Walter Horatio Pater

Nació en Shadwell (distrito oriental de Londres) el 4 de agos­to de 1839, murió en Oxford el 31 de julio de 1894. Se jactó de ser probable descendiente de un Pater que figura en una compañía de arqueros pintada por Van der Helst y de su parentesco con el pintor francés Jean-Baptiste Pater. Parece que, en efecto, la fami­lia procedía de Holanda y había llegado a Inglaterra en tiempos de Guillermo de Orange; en dicha familia se siguió durante algún tiempo la curiosa costumbre de edu­car a los hijos varones en la religión cató­lico-romana y a las mujeres en la angli­cana. El padre de Pater, nacido en América, había regresado a Inglaterra para ejercer por pura filantropía y sin miras de lucro la Medicina.

Tras los primeros años pasados en Enfield, donde se había establecido la familia, estudió Pater en la King’s School, Canterbury, y entró más tarde en el Queen’s College de Oxford (1858), donde en 1862 se licenció en Estudios clásicos: desde mu­chacho se había sentido atraído por el cere­monial religioso, y durante cierto tiempo acarició la idea de tomar las órdenes en la Iglesia anglicana, pero en definitiva se orientó hacia ese apostolado laico que es la enseñanza. No tenía, sin embargo, el tem­peramento de profesor como es entendido comúnmente; de hecho, cuando en 1880 di­mitió de su cargo como «tutor» en el Brasenose College de Oxford, de donde había sido nombrado «fellow» en 1864, para dedi­carse con más intensidad a la obra litera­ria, las autoridades del colegio estimularon tal decisión en lugar de dolerse de ella. Temperamento demasiado absorto en sus sueños, demasiado atento a los matices, carecía de aquella seguridad que se requiere en un maestro; y si algunos jóvenes se sin­tieron atraídos por su culto a la Belleza, no fue tanto por directa predicación suya como por la sutil fascinación que emanaba de su personalidad afable e imaginativa.

La inspiración literaria de Pater se despertó al contacto con Ruskin, Swinburne, Goethe y Winckelmann. En 1866 estuvo en Italia (en Rávena, Pisa y Florencia) y su contacto con las obras más vivas del Renacimiento acabó de plasmar su concepción de la vida. En 1866 apareció en la Westminster Review su primer ensayo, un fragmento sobre Co­leridge; en la misma revista (enero de 1867) el ensayo sobre Winckelmann, que junto con otros famosos ensayos publicados en los años siguientes apareció en volumen en 1873, con el título de El Renacimiento (v.). La segunda obra capital de Pater no apareció hasta unos diez años después, en 1882. Mien­tras tanto, la vida exterior de Pater seguía un curso monótono y uniforme, pasada en Ox­ford durante el curso académico y en via­jes con las hermanas durante las vacacio­nes (visitó en muchas ocasiones la Francia septentrional a la que adoraba, y en 1882 estuvo en Roma), aunque la amistad con el pintor Simeón Solomon, trágica figura de artista, vinculado también a Swinburne, cuya vida terminó en el vicio y la miseria, y ciertas indiscreciones de Wilde nos hacen entrever un temperamento especial, repri­mido y sublimado, la llave del cual nos es suministrada, por lo demás, todavía mejor por su obra: porque si la seriedad, la reli­giosidad, la moderación casi ascética enno­blecen su figura, el clima de su obra con­tiene ya en esencia el decadentismo.

Su ideal de vida, ilustrado en su Mario, el epi­cúreo (v.), consistía en un epicureismo en­caminado no a experiencias cómodas y a goces fáciles, sino a las emociones profun­das y nobles en una existencia que debía tender a la perfección, cual una obra de arte. Las páginas que exaltan el culto a la belleza, y enseñan al alma a «arder en una intensa llama», impresionaron a la nueva generación. Aun ofreciendo con claridad a la crítica su «retrato imaginario» (v. Retra­tos imaginarios, 1887), su inspiración permaneció inmóvil, como hechizada por una imagen de adolescencia rica y triste. Todos sus personajes tienen un aire de familia, y reflejan el alma del escritor, cuya revela­ción propia en El niño en la casa (v.) pa­rece prenunciar a Proust. Con esta unifor­midad se armoniza el estilo, lleno de deli­cados matices, cargado de adjetivos y de paréntesis, que le confieren un aire de pre­ciosa sutileza. La muerte, a consecuencia de una enfermedad cardíaca, terminó una vida de ritmo lento, medida con pausas con­templativas.

M. Praz