Los Galeotes, Hermanos Álvarez Quintero

Comedia española, en cuatro actos y en prosa, de los hermanos Serafín (1871-1938) y Joaquín (1873-1944) Álvarez Quintero, representada por primera vez en 1900. Don Miguel, librero acomoda­do y contemplativo, encuentra por media­ción de Carita, una pilluela llena de buenas cualidades, a su viejo amigo Moisés Galeo­te, un desgraciado que de peldaño en pel­daño ha descendido a la más negra miseria y, generosamente, se lo lleva a su casa en unión de su hijo Mario y de su hija adop­tiva, que es, precisamente, la pilluela Ca­rita. Don Miguel cree en la posibilidad de una redención, pero los Galeotes, padre e hijo, han descendido aún más moral que materialmente, y lo engañan en todo. Ma­rio Galeote, empujado por su padre, se pone a cortejar a Gloria, hija de don Miguel, con el sólo objeto de perpetuar el bienestar que la turbia pareja goza a expensas de don Miguel, y su hábil personificación de un Ulises de la mala suerte logra hacer mella en el corazón de la muchacha, inge­nua y sentimental. Salva la situación Ca­rita, auténtica florecilla del arroyo, que se ha encariñado sinceramente con sus nue­vos protectores, mucho mejores y mucho más desinteresados que los antiguos, reve­lando a tiempo la sucia trama. Los Galeo­tes son definitivamente derrotados y olvi­dados y Carita conquista un lugar aún más elevado en el afecto de su nueva familia. Es una de las pocas comedias en la que los autores han puesto en escena tipos de auténticos malvados, pero con el contrapeso de una virtud y una bondad excepcional, y por esto los Galeotes merecen en su tea­tro un puesto aparte. El optimismo, que es la clave del teatro quinteriano, se salva también en esta obra porque, si el mal existe, es impotente contra el bien.

A. R. Ferrarin

Galán, Valiente y Discreto, Antonio Mira de Amescua

Obra del Dr. Antonio Mira de Amescua (1574?- 1644). Su obra dramática comprende co­medias religiosas, históricas, de costumbres, y autos sacramentales. Entre las comedias de capa y espada se encuentra Galán, va­liente y discreto, que pertenece al «género palaciego» que se hizo típico en este autor, pues lo cultivó con habilidad para la in­triga. La acción es la siguiente: la Duquesa de Mantua tiene que casarse, pues heredó el reino y esto la obliga al matrimonio. Acuden a pretenderla por esposa los duques de Urbino, Ferrara, Parma, y el es­pañol Don Fadrique. A éste le ha prece­dido, fingiéndose loco, su criado Flores, que se ha dado maña para introducirse en la corte de la duquesa como poeta, y así ha podido enterarse del enredo que ésta prepara a sus pretendientes: fingiéndose su propia dama Porcia, y haciendo que Porcia se finja la Duquesa de Mantua, quiere ver cuál de sus enamorados merece su mano. Ella desea desposar al que sea más galán, valiente y discreto. Advertido don Fadri­que por su criado Flores, pone cerco a la falsa Porcia, mientras la presunta duquesa (verdadera Porcia) se enamora de él tam­bién. Los duques de Urbino, Ferrara y Par­ma compiten en halagos y ternezas, en gen­tilezas y en desplantes; pero don Fadrique, sin dejar de ser cortés con la que parece duquesa, no se aparta de Porcia, verdadera­mente prendado de ella, y consigue que ella le prefiera.

Los duques no hacen caso de la que creen camarera de su dama, y no se enojan cuando don Fadrique les anuncia que se aparta del cortejo para dedicarse a Porcia. Por fin, tras salir vencedor en un fuerte lance a que la atrevida Porcia le obliga, Don Fadrique intenta darle una lec­ción de orgullo a su dama, que, vencida de amor, confiesa la verdad. Y todos bur­lados, han de conformarse con que la au­téntica duquesa de Mantua se case con el español aborrecido que supo ser para ella «galán, valiente y discreto». Los versos de la obra que citamos tienen cierto influjo calderoniano. Mira de Amescua es autor muy espontáneo y se halla libre su teatro de convencionalismos; sus personajes tie­nen caracteres delineados y firmes. Es de estilo brillante y limpio en la palabra, no­ble en las ideas. En el hombre, la mancha de su origen creó un tipo neurasténico y extraño que, al ser canónigo y arcediano de la catedral de Guadix, tuvo fuertes disgus­tos en el cabildo llegando hasta abofetear al maestrescuela. El teatro de este gran autor es un puente — en ciertos momentos ideológico — entre Lope de Vega y Calde­rón. En el volumen XLV de la «Biblioteca de Autores Españoles» puede leerse esta obra con otras varias. También los to­mos LXX y LXXXII de la colección «Clási­cos Castellanos», a cargo de A. Valbuena Prat, contienen textos y estudios que ilus­tran perfectamente sobre la rica persona­lidad de Mira de Amescua.

C. Conde

La Fuerza Lastimosa, Lope de Vega Carpió

Comedia en tres jornadas de Lope de Vega Carpió (1562- 1635). Tiene un argumento que recuerda, en parte, el de un tremendo romance español.

En un reino irlandés, la infanta Dionisia se .enamora locamente del conde Enrique, que la adora, concertando con él unas bodas .secretas para la noche del día mismo en que se declaran su mutua pasión. El duque Oc­tavio, que ha escuchado la conversación de los enamorados escondido en el bosque, a donde fueron todos de caza con el rey, padre de la infanta, intriga para que aquél prenda al conde Enrique aquella misma noche, impidiéndole, así, acudir a la cita con su apasionada amante. En lugar del conde Enrique, acude, embozado, el duque Octavio, y goza de la infanta hasta que la proximidad del alba le obliga a abandonarla : al descender por la escala que le dio acceso al aposento real, los criados de Enrique — que tenían orden de esperarle, pues ignoraban que había sido preso por el rey — le creen su señor y quieren ayudarle; pero el duque les maltrata y pone en fuga. Poco más tarde, Octavio escribe una carta al rey rogándole que ponga ya en libertad a Enrique, ya que su consejo de tenerle en prisión se debía a quererle li­brar de una amenaza de muerte que unos extranjeros habían lanzado sobre él. El rey libera al conde, sin comprender nada de lo que ha ocurrido, y para desagraviarle de su prisión y compensar su obediencia y lealtad, le concede dignidades cortesanas. Poco después llega la infanta, que cre­yendo ha pasado con él la noche alude a sus bodas con el conde, y como éste lo niega ella se cree agraviada y se enoja.

El conde, comprendiendo que otro le ha su­plantado, huye de la corte rumbo a España. El duque Octavio le ha precedido pretex­tando, al huir a sus vecinos estados, que en ellos tiene que componer disensiones de sus súbditos. Con todo lo cual queda la infan­ta burlada y entristecida, aunque conven­cida de que ha sido el conde Enrique su seductor, por más que lo niegue, incompren­siblemente, ahora. Pasan seis años y vuelve el conde a la corte, casado con una princesa española, hija del conde de Barcelona, y con quien ‘tiene tres hermosos hijos. El rey les recibe cordialmente; pero la infan­ta, amargada y ofendida, no. Como su vio­lenta actitud extraña al rey su padre, éste le pide explicaciones y ella se las da con amplitud. Entonces el rey llama al conde y le propone un problema de honor, cuya solución honrada e ingenuamente el conde ofrece sin saber que va a ser su perdición: por ella se ve obligado a dar muerte con su propia mano a su esposa, a fin de casarse con la infanta, que sostiene que él fue su seductor aunque aquella noche el conde estuvo toda ella preso por orden del rey en su propio palacio… Isabel, la esposa de Enrique, dulce y buena esposa, com­prende el drama de su esposo y se aviene a la muerte; pero Enrique no puede dársela, tanto la ama y tan desgraciado se sien­te, y encomienda a unos servidores suyos que sean ellos los matadores y los que lle­ven a sus hijos a España para entregárselos a su suegro, el conde de Barcelona.

Todo parece que ha ocurrido según orden del rey, pero la verdad es que Isabel se salva del mar, a donde la arrojaron, gracias a la intervención del duque Octavio, que estaba pescando tranquilamente con sus servidores. Enamorado de ella, escucha de sus labios la verdad de su tragedia y siente el remor­dimiento de ser el causante de tanto embro­llo. Mientras, en la corte de Irlanda, Enri­que, enloquecido, se niega a casarse con Dionisia y habla, a voces, de su inocencia en cuanto a la seducción amorosa de aqué­lla. Deciden matarlo, padre e hija, para que, no les avergüence con sus gritos. En aquel momento, una armada catalana, la del suegro de Enrique, sitia el reino; el conde de Barcelona viene a reclamar al asesino de su hija. Mas como entre tanto el duque Octavio, llamado por el rey en su defensa, se ha presentado en la corte, llega el momento del esclarecimiento de tantos líos: Dionisia accede a casarse con su ver­dadero seductor, Isabel se reúne con su es­poso, y todos contentos y felices dan remate a lo que pudo ser tragedia, como en el ro­mance, y se quedó en comedia de enredos.

C. Conde

Fuera del Mundo, de Giacinto Gallina

[Fora del mondo]. Comedia en un acto en dialecto veneciano de Giacinto Gallina (1852-1897), estrenada en 1892. Como Esmeralda, con la que tiene parecido, es comedia de recuerdos que re­surgen y celos alimentados; el músico Beneto se ha retirado con su esposa, Nina, a un pueblecito del campo, pero allí vuel­ve a encontrar a una cantante, Fulvia, a quien había amado años atrás y que co­quetea con el doctor Antonio. Se despierta en Beneto la pasión olvidada y, al mismo tiempo, parece que Nina siente simpatía por el doctor. La paz entre los dos se tur­ba, pero, para restablecerla, llega la tía de Beneto, Gegia, la cual convence al doc­tor de que se vaya de allí con su amante y reconcilia a Nina y Beneto, anunciando a éste una próxima paternidad. Es una co­media sutil, que por su sencillez de líneas se aproxima al clima goldoniano, comunicándole el calor de afectos palpitantes y profundizándolo en silencios.

U. Déttore

Fuego Nuevo, Ignasi Iglésias

[Foc nou]. Comedia en tres actos del escritor catalán Ignasi Iglésias (1871-1928), estrenada en Barcelona el 6 de febrero de 1909. En 1914 ganó el pre­mio Fastenrath en los Juegos Florales de Barcelona. La acción transcurre en el seno de una familia distinguida de una ciudad catalana. Carlota, la señora de la casa, ha enviudado; sus hijos, Eladi y Frederic, vi­ven parasitariamente, perpetuos estudiantes calaveras; Adriana, la hija mayor, también hace vida independiente y sólo en la pe­queña, Jovita, encuentra la madre el calor familiar. Entre tanto, el patrimonio va mer­mando, pero hasta que Carlota vende va­rias fincas los hijos no creen en su apu­rada situación económica. Entonces se in­solentan con su madre, que pretende que trabajen como empleados en Barcelona. Al fin, los argumentos de Carlota prevalecen, y sus hijos, reconciliados y contritos, em­prenden una nueva vida. Carlota se queda sola con Jovita. La obra acaba con estas palabras de Carlota a su hija menor: «A fer foc nou, com els tres germans!» Sorprende que Iglésias, al que Maragall llamó el poeta de los humildes, escribiera una obra de un ambiente social superior. Pero también aquí el autor defiende su vieja tesis de la digni­ficación por el trabajo y, como siempre, el teatro de Iglésias tiene más valor social, popular y moral que artístico.

A. Manent