqueo de Corinto, y vio a los soldados romanos jugar a dados sobre los cuadros de los más famosos pintores griegos. Se esforzó por todos los modos po­sibles en aliviar la suerte de los vencidos; enviado a regular la administración de las ciudades del Peloponeso, pacificó los áni­mos y los indujo a la resignación. No acom­pañó a Escipión en su viaje a Oriente en 140, pero sí en 134 en su expedición contra Numancia, y escribió una monografía sobre aquella guerra. Los últimos años fueron tristes: Polibio estuvo presente en el tribunado y en el asesinato de Tiberio Graco, después en la misteriosa muerte de Escipión, y vio en los movimientos populares una terrible amenaza a aquella constitución que era, para él, garantía indispensable del dominio de Roma.

Además de algunas obras perdi­das, una Vida de Filopémenes, la Guerra de Numancia y un tratado de táctica, Polibio escri­bió las Historias (v.), de las que nos han llegado completos los cinco primeros libros, y además muchos extractos bastante exten­sos, los llamados Excerpta antiqua y los restos de los extractos bizantinos del em­perador Constantino Porfirogeneta, que en total nos conservan una quinta parte de lo perdido. Polibio pretende escribir una historia «universal» y «pragmática»: éstos son los dos caracteres esenciales de su obra. Dos siglos antes que él, Eforo había escrito una historia universal; otra la escribirá, un siglo después, Diodoro. Pero estas historias sólo aparentemente son universales; en rea­lidad son historias particulares sin nexo entre sí. En Polibio, en cambio, el nexo existe: es la política romana que poco a poco reúne en sus manos los hilos del destino del mun­do. En este sentido su historia es «univer­sal». Por otra parte, la historia de Polibio es «pragmática», es decir, no una exposición de mitologías o de fundaciones míticas de ciudades, sino una exposición de las «ac­ciones políticas» — «pragmática» no quiere decir otra cosa que «política» —, y en este aspecto la historia de Polibio se opone decidida­mente a la historia retórica de Eforo y de Teopompo, a la historia erudita y moralizadora de Timeo, a la historia poética de Dúrides y de Filarco.

Es fundamentalmente en Polibio la utilidad de la historia. Debe servir para formar a los políticos que así aprovecharán las experiencias del pasado. Será útil, además, para los espíritus reflexivos que quieran comprender verdaderamente los hechos. Polibio dice — y hay en ello una reminiscencia de Tucídides — que la histo­ria no debe tender a celebrar el triunfo en la batalla de un día, sino que debe ser «enseñanza». Polibio hace profesión de la más estricta imparcialidad. Y en conjunto man­tiene su promesa, pero sólo hasta cierto punto. Es demasiado favorable a los roma­nos, a los que siempre encuentra justifica­ción, y demasiado adverso a Filippo V de Macedonia y a Perseo. Se muestra casi absolutamente imparcial en las guerras pú­nicas; pero cuando se trata de aconteci­mientos que le tocan más de cerca, como los de la Liga Aquea, resurgen los odios y las simpatías del nacionalismo local. Y resulta ciertamente inexcusable el odioso y poco generoso rencor con que hostiga a los jefes de la revuelta griega contra Roma, que no fueron ciertamente políticos prudentes, pero que sacrificaron su vida por un ideal, y prefirieron morir como griegos antes que vivir como esclavos. Polibio considera que la investigación de las causas es indispensable en la historia.

Y sabe distinguir sutilmente entre la «causa aparente», el «motivo ofi­cial», el «comienzo» y «la verdadera causa». Pero no se ha de creer que se muestra realmente profundo en la búsqueda de estas causas. Polibio no es un filósofo, sino más bien la negación de la filosofía; se le ha consi­derado erróneamente como un estoico. Polibio no cree en los dioses. Concibe la religión como «instrumentum regni»: es buena para poner un freno a la gente vulgar, inútil para los sabios. El motor casi único de las acciones humanas es, para él, la utilidad. La experiencia de los asuntos políticos ha creado en él la mentalidad característica de los políticos sin prejuicios. Se encuentra siempre dispuesto a ensalzar al vencedor, a cebarse en el vencido, a demostrar que todo ha ocurrido porque debía ocurrir. No excluye, naturalmente, las pasiones y senti­mientos como motores de la acción; pero, en conjunto, cuentan poco para él. Admite a menudo una fuerza superior, la Fortuna, diosa de la «necesidad natural», cara a los hombres; más frecuentemente, es un poder ciego que lo trastorna o sujeta todo a su arbitrio.

Como escritor, Polibio es uno de los peores. Su lenguaje es el de las cancillerías helenísticas, que conocemos por las inscrip­ciones, elevado a la esfera de la literatura. Su prosa resulta fatigosa, queda ahogada en la jerga de las perífrasis y de las fórmu­las estereotipadas, carente de vida. Sólo la polémica contra los historiadores que des­precia parece reanimarlo, y le sugiere al­guna imagen viva. Quien quiera apreciar de verdad la obra de Polibio debe olvidar sus lecciones metodológicas, sus conatos de filo­sofía y su modo de escribir, para admirar la lucidez, la exactitud, la precisión con que refiere una batalla o una negociación diplo­mática. En conjunto, Polibio se parece mucho a Jenofonte; de él tiene la experiencia de las cosas políticas y militares, la vanidad, el egoísmo, el trivial buen sentido, la vulgar tendencia moralizadora, el conocimiento de las cosas prácticas. Por un curioso error, muchos modernos han visto en la obra de Polibio un progreso de la historiografía y lo han considerado como el mayor historiador griego, como un maestro del método. No es de maravillar que lo haya exaltado hasta tal extremo la historiografía positivista: precisamente ésta lo ha considerado como un precursor.

Más singular es que también la historiografía del nuevo idealismo lo haya estimado como una anticipación del historiador moderno, como el Aristóteles de la historia, incluso superior a Tucídides. Polibio es un historiador escrupuloso y amante de la verdad, pero no es un gran historia­dor: no posee ninguna idea grande ni nin­gún ideal. Y hay en él algo de árido y de mezquino: es un espíritu demasiado limi­tado, utilitario, prosaico, para darse cuenta del gran drama que es la historia. Que sea él precisamente el historiador de la grandeza roma parece una ironía de la Fortuna.

G. Perrotta