Cartas de una Espía Inglesa, William Wirt

[Let­ters of an English Spy]. Obra del escritor norteamericano William Wirt (1772-1834), publicada por primera vez en la revista «Argus», de Richmond, en 1803. Es una be­névola respuesta a las denigraciones de los viajeros ingleses, y se propone ser una de­fensa de los estadistas y oradores america­nos. Pero Wirt era un jurista y su estilo, demasiado elevado y plagado de citas clási­cas, sirve bastante mal a su causa. Algunas descripciones de hombres eminentes de la época. como la del presidente Jefferson, por ejemplo, se han hecho, sin embargo, famo­sas, y todo el libro, popular y clásico al mis­mo tiempo, ocupa un lugar más que deco­roso en la historia de la literatura americana.

G. Izzo

Cartas de un Granjero Americano, Héctor St. John Crévecoeur

[Letter from an American Farmer]. Obra de Héctor St. John Crévecoeur (1735- 1813), nacido y muerto en Francia, pero que vivió en América desde los dieciséis a los cincuenta y cinco años y escribió en inglés. Son doce cartas que, según dijo de ellas Washington, «contienen casi todo lo que es necesario conocer al que quiera emigrar a este país… Dan muy útiles y amenas informaciones acerca de la vida privada de los americanos y el progreso de la agricultura, de las manufacturas y de las artes… A veces esta pintura, aunque fundada en los hechos, está en algún caso embellecida con porme­nores demasiado lisonjeros». La primera car­ta, de introducción, trata de diversos temas con agradable variedad y claro y bondadoso enjuiciamiento. Las demás cuentan la vida del granjero americano y hablan de los in­dios de América, de la isla de Nantucket, de la educación de los isleños, de la caza de ballenas, de la esclavitud; hay divagaciones gustosamente literarias, acerca de las ser­pientes y los pájaros-mosca; se describe la visita al botánico John Bertram; se cuentan los temores del «hombre de la frontera», amenazado por los salvajes, la revuelta de las colonias. Crévecoeur finge en sus cartas la curiosidad de un extranjero, da preciosas informaciones, y se entretiene en cuadritos llenos de sabor, sin descuidar lo esencial que en todo caso pueda ser útil al historia­dor. Fue llamado «cultivador de sensacio­nes» por la continua presencia de un noble interés humano. Una claridad muy distante del tosco modo americano de entonces, hace que este francés, además de pulcro descrip­tor, entusiasmado con su tema, sobre todo si se trata de hechos naturales, de animales, de valoraciones objetivas, sea el más amable de los comentadores, y fuese admirado por los románticos ingleses, entre ellos Shelley y Coleridge.

A. Camerino

Cartas de Tell El-Amarna

Com­prenden parte de la correspondencia diplo­mática entre los reyes Amenofis III y IV de Egipto (1405-1352 a. J.C.) y los príncipes de Palestina, Siria, Babilonia y algunos otros países, que han sido descubiertas en las rui­nas de Ikhutaton, capital fundada por el último de los mencionados faraones. Estas cartas, que ofrecen la forma habitual de las cartas babilonias y asirías, están redactadas en babilonio y escritas en caracteres cunei­formes. La lengua es el babilonio de la di­plomacia de la época, es decir, un idioma no absolutamente puro, sino que deja en­trever, a través de sus frases y formas de expresión, e incluso algunas veces a través de su vocabulario, la nacionalidad del se­cretario que las redactó. Algunas de estas cartas llevan glosas en otras lenguas. Estos documentos proyectan mucha luz sobre las condiciones políticas del antiguo Oriente durante los siglos cuarto y tercero del se­gundo milenio antes de J.C., la época que los sabios suelen llamar época de Tell El- Amarna, precisamente por referencia a la documentación a que aludimos. Esta misma época resulta documentada por textos en lengua hittita, descubiertos en las ruinas de la capital del imperio de los hittitas, Hattusas, cerca del actual pueblo turco de Bogházkóy. [Edición más reciente: Mercer, The Tell el-Amarnah táblets, I-II (Toronto, 1939)].

G. Furlani

Cartas de Transilvania, Ferenc Kazinczy

[Erdélyi levelek]. Epistolario del húngaro Ferenc (Francisco) Kazinczy (1759-1831). Es una re­lación de viaje compuesta según el modelo de las literaturas occidentales. El autor, ex­celente observador, se complace en describir las bellezas de la naturaleza, pero siente mayor interés por las creaciones del ingenio humano y por los habitantes de las dis­tintas regiones, recogiendo hábilmente los sucesos de la vida cotidiana y las palabras sencillas pero expresivas de los hijos del pueblo. Busca y se complace en el habla rica en locuciones pintorescas, de la vida intensa y las bromas de la fantasía, y sabe caracterizar brevemente, con lenguaje ex­quisito, al pueblo transilvano y a los perso­najes más sobresalientes de aquella época.

M. Benedek

Cartas de Turquía, Kelemen Mikes

[Tórókországilevelek]. Fueron publicadas en 1794 después de la muerte de su autor, el húngaro Kelemen Mikes (1690-1762). Paje del príncipe Francisco II de Rákóczi, Mikes, durante la emigración, acompañó a su señor a Francia y luego a Turquía. Después de la muerte del príncipe, no habiendo obtenido permiso para regresar a su patria, se quedó con otros desterrados en Rodosto. Tradujo varias obras francesas religiosas y morales; su única obra original, las Cartas, compuestas desde 1717 a 1758, son en conjunto 207. No se conoce bien cómo llegaron después de su muerte a Hungría. Fue grave daño que fueran des­conocidas en su tiempo, porque Mikes es el mejor prosista de aquel período y su estilo hubiera podido tal vez dar otra dirección a la evolución de la prosa húngara. Las Car­tas aparecen dirigidas a una tía del autor, la condesa E. P.; pero se ha demostrado que esta tía no existió, y que las cartas no fueron jamás expedidas. Con todo, la obra no puede considerarse como un diario, por­que los errores de fecha, los anacronismos, etcétera, demuestran que fueron escritas mucho tiempo después de los acontecimien­tos en ellas mencionados. Se trata, pues, de una obra puramente literaria, inspirada por las gacetas y los epistolarios franceses del siglo XVII y XVIII. Además de los aconteci­mientos de la vida de los emigrados y las descripciones del ambiente turco, Mikes re­fiere a su ficticia tía lo que le ha interesado en sus lecturas: historias, anécdotas, datos geográficos y etnográficos, etc., pero sus par­tes más interesantes son, naturalmente, aque­llas en que nos pinta la vida de Rodosto, la jornada del viejo príncipe y sus propios sentimientos. El autor conserva, a pesar de todas las vicisitudes de su destino, su buen humor y su resignación religiosa, velados por una gran nostalgia de su aldea nativa, que ya no había de volver a ver; el gobier­no de María Teresa no le perdonó jamás su devoción a la persona de Rácóczi. La espon­taneidad, la sinceridad, el lenguaje sencillo de verdadero transilvano, dan a su estilo una belleza viva todavía. Lo que Petófi debía hacer cien años más tarde, en la poe­sía, lo hizo él en la prosa, pero con la di­ferencia de que Mikes, por haber perma­necido ignorado en su tiempo, no pudo ejer­cer ninguna influencia.

M. Benedek