[Amerika]. Obra del escritor alemán de origen checo Franz Kafka (1883- 1924). Esta curiosa novela, como la mayoría de las obras de Kafka, permanece inacabada. La redacción original se remonta a 1913 para los primeros capítulos, publicados en Francia por el mismo año con el título «Le chauffeur». Kafka, que trabajó en esta novela hasta su muerte, la concebía como una especie de «novela americana» y, a este fin, se rodeó de toda una serie de obras documentales, biografías de personajes de los Estados Unidos, relatos de viajes, memorias, etc. Cuando el libro llegaba casi a su término, bruscamente, sin que se conozca la causa, Kafka lo abandonó. Según palabras de su autor — transmitidas por su amigo Max Brod, a quien se debe la publicación de América en su texto original, en 1927 —, el último capítulo debía contener la gozosa expansión del joven Karl, el protagonista del libro, en la profesión que había elegido, el retorno a su patria y la reconciliación con sus padres. Contrariamente a sus restantes obras, como El Proceso (v.) y El Castillo (v.), que finalizan con una nota dramática y pesimista, América debía acabar en una especie de apoteosis, gracias a la aparición de cierto «Gran Teatro de Oklahoma», prefiguración del paraíso. Todas las ansiedades del personaje, todas sus contradicciones debían quedar apaciguadas en este «teatro»: su individualidad estaba llamada a cristalizar allí, en el cauce que mejor se adaptaba a sus peculiaridades, en la actividad donde sus dotes podían encontrar su más completa aplicación.
Este «final dichoso», poco habitual en la obra de Kafka, respondía a una aspiración latente a la felicidad, a la paz, que experimentaba en su alma desgarrada el autor de El Proceso. América relata las andanzas de un muchacho, Karl, que, a consecuencia de una desdichada aventura con la doméstica de sus padres, se ve obligado a separarse de ellos y de alemania, su patria, para emigrar a América, donde uno de sus tíos debe recibirle. Como todos los héroes de Kafka, portadores de un grave mensaje espiritual y típicos representantes de la «angustia judía», el joven Karl se siente hambriento de justicia y no vacila en entrar en conflicto con el comandante del paquebot que le lleva a los Estados Unidos saliendo en defensa de un chófer, a quien juzga víctima de una injusticia. Todo el carácter de Karl, ferozmente obstinado en que se le haga justicia a un personaje que, por otra parte, le es completamente indiferente, queda ya dibujado en este primer episodio, uno de los más significativos del pensamiento de Kafka. (Conviene subrayar que Karl Rossmann es, en América, el portavoz del propio Kafka, como los restantes héroes que llevan la misma inicial, la K, de El Proceso y de El Castillo, por ejemplo. Este pequeño detalle recalca el acento de confesión que hay en todas sus obras y el modo como Kafka hace siempre acto de presencia en ellas actuando a través de su «contrafigura»). Bien acogido por su tío, que defiende su causa cerca del comandante del navío contra quien había batallado en favor del chófer, Karl Rossmann pronto se encuentra abandonado a sus propias fuerzas en aquel inmenso y complicado país, que juzga poco hospitalario. Trata de trabajar en diversos oficios, pero unas veces por circunstancias adversas y otras por incompetencia o íntima insatisfacción, siempre dura poco en ellos.
De esta forma se le brindan numerosos aspectos de la sociedad y pasa por múltiples experiencias, cómicas o dramáticas, que ponen claramente de relieve hasta qué extremo no hay lugar para él en aquella sociedad, hasta qué punto es un inadaptado. El lector, en América, como en El Proceso y El Castillo, tiene la impresión de seguir al héroe a través de un oscuro laberinto indescifrable, donde los acontecimientos cobran un valor de símbolo, pero sin que jamás se aclare la significación del símbolo ni la eficacia que pueda tener en la vida del personaje. Karl marcha a tientas, vagabundo, preso de la tristeza, del descontento y de la ansiedad, luchando ferozmente para encontrar un empleo, un puesto, que sea el «suyo», hasta que, al fin, un buen día tropieza con el «Gran Teatro de la Naturaleza» de Oklahoma. Aquí el símbolo se eleva y se amplifica hasta la descripción de una sociedad donde todo hombre es utilizado en armonía con sus gustos y capacidades. La fórmula de este gigantesco teatro trashumante — grandiosa construcción simbólica de Kafka— consiste en que a todo individuo se le confía aquí la función a que aspira y para la que es apto, cualquiera que ella sea. Se comprende el alcance y el sentido de esta creación, así como el consuelo que infunde a Karl — reflejo de Kafka — ya esa multitud de seres que, tanto en el dominio de las pasiones como en el de las actividades prácticas, son los eternos inadaptados. La novela debía acabar en la jubilosa expansión de este teatro, que, en resumen, viene a ser el teatro del mundo (Theatrum Mundi), pero tal como lo soñaba Kafka, es decir, edificado sobre la justicia, la piedad, la mutua comprensión, el orden — material y espiritual — todo cuanto a sus ojos se echaba de menos en la cruel sociedad que sus héroes y él mismo conocieron en sus dolorosas andanzas.

