Adviento, August Strindberg

[Advent], Drama en cinco actos de August Strindberg (1849-1912), pu­blicada en 1898. Cuenta Strindberg, que un día en París se le ocurrió entrar en la igle­sia de Saint-Germain l’Auxerois y allí, so­bre la pila bautismal, vio una cabeza de muchacho alado que le pareció que le son­reía: éste es, pensó, el muchacho «que lleva el sello de nuestro lejano origen, un rayo de luz de superhombre, y pertenece al cie­lo.» A la salida vio escrito que aquel era el día del Adviento. En esa temporada se deleitaba leyendo las narraciones de Navi­dad de Dickens y los cuentos de Andersen y sentía la nostalgia de sus hijitos lejanos. Pero la representación teatral para niños que Strindberg se proponía escribir, se le transformó entre las manos, en un «drama swedenborgiano, en una tragedia fabulosa transida de elementos místicos», como él mismo la definió, en un «misterio» con es­cenas infernales, espectros y visiones, es de­cir, en un drama de horrores. Hay en ella abundancia de viejos sólo dispuestos al mal, felices sólo en el mal, sin una pizca si­quiera de conciencia moral; medio hom­bres, medio bestias, que soportan muy mal la luz del sol. Estos vejestorios se han he­cho construir en el jardín un mausoleo, en un sitio que en otro tiempo fue lugar de suplicio; de este mausoleo, con macabra y simbólica fantasía, Strindberg hace salir una horrenda procesión de espectros, que son las víctimas de la corrupción y de la in­justicia del señor juez.

Lo macabro y lo grotesco aumentan en la representación del infierno, para la que Strindberg se inspiró en elementos de Swedenborg: el señor juez y su mujer son medio sombras, medio hom­bres de verdad. A la llegada de la vieja, dan un baile y ella es invitada a parti­cipar en la danza con un gracioso «prínci­pe», un giboso vestido con una sucia casa­ca de terciopelo y que lleva espada, coleto con puntas y grandes botazas. Pero el baile es tan rígido, sube un olor tan desagrada­ble y las manos del caballero están tan heladas, que la vieja fastidiada pega en la giba al príncipe; éste, en respuesta, le es­cupe en la cara, le estropea la peluca, amenaza con mellarle los dientes y por último termina reconociéndola: es su propia hermana. Ésta, mirando al hermano muerto, se siente horrorizada de estar muerta ella también, pero a su grito de angustia no contesta nadie. Siguen cuadros de linterna mágica, escenas de la vida supraterrena, iluminadas con nueva luz: al juez se le aparece su hija convertida en prostituta, los nietos como monigotes que le hacen mue­cas, el jardín como una pocilga, la viña como un pudridero.

Al diablo se le presen­ta como penitente y justiciero al mismo tiempo; castiga severamente a los dos ve­jestorios, pero hace esperar la remisión de los pecados a los que ya los han purificado suficientemente por el dolor. Completamen­te buenos, no hay más que los niños; a és­tos cuando se sienten infelices, viene Cristo, el Cristo del Adviento, a confortarles y alegrarles. Así pues, el Adviento es en cierto modo un espejo, de las varias edades del hombre y de gusto medieval. Como se ve, el drama se compone de los elementos más disparatados, y este hacinamiento de imá­genes contrarias, por su incoherencia, deja perplejo al lector.

V. Santoli