William Dean Howells

Nació el 1.° de marzo de 1837 en Mártin’s Ferry (Ohio), y murió el 11 de mayo de 1920 en Nueva York. Descendía, por línea paterna, de una familia galesa y cuáquera; los abuelos maternos eran alemanes de Pennsylvania. Su padre, hombre de múltiples actividades, dedicábase principalmente a la tipografía; y así, H., a los doce años era ya un hábil cajista, ade­más de un poeta en ciernes. Amante de los libros, estuvo dotado de gran sensibilidad y sentido crítico; sus numerosas obras basa­das en recuerdos permiten vislumbrar una infancia no demasiado feliz. Autodidacto por excelencia, leyó afanosamente los clá­sicos ingleses y aprendió sin maestros el griego, el latín, el francés, el español y el alemán.

A los diecinueve años una misión periodística llevóle durante largo tiempo a la capital del estado y le introdujo en el ambiente de las señoritas de buena familia, que luego, junto con las ancianas de la misma clase social, constituyeron el público principal de H., quien escribió para ellas sin tener que violentar excesivamente sus pro­pios gustos. Consiguió notoriedad con algu­nas poesías al estilo de Heine, Longfellow y Tennyson, y tan pronto como le fue po­sible emprendió la consabida peregrinación a Nueva Inglaterra — entonces la Jerusalén de las letras norteamericanas —, que descri­bió en Amistades y relaciones literarias [Literary Friends and Acquaintances]. Como les ocurrió después a muchos otros hijos del Middlewest adoptó a Nueva Inglaterra como patria ideal; y, en realidad, por tempera­mento era en muchos aspectos más bostoniano que los mismos bostonianos.

Una bio­grafía de Lincoln, escrita a los veintitrés años, valióle como recompensa el nombra­miento de cónsul norteamericano en Venecia. Allí pasó el quinquenio siguiente, hasta el final de la guerra civil, entregado al estudio sereno de las literaturas italiana e inglesa, al arte de las musas y a la des­cripción de viajes — Vida veneciana [Venetian Life] y Viajes por Italia [Italian Joutneys] —. En París contrajo matrimonio con una mujer de Nueva Inglaterra. A su regreso de Europa trabajó en Nueva York como periodista independiente. Luego, en Boston, fue nombrado primero subdirector y finalmente director del Atlantic Monthly, la revista contemporánea más importante, que, con su refinada y elegante gravedad, contribuyo a formar el gusto de H.; éste desempeñó el cargo hasta 1881. Entre los jóvenes autores cuyos textos publicó el nuevo director figura Henry James (v.).

Con Mark Twain (v.), de quien fue al mismo tiempo mentor y conciencia literaria, trabó una amistad jamás interrumpida y celebrada en el bellísimo libro Mi Mark Twain [My Mark Twain, 19101. Mientras tanto, sus descripciones de viajes empeza­ron a transformarse en novelas. Un afec­tuoso interés por lo costumbrista, lo coti­diano, lo no excepcional y lo normal — no la «divina normalidad» mística de Whitman, sino la prosaica y secular de las existencias comunes —dio lugar, en Un encuentro ca­sual (1873, v.), a la primera de sus innume­rables e impecablemente cuidadas interpre­taciones de las costumbres y formas de vida de la clase media norteamericana. Un vo­lumen tras otro — Conclusión omitida (y.), La dama del Aroostook (v.), El país desconocido (v.), Veranillo de San Martín (v.), etcétera —, fue elaborando su retrato de las «cosas tal cual son». En Un ejemplo moderno (v.), de 1882, plantea abierta y explícitamente los principios fundamentales de la moral, y éstos — según el estilo de Nueva Inglaterra — constituyeron, en 1885, el tema de La ascensión de Silas Lapham (v.), posiblemente su obra maestra.

El año 1886 marcó un importante cambio de rumbo en la vida de H. y en la historia de la literatura norteamericana. El conoci­miento de La guerra y la paz (v.), de Tolstoi, recién traducida, determinó profundos cambios en su mundo espiritual («Jamás volveré a ver — escribió luego — la vida como la veía antes de su lectura»). Aquel mismo año el traslado de H. de Boston a Nueva York señaló el término de la dinás­tica autoridad ejercida hasta entonces en la literatura norteamericana por Nueva Inglaterra. Como director, y después colabo­rador fijo del Harper’s Magazine, dio a conocer en América a los realistas europeos — Verga, Pérez Galdós, Ibsen, Turguenev, Dostoievski, Tolstoi, etc. — y defendió la causa de un realismo norteamericano fiel a los «aspectos más sonrientes de la vida». Al conocimiento de las novelas de Tolstoi unióse luego en H. el del socialismo, y a su interés por la moralidad el que experi­mentó en favor de la justicia social.

Tales preocupaciones dieron lugar en 1890 a En busca de nuevas fortunas (v.), estudio panorámico de Nueva York que abarca todas las clases sociales. H. siguió compo­niendo novelas y artículos mensuales hasta su muerte. Su preeminencia y autoridad se vieron casi universalmente reconocidas; y así, en 1909 fue el primer presidente de la Academia Norteamericana de Letras y Artes. El año de su fallecimiento, Main Street, de Sinclair Lewis (v.), confirmaba definitiva­mente el triunfo del «realismo» en Norte­américa, pero las circunstancias ya no eran las mismas; el mundo de H. había pasado a la historia.

S. Geist