Aminta, Torquato Tasso

Drama pastoril en cinco actos, un prólogo y un epílogo, de Torquato Tasso (1544-1595), estrenado en la quinta de Belvedere, en Este, en la primavera de 1573, y repuesto por voluntad de Lucre­cia de Este al año siguiente, durante el Carnaval, en la Corte de Pesaro. Compues­to en 1573 para una fiesta de la Corte de Este, Aminta, que se relaciona con otras representaciones escénicas semejantes del Renacimiento, pone en escena el ficticio mundo pastoril que había tenido su novela en la Arcadia (v.), de Sannazaro, y se ha­bía convertido en uno de los lugares idea­les protegidos por la imaginación de los hombres de aquella época. Su asunto es el amor del joven pastor Aminta (v.), por Sil­via, la bella cazadora, amiga de Diana, que ignora y desprecia el amor. Junto a los dos jóvenes, él, ingenuo en su pasión, que ha ido creciendo desde la infancia, ella, con su esquivez, aparecen dos seres expertos, qui­zás demasiado expertos, Tirsis y Dafne, que espían sus sentimientos ocultos y querrían vencer su timidez y pudor. Aminta se pre­senta en la fuente donde ha ido Silvia a bañarse y llega a punto de librarla de un sátiro que intentaba forzarla; pero, más que la gratitud, domina en Silvia el despe­cho, y apenas librada de los brazos que la oprimían, huye de su amante. No la vence­rán las artes de Tirsis y de Dafne, pero el amor se le revela cuando se entera de que Aminta, al correr la falsa noticia de la muerte de ella, se ha precipitado de una peña; y corre adonde yace inanimado, para abrazarle y morir con él. Pero Aminta no ha muerto (un tupido césped ha atenuado los efectos de la caída) y vuelve en sí en los brazos de la joven, conociendo a un mismo tiempo que Silvia está viva y que le ama. Tenue es la acción, donde apenas apunta el drama cuando se resuelve en se­guida, y sus personajes más que caracteres, parecen figuras donosamente estilizadas; pero la falta de hondura dramática no se le antoja al lector un defecto, pues se siente trasportado como por encanto a un mundo idílico y voluptuoso, donde todo es a un tiempo sencillez y elegancia. Abre la obra un prólogo recitado por el Amor, que, hu­yendo de su madre, se ha puesto al abrigo de las selvas, entre los pastores; y la cierra el epílogo en que aparece Venus buscando a su hijo fugitivo; además, el coro, que toma parte en la acción, comenta lírica­mente el carácter de sus situaciones al fi­nal de los actos, celebrando entre otras co­sas, en un himno ardiente y melancólico, el placer, el anhelo y el lamentarse de los hombres.

Pero todo es canto en la obra, en la cual un lenguaje aparentemente sencillo y casi prosaico alcanza, por la libre alter­nancia de endecasílabos y heptasílabos, por las rimas y las asonancias diseminadas sin ley aparente, por ecos y correspondencias de palabras, un valor musical. No desento­nan, tampoco, en este refinadísimo drama, las alusiones a personajes, a sucesos y me­nudas anécdotas de la Corte de los Este; entre otras, Tasso se ha representado a sí mismo, en el personaje Tirsis, cómo se com­placía en mostrarse, admirado y halagado entre la sociedad de la Corte, y a aquella corte, inspiradora suya, y al duque Alfon­so, que le ha concedido el «ocio» necesario para atender a la poesía, eleva, por boca de Tirsis, inspiradas palabras de agradeci­miento. También por esto, Aminta nos pa­rece la expresión de un momento único de felicidad en la vida del poeta de la Jerusalén (v.), que escribió cosas profundas, pero ninguna obra tan equilibrada, tan li­bre de todo rastro de esfuerzo, como este drama pastoril, destinado, desde su primer gran éxito en la Corte, a una extraordina­ria suerte en Italia y Europa, y a promover un gran florecimiento de dramas pareci­dos. Todos ellos privados, por lo demás, sin omitir la compleja tragicomedia del Pastor Fido (v.) de Guarini, del sutil encanto de la fábula del Tasso. [Trad. española de Juan de Jáuregui (Sevilla, 1618), que tiene la calidad de una creación clásica].

M. Fubini

Es el más noble modelo con que cuenta la lengua italiana; es poesía de la gentile­za, de la pureza, de la elegancia, de la donosura y de todas las gracias, en suma, de la dicción y del estilo. (Parmí)

El traducir de lenguas fáciles ni arguye ingenio ni elocuencia, como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel; y no por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio del traducir, porque en otras cosas peores se podría ocu­par el hombre y que menos provecho le trajesen. Fuera de esta cuenta van los dos famosos traductores: el uno el doctor Cris­tóbal de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro don Juan Jáuregui, en su Aminta, donde felizmente ponen en duda cuál es la traducción o cuál el original. (Cervantes)