Elementos de Crítica, Henry Home (Lord Kames)

[Elements of Criticism]. Obra de Lord Kames, juez escocés que estuvo en relación con todos los estudiosos de su am­biente, entre ellos Hume, Robertson, los filósofos del sentido común, etc. Publicados en 1762, en Edimburgo, los Elementos tu­vieron gran resonancia; traducidos al ale­mán, fueron admirados por Lessing e in­fluyeron en el desarrollo de la estética germánica y sobre Kant. La obra da nor­mas y reglas para la crítica de las obras de arte; pero esta finalidad va unida a un examen fundamental de la esencia de la belleza y del arte. Home parte de un pun­to de vista empírico, analizando lo bello a través del efecto que produce subjetiva­mente en nosotros: el placer estético; es decir, parte de aquel análisis de los estados sentimentales del alma humana que (como la teoría hedonista del arte) era tradicional en la psicología y en la estética inglesas de la época y, en general, en la psicología de los siglos XVII y XVIII.

El autor distin­gue entre emoción, pasión y sentimiento; la emoción no es más que un «movimiento o agitación» del ánimo; la pasión es la emoción cuando se le añade el deseo de la cosa que produce la emoción; el senti­miento es la idea de un objeto suscitada por la pasión, como sucede en la producción de una obra de arte y en la apreciación de la misma. Para el análisis del arte, es preciso explicar cómo resultan bellas in­cluso cosas que no producen por sí mismas una emoción, y aquí Home recurre a la teoría asociativa, ya desarrollada amplia­mente por Hume. Ahora bien, como toda emoción agradable se refiere (pasionalmen­te) a un objeto que suscita el sentimiento de lo bello, es preciso analizar lo que hace bello a un objeto. Puede ser un carácter del mismo objeto o bien una «relación» entre diversos objetos. Un objeto es bello si es regular, uniforme, proporcionado, or­denado, sencillo.

Por qué un objeto de di­chas condiciones es bello, es decir, agra­dable, no puede explicarse: es bello porque Dios ha dispuesto que nos fuese agradable cuanto es regular, uniforme, etc., quizás porque la atención no se despliega en varias direcciones sino que tiende toda ella a un único objeto: también producen placer la grandiosidad, la sublimidad, la novedad, lo cómico. Home divide el fenómeno de lo bello en dichos sentimientos específicos, sin preocuparse de examinar cómo se compor­tan recíprocamente, sin decir explícitamente si la novedad es por sí misma bella o si, en cambio, sólo es afín a la belleza. En rea­lidad, la intención preceptiva y «crítica» predomina en él; a la definición de cada uno de dichos sentimientos hace seguir una larga serie de ejemplos literarios, para de­mostrar cómo puede conseguirse que algo resulte bello, o sublime, o cómico, etc.

En general, todos ellos son sentimientos agra­dables y, en cuanto tales, bellos; la belle­za es, pues, categoría aparte y tiene una naturaleza común a todos estos sentimien­tos; incoherencia terminológica en la que se revela la inconsistencia de toda teoría de lo bello que lo defina, sin más, como lo psicológicamente agradable. En cuanto a las «relaciones» que producen emociones agradables, Home selecciona y da ejemplos de semejanza, de diferencia, de propiedad, de gracia, de ridículo, ideas agradables que surgen de la aproximación de objetos, de la suma de emociones agradables, de nues­tra situación respecto a ellas, como la cos­tumbre, etc. Y, pasando de las relaciones a las cualidades afines, que por asociación producen emociones estéticas, el autor llega a hablar del lenguaje, distinguiendo entre la emoción agradable producida por una palabra debida a la idea que suscita y la producida por la misma palabra debida a su sonido. Así se llega a la plena retórica, exponiendo las reglas y normas que sir­ven para juzgar una obra poética e incluso para producir el sentimiento de lo bello.

Y se pasa a hablar de los parangones, de las figuras, de las descripciones, a tratar de los géneros literarios, examinando, en fin, incluso la jardinería y la arquitectura. El último capítulo trata de lo que sería para nosotros el tema propio de una estética filosófica: los cánones del gusto. El gusto es individual, subjetivo, y cambia de per­sona a persona. ¿No existe, pues, una nor­ma, basándonos en la cual podamos estar ciertos de que una obra de arte es absolu­tamente bella? Hablamos de buen gusto y de mal gusto y sentimos inquietud cuando advertimos que nuestra opinión no es com­partida por los demás; debe, pues, exis­tir una regla, unos cánones que permitan juzgar si un gusto es bueno o malo. Estos cánones no pueden determinarse con una definición; son las obras universalmente re­conocidas como bellas, por muchas épocas y pueblos, las que pueden educar el gusto y fijar unos cánones para el juicio estético (y de ahí el clasicismo). La existencia de un canon, la concordia universal de los hombres al juzgar la obra de arte, derivan, en último análisis, de la necesidad, social de un acuerdo general entre los hombres.

M. M. Rossi