A Elena, Edgar Alian Poe

[To Helen). Se comprenden bajo este título dos poesías distintas del americano Edgar Allan Poe (1809-1849). En la primera, publicada en 1831 e inspirada por Mrs. Stannard, el poeta compara la be­lleza de la mujer amada a una de esas na­ves que antiguamente volvían a llevar al país natal, sobre un mar tranquilo y perfu­mado, al viajero solitario. También él, como aquellos antiguos peregrinos, ha vagado, largamente por mares desesperados; pero la belleza de Helen, sus cabellos de jacinto, su rostro clásico, su aspecto de náyade le han devuelto a la gloria de Grecia y a la grandeza de Roma. Y la ve ante sí, perfec­ta como una estatua, con una lámpara de ágata en la mano, Psiquis proveniente de esas regiones que son la Tierra Santa. La belleza de Helen no tiene nada del ordina­rio encanto humano, sino que es una belle­za espiritual a la cual el poeta atribuye va­lor y facultad de redención. La otra poesía con el mismo título, publicada en 1849, está dedicada en cambio a Mrs. Whitman, prota­gonista del último amor dramático y ator­mentado del poeta.

Explica cómo la encon­tró una noche de julio, en que la luna lan­zaba su luz plateada sobre millares de rosas que florecían en un jardín encantado y di­fundían, a cambio de la luz de amor, sus almas fragantes en una muerte extática: en ese jardín estaba Helen, vestida de blanco, reclinada sobre un pretil lleno de violetas. El destino, que también es dolor, obligó al poeta a detenerse a la puerta de aquel jardín, respirando el incienso de las rosas adormecidas; apenas sus ojos se posaron sobre la mujer, todo desapareció: luna, flores, árboles, la misma fragancia de las rosas: todo, excepto la luz divina de los ojos de la mujer, en los cuales él leyó os­curo tormento y, sin embargo, sublime es­peranza, orgullo sereno, ambición audaz y profunda capacidad de amor. Al desapare­cer la luna, también la mujer desapareció, y sólo quedaron vivos sus ojos que aún le acompañan, iluminándole e inflamándole y llenando su alma de belleza, «Venus cente­lleantes, no apagadas por el sol». Muy herosa es la primera parte con la apoteosis de la mujer en el misterioso jardín flore­cido; menos la segunda, en la cual el motivo de los ojos recuerda el vampirismo obse­sionante de algunas novelas cortas. [Tra­ducción española en el volumen Poesías de Edgar A. Poe, traducidas directamente del inglés por A. Aguilar Tejera y F. R. Orte­ga y Frías (Madrid, sin año).]

A. Próspero Marchesini

Poesía bella como una gema antigua, mu­sical como el laúd de Apolo. (O. Wilde)