Alejandra, Licofronte

Monólogo trágico en 1.474 trímetros yámbicos, de Licofronte, poeta griego de la época helenís­tica (siglo III a. de C.). Alejandra no es otra sino la Casandra (v.) homérica, la desven­turada hija de Príamo (v.), que una leyen­da posterior representó como profetisa ve­raz, pero a quien nadie creía. El monólogo es dicho por un esclavo de Príamo, que re­fiere al rey las profecías que ha oído pro­nunciar a la princesa encerrada en una to­rre. Las palabras de la vidente diseñan un cuadro grandioso, pero extraordinario y vo­luntariamente oscuro, de las vicisitudes de Grecia, desde la guerra troyana a la muerte de Alejandro Magno. En medio de la acu­mulación de alusiones mitológicas, históri­cas, políticas, que resulta a menudo áspera empresa descifrar, se alude también a la emigración de Eneas a Italia y al choque entre el mundo oriental y el occidental. El autor, que fue dramaturgo de fama en el mundo helenístico, se complació en imitar en esta obra el tono sibilino de los oráculos y de las profecías, amontonando una erudi­ción abstrusa y enmarañada, complicando la expresión con toda clase de extravagancias léxicas y sintácticas. Su carácter enigmático es llevado hasta lo absurdo, y este carácter singular de adivinanza, no es ciertamente la menor de las razones por las cuales la Ale­jandra no solamente sobrevive a la pérdida de muchas obras más dignas, sino que ha gozado largo tiempo de fama particular. Pues la misma dificultad del texto incitó a comentarlo e interpretarlo a los eruditos de la Grecia decadente, ávidos de novedades y extrañezas. Hoy es más que otra cosa un documento curioso de los extremos a que llegó la tendencia helenística a la erudición y al preciosismo.

A. Brambilla