Eugene Gladstone O’neill

Nació en Nueva York el 16 de octubre de 1888, murió en Boston el 27 de noviembre de 1953. Su juventud aventurera no sólo le suministró las prime­ras experiencias a utilizar en las obras con que se dio a conocer, sino que le valió también para enfrentarle con los problemas que plantea el contraste entre el destino y la naturaleza del hombre y que constituyen el centro de su obra, entendida no en sus relaciones humanas, sino en las relaciones entre el hombre y algo que puede llamarse Dios o Hado. Su padre era un irlandés que emigró a los Estados Unidos, donde llegó a ser bastante conocido como actor y director teatral, y que durante muchos años fue popularísimo personificando el conde de Montecristo. Hasta los siete años, O’neill siguió a su padre en sus «tournées»; después pasó por varias escuelas, casi siempre católicas; en 1906 se matriculó en la Universidad de Princeton, que abandonó un año después para ser empleado en Nueva York. Dejó este puesto también para unirse a una expedi­ción de buscadores de oro que se dirigía a Honduras; la expedición fracasó y O’neill, de regreso a la patria, se hizo subdirector de una compañía dramática que recorría los Estados Unidos, hasta que sintió la lla­mada del mar y se enroló en un velero noruego que zarpaba de Boston para Buenos Aires. Desempeñó en esta ciudad diversos empleos; pero pronto volvió a em­barcar, como simple marinero, en un barco inglés que hacía la ruta Buenos Aires- Durban y regreso.

El tercer viaje lo condujo de Buenos Aires a Nueva York, donde entró como tripulante en un transatlántico de la línea Nueva York-Southampton. Vuelto a los Estados Unidos, fue actor en la compañía de su padre e hizo una «toumée» por el Far West; por último, pasó del escenario a la redacción del Telegraph, modesto periódico de New London, en Connecticut, como gace­tillero. Poco tiempo después descubrió que tenía un principio de tuberculosis y hubo de permanecer seis meses en un sanatorio, entre 1912 y 1913. Salió de él físicamente curado y decidido a escribir para el teatro. En la atmósfera, entonces apasionada y entusiasta, del Greenwich Village de Nueva York, compuso las primeras obras dramáti­cas en un acto que al año siguiente repre­sentó un grupo de actores en Provincetown (Massachusetts). Estos Provincetown Players se trasladaron a Nueva York y ofrecie­ron a O’neill una salida a su abundante pro­ducción, que suma más de cuarenta títulos en las obras completas del dramaturgo. Las piezas en un acto de la fase inicial: La luna de los Caribes (v.), Ruta al Este, hacia Cardiff [Bound East for Cardiff ], El largo viaje de regreso [The Long Voyage Home], etc. (en volumen en 1923) utilizan de modo di­recto las experiencias marítimas: son más estudios de caracteres que verdaderos dra­mas y muestran influencias de G. B. Shaw y de J. M. Sjmge.

Del conflicto entre natu­raleza y destino, ya esbozado en Más allá del horizonte [Beyond the Horizon], que fue, en 1920, su primera obra de extensión normal y su primer gran éxito en los teatros de Broadway, pasó el mismo año al experi­mento expresionista de El emperador Jones (v.) que, junto con El mono velludo [The Hairy Ape], de 1922, marca el período de influencia de Wedekind y del expresionismo alemán, aunque O’neill, rebajando ésta y otras influencias, entre ellas la de Ibsen, haya reconocido de un modo explícito como maestros suyos solamente a Nietzsche y a Strindberg. El fatalismo, que había encon­trado ya expresión en Anna Christie (1921), condujo a O’neill a una forma de teatro expe­rimental, alimentado también con las di­versas doctrinas nuevas que el autor iba descubriendo. Con deseo bajo los olmos (v., 1924) comenzó a demostrar la influencia del psicoanálisis; y mientras en El gran dios Brown [The Great God Brown, 1926] el uso de las máscaras simbólicas muestra todavía viva la acción del expresionismo, Extraño interludio [Strange Interlude, 1928] y Dynamo (1929) pretenden traducir el flujo continuo de la conciencia, las frustraciones, los complejos y otros elementos psicoanalíticos recurriendo al pensamiento hablado (sutil desarrollo del antiguo «aparte») y al drama-río en nueve actos.

En esta fase ex­perimental representa un paréntesis el dra­ma Todos los hijos de Dios tienen alas [All God’s Chillun Got Wings, 1924], una de sus obras más naturales y conmovedoras, inspirada en la defensa de los negros. De 1931 es El luto le sienta bien a Electra [Mourning Become Electra], trilogía que figura entre las obras de más empeño, aunque no mejor logradas, de O’neill y en la que, aparte el origen psicoanalítico de la tras­posición moderna de un mito clásico, la culpa a expiar no es la ofensa a la divini­dad, sino la violación de la moral social, identificando así el Hado con la sociedad civil. En Días sin fin [Days without End, 1934] aparece un protagonista atraído irresistiblemente hacia el catolicismo; en Llega el hombre de los hielos [The Iceman Cometh, 1946] se expresan de un modo simbó­lico la pérdida de las ilusiones y la proxi­midad de la muerte. En el mismo año fue atacado O’neill por la enfermedad de Parkinson, que puso prácticamente fin a sus acti­vidades. Pero en 1940 había escrito un dra­ma autobiográfico, Viaje del largo día hacia la noche [Long Day’s Journey into the Night], que por expresa voluntad suya no fue publicado ni representado hasta después de su muerte.

Bajo nombres ficticios, se encuentran representadas allí las vicisitudes de su familia. En esta obra, dolorosa y conmovedora, los personajes se acusan recípro­camente del fracaso de sus vidas; no se dan cuenta de que el fracaso ha sido debido solamente a sus errores y lo atribuyen fal­samente a las circunstancias. En otros térmi­nos: O’neill se muestra aquí consciente de que el Hado está dentro, y no fuera, de noso­tros. Quizá le lleva a esta conciencia la comprobación de que él solo, de toda la fa­milia, logró redimirse y salvarse a través de su obra de escritor; aunque no estaría muy alejado de la verdad el reconocimiento de que su fatalismo pesimista es un reflejo de aquella doctrina calvinista que el puri­tanismo, nunca apagado en la conciencia norteamericana, ha perpetuado desde los tiempos de los Padres viajeros. Póstuma ha sido publicada, en septiembre de 1957, otra obra (A Touch of the Poet). Considerada en su conjunto, la obra de O’neill se nos apa­rece desigual por su mismo carácter expe­rimental debido a un temperamento funda­mentalmente poético que ha buscado a menudo un modo de expresión violentando la forma misma del arte dramático hasta triturarlo. No obstante, ese temperamento poético impregna los dramas de O’neill de una sustancia humana y de pensamiento que hace de él el más importante de los drama­turgos de los Estados Unidos, el iniciador de un auténtico teatro norteamericano, el pri­mero que haya alcanzado, en el nuevo con­tinente, una resonancia internacional, que le fue reconocida en 1936 con la concesión del Premio Nobel.

S. Rosati