Crónica de Cagliostro, Clementino Vannetti

[Cronaca del Cagliostro]. Obrita de Clementino Vannetti (1754-1795), espíritu agudo y singular, publicada en 1789.

Alejándose de Verona, Cagliostro se había refugiado en Rovereto donde permaneció muchos meses «haciendo de Cristo» (escribe Cesari en su biografía de Vannetti) «y con truhanerías y malicias y milagros, y remedando al Salvador, he­chizaba a las personas que le llegaban de todas partes para obtener las curaciones maravillosas, que prometía sin efectuar nin­guna». Vannetti, natural de Rovereto, creyó que para desmentir su impostura y darle su merecido castigo no había cosa mejor que la mera exposición de los hechos: y para dar a la sátira un aire más sutil y ve­lado de burla, describió los hechos con el estilo y la sintaxis de los Evangelios en el latín de la Vulgata, añadiendo así el humo­rismo al sarcasmo. Su propósito debió que­dar plenamente cumplido puesto que Pío VI gustó de aquella parodia hasta el punto de hacer que se la leyesen lo menos cuatro ve­ces; pero algunos escrupulosos se escandalizaron de aquella obra como de una pro­fanación, y sin hacer caso de las explica­ciones dadas por Vannetti, en su prefacio a los capítulos XIV y XV, acusaron al autor de irreligiosidad, si no de herejía, obligándole a publicar algunas «Reflexiones», para calmar la turbación de los pusilánimes. Esta obrita goza en sumo grado del don de ori­ginalidad que tienen los escritos de Vannet­ti, y fue su obra predilecta.

G. Pioli

Crítica del Legatario, Jean- François Regnard

[Critique du Legataire]. Comedia en un acto de Jean- François Regnard (1655-1709), representada en 1708, con la que Regnard, imitando a Moliere en su Crítica de la Escuela de las mujeres (v.), contestó a las polémicas le­vantadas por su Legatario universal (v.). Reuniendo varios espectadores para dar sus respectivas opiniones sobre la comedia, mientras ésta se representa por enésima vez, e incluyéndose a sí mismo bajo el nombre de Bonifacio para dar la razón a unos y a otros sin que en realidad se preocupara por ninguno, Regnard puso en ridículo a sus detractores no menos que a sus defensores, afirmando en resumidas cuentas, la eterna verdad de que cuando una comedia gusta, es inútil hablar mal de ella, del mismo modo que analizar académicamente las razones de su éxito, porque se justifica por sí sola. En realidad, la emoción puede obtenerse con medios previamente calculados, pero la car­cajada, cuando se provoca, es siempre es­pontánea.

U. Déttore

La Crítica de la Escuela de las Mujeres, Moliere

[La critique de l’École des femmes]. Comedia en un acto y en prosa de Moliere (Jean Baptiste Poquelin, 1622- 1673), estrenada el día 1 de jimio de 1663. Tres damas, una marquesa, un caballero y un poeta discuten sobre el acontecimiento teatral del día, la Escuela de las mujeres (v.). Dos de las damas, la encuentran ofen­siva para su delicado gusto, para sus es­crúpulos morales; el marqués, que ni si­quiera la ha escuchado, la condena porque ha sido del agrado de la galería, y el poeta la condena también porque no se sujeta a las reglas. El caballero defiende válida­mente a la obra y al autor, declarando el principio en que se inspira Moliere: la re­producción de la verdad y de la naturaleza, sin estorbo de reglas que no son ni mucho menos del agrado del público. Constituye el eco agudo de toda la campaña contra la Escuela de las mujeres; las diversas corrien­tes contrarias a la obra, están briosamente representadas en la «disertación dialogada» que versa precisamente sobre la poética del comediógrafo.

V. Lugli

Crispín y la Comadre, Francesco Maria Piave

[Crispino e la comadre], ópera jocoso-fantástica en tres actos con libreto de Francesco María Piave (1810-1876), musicada por los hermanos Luigi (1805-1859) y Federico Ricci (1809- 1877) y representada en Venecia el 28 de febrero de 1850.

Crispín Taccheto, zapatero remendón, es muy pobre y se ve asediado por sus acreedores. Tiene una esposa jui­ciosa y bonita que le ayuda a salir de apu­ros vendiendo canciones, pero también a ella la persiguen los médicos y los farma­céuticos soberbios y exigentes. Desesperado corre a tirarse de cabeza a un pozo, cuando, del fondo surge la comadre, un hada que le ofrece el modo de descubrir, sin más, si un enfermo puede salvarse o morir; si ella se le aparece junto al enfermo, no habrá remedio; si no se le aparece, cura­ción segura. Por añadidura, le regala una bolsa de dinero suficiente para dar paz y alegría a su necesitada familia. Cae un albañil del andamio. Los médicos le dan por muerto, pero él dice que vivirá y, con remedios jamás vistos en la farmacopea, lo pone sano en pocos minutos. ¡Gran doc­tor! ¡Gran doctor! Los médicos, burlados, le odian a muerte: él no les hace caso y gana dinero. Pero se toma soberbio, está celoso de su mujer y se convierte en liber­tino.

Entonces la comadre, para castigarlo, le envía una enfermedad que le deja entre la vida y la muerte y después el hada le lleva a ver las lucecitas de las vidas huma­nas, con el poco o mucho aceite que con­tienen. La suya está próxima a apagarse, la de su mujer brilla intensamente. Él se arrepiente, se humilla y se convierte en buen marido y buen padre. La acción corre paralela con un pequeño episodio de ma­trimonio contrariado y resuelto con la vic­toria del amor gracias a la intervención del célebre doctor «Crispino». La partitura, sin escrúpulos, pero con simpática franqueza, es vivacísima toda ella, con arias (la de Annetta cuando ha pasado de zapatera a doctora, y la de la «Frittola») que deben proclamarse dignas de llevar la firma del propio Rossini, con duetos eficaces y con recitativos de que muy pocas óperas, aun de mucho más altas pretensiones, pueden alabarse. En lenguaje pictórico se podría definir esta obra como una buena copia de escuela rossiniana.

E. M. Dufflocq

Crispín, Rival de su Señor, Alain-René Lesage

[Crispin, rival de son maitre]. Comedia en un acto y dividida en veintiséis cuadros, del escritor francés Alain-René Lesage (1668- 1747), representada en 1707.

Crispín, ayuda de cámara de Valerio, joven frívolo y ele­gante, quiere hacer fortuna a costa de su amo, especulando con sutil astucia con al­gunos sucesos de la vida de su señor. Aman­te correspondido de Angélica (hija de Oronte, bueno y severo burgués de París), Va­lerio está desesperado porque sabe que la joven ha sido comprometida por su pa­dre con Damis, hijo de un amigo suyo. Pero Crispín se entera por La Branche, ayuda de cámara de Damis, que éste en su pueblo se ha casado secretamente con su enamora­da y que, por lo tanto, no puede ni quiere pensar en el matrimonio combinado entre Oronte y su padre, Orgon. La Branche, que ha venido a París para solucionar el asun­to, ofrece así a Crispín la manera de valerse de un subterfugio para llevar a cabo una empresa engañosa y bufonesca: se presen­ta a su compadre como Damis, vestido con ropas nuevas y habla y discute con tanto garbo (excepto algún tropiezo) que se gana en seguida las simpatías de la señora Oron­te.

Pero Crispín, en su malicia, sólo mira a la dote de la joven y en vano ésta se nie­ga a ser esposa de uno a quien no ama y al que, además, no ha visto nunca. Afortu­nadamente Valerio, alejado de la casa de Oronte por consejo de su ayuda de cá­mara acaba por descubrir el enredo y todo se arregla con el matrimonio de los dos jóvenes que se aman. También se reanuda la amistad de Oronte y Orgon, llegado para disculpar la olvidada promesa de su hijo. La obra está emparentada con los modelos italianos de la comedia del arte, y siguien­do el ejemplo del mismo Moliere, intenta prestar a la comicidad un tono vivo y chis­peante, evitando la grosería de los lances y haciendo apreciar la sutileza argumenta­tiva de los dos criados y su manera de re­solver cualquier situación.

C. Cordié