Wilhelm Oncken

Nació en Heidelberg el 19 de diciembre de 1838 y murió el 11 de agosto de 1905 en Giessen. Estudió en Heidelberg, Gotinga y Berlín y su formación se produjo en aquel período de la segunda mitad del siglo XIX, en el que junto a la acción reno­vadora del método histórico introducida por el gran triunvirato berlinés, Boeckh, Droysen y Ranke, los estudios alemanes, espe­cialmente los relativos a la Antigüedad clá­sica, todavía estaban bajo la influencia, en pro o en contra, de Grote. No pudo sustraer­se, por otra parte, a las consecuencias que tuvieron en el campo historiográfico de los «años fatales» de la historia alemana (1859- 1866) y «la fundación del Imperio». Sus obras juveniles intentan todavía mantener el equilibrio entre Grote y la escuela libe­ral-nacional; pero la influencia de esta úl­tima (y no tanto de Sybel como de su maestro Háusser) se impuso pronto. Ha­biéndose habilitado en 1862 en la Universi­dad de Heidelberg para la docencia en Filología e Historia, fue profesor agregado en esta Universidad, y de allí pasó como profesor ayudante y más tarde como cate­drático de Historia (1870) a Giessen.

Es de estos años una disertación sobre Isokrates und Athen (1862), en la que se plantea el problema de la democracia ateniense, que desarrollará más ampliamente en los dos volúmenes de Athen und Helias (1865-66). Sin embargo, en estas obras, en las que no falta la doctrina arqueológica y filológica tomada de la actividad de un Curtius o de un Duncker, aparece ya la inspiración libe­ral de Grote y el interés por la organización y los grupos políticos democráticos antiguos estrechamente unidos (como demuestra el subtítulo de la obra) a la atención por la «historia nacional y política de los antiguos griegos». Proceso constitucional y proceso unitario nacional son ahora para él una misma cosa: se invoca a Niebuhr como fun­dador de una historia «política» «cum ira et studio» en el sentido de Dahlmann, y más aún en el de Sybel, como maestro del método histórico. Se investiga la idea de la nacionalidad en la historia del «pueblo», que es cada vez menos el «demos» ateniense.

Y aunque la obra sobre la doctrina política de Aristóteles, Die Staatslehre des Aristó­teles (2 vols. 1870-75), parece por un mo­mento plantear el problema de su valor histórico y de su «moderna independencia de juicio», pronto vuelve a caer Oncken en la tradición de escuela y en la historiografía guillermina con escasa originalidad. De un humanismo liberal al comienzo del Estado nacional como método y medida de inter­pretación histórica, a la heroización del emperador alemán (piénsese en su último Unser Heldenkaiser, 1897), su parábola pa­rece anticipar y aun superar la de la for­mación de un Treitschke en tono bastante menor. Oncken fue representante de la ciudad de Giessen en la Dieta de Hennen desde 1873 y diputado al Reichstag de 1874 a 1876, y la actividad política remachó el nuevo espíritu y lo enderezó a la historia moderna. De 1876 es el primer volumen de la obra Austria y Prusia en la guerra de liberación [Österreich und Preussen im Befreiungs­krieg; II vol., 1879); y a partir de 1877 asumió la dirección de la Historia Universal en monografías (v.), a la que ha quedado mayormente vinculada su notoriedad.

He­redó de Háusser, además de algunos temas de trabajo, la exigencia de una rica docu­mentación investigada, aun alejada de la manera rankiana, y las dotes narrativas encaminadas a la educación política y pa­triótica del público, sin profundas preocu­paciones ni conflictos dramáticos interiores. Los volúmenes escritos para la colección dirigida por él, El siglo de Federico el Gran­de [Das Zeitalter Friedrichs des Grossen, 3 vol. 1881, 83], La Revolución francesa, el Imperio y la guerra de liberación [Das Zei­talter der Revolution, des Kaiserreichs, und der Befreiungskriege, 2 vols. 1885-87], El emperador Guillermo I y su tiempo [Das Zeitalter des Kaisers Wilhelm I, 2 vols. 1890-91], junto a la obra más breve sobre Heidelberg (Standt, Schloss und Hochschule Heidelberg, 3.a ed. 1885), constituyen precisamente un ejemplo de la convicción de Oncken de que «la finalidad del historiador está en narrar explicando y en explicar narrando». Salvando el escrúpulo de un «conocimiento más cuidadoso» del material de los archivos, estas obras constituyen hoy todavía un espejo de su tiempo, del mismo modo que hicieron de su autor, junto a su maestro, uno de los historiadores verdaderamente populares.

E. Lépore