La Práctica del Teatro, François Hédelin

[La Pra­tique du Théâtre). Obra crítica del escritor francés François Hédelin, abate d’Aubignac (1604-1676), publicada en 1657. El autor, discutiendo las varias cuestiones de precep­tiva teatral, quiere contribuir a la formación de un verdadero teatro francés, si­guiendo las directrices de Richelieu.

Según lo que ya habían afirmado los teóricos anti­guos, los tratadistas italianos y, en Francia, Chapelain, el tratado sostiene decididamen­te la regla de las unidades de tiempo y lu­gar, que responde a las necesidades de la verosimilitud. Convencido de que la fuerza de las reglas está en la razón y de que son fundamentales para el espíritu francés, tan clásico y lineal, el autor trata de codificar »de una manera definitiva la aplicación prác­tica de la unidades en el teatro, conside­rando los varios casos de las escenas y de la recitación, y todo lo que se refiere al éxito de una obra.

No hace falta valerse de la autoridad para establecer las reglas: cuando los adversarios afirman que han de ser combatidas porque no son otra cosa que la herencia de los antiguos, hay que con­testar que las llamamos reglas de los anti­guos solamente porque ellos fueron los pri­meros en aplicarlas admirablemente. D’Au­bignac combatió- de todos modos en vano contra Corneille, el renovador que, en te­mas extranjeros, no tiene en cuenta el espí­ritu nacional; además, el crítico se mani­fiesta más propenso a formular preceptos que a estudiar desde un punto de vista his­tórico el teatro francés, considerando a Hardy como a un autor que «detendría su progreso». La práctica del teatro, que como las Conjeturas académicas sobre la Ilíada (v.), pone de manifiesto la vivacidad y, al mismo tiempo, la precariedad de su inge­nio crítico, es notable por haber contri­buido a fijar un tipo clásico de teatro, en la órbita, de las ideas estéticas del Renaci­miento italiano, pero principalmente en la reacción con respecto a la época anterior y en la influencia de la nueva filosofía racionalista.

C. Cordié

Alabo mucho al abate por haber tan per­fectamente cumplido todas las reglas de Aristóteles; pero censuro mucho a Aristó­teles por haber dado ocasión al abate de hacer unas tragedias tan malas. (Gran Condé)