Víctor Hugo

Nació en Besancon el 26 de febrero de 1802 y murió en París el 22 de mayo de 1885. Pasó la infancia en el convento de las Feuillantines con la excepción de 1811, año en que su madre marchó con los tres hijos a Madrid para reunirse con su esposo, ascendido a general en 1809. Todavía muy joven reveló su vocación; ya en 1816 ano­taba: «Quiero ser Chateaubriand o nada». En 1819 fue premiado por la Academia de los Juegos Florales y fundó, con sus her­manos Abel y Eugène, Le conservateur lit­téraire. En 1820 recibió una gratificación de Luis XVIII con motivo de sus odas monár­quicas, y dos años después, muerta su ma­dre, inicia su verdadera actividad literaria con Odes et Poésies diversas y se lanza verdaderamente a la vida mediante la boda con Adèle Foucher, su amiga de infancia. Durante los densos años que siguieron pu­blicó Han de Islandia (1823, v.), Nouve­lles Odes (1824), una refundición de Bug- Jargal (1826, v.), novela escrita a los die­ciséis años; Odas y baladas (1826, v.) y Cromwell (1827, v.) con el famoso Prólogo (v.); en ese período nacieron sus primeros hijos —Léopold, Léopoldine, Charles, François-Victor—; fue nombrado caballero de la Legión de Honor y perdió a su padre. Las Orientales (1829, v.) y El último día de un condenado a muerte (1829, v.) con­solidan su fama, y el domicilio del poeta, en la calle de Notre-Dame-des-Champs, se convierte en la sede del cenáculo román­tico.

En cuanto al teatro, aún no se había impuesto; Marión Delorme (1829, v.) no obtuvo el permiso de la censura. El cla­moroso éxito de Hernani (1830, v.) en la Comédie Française marcó, en cambio, definitivamente su gloria y el triunfo de la nueva generación romántica. Este mismo año nació su hija Adèle. Empezó entonces una etapa extraordinariamente fecunda en todos los géneros: en la novela, con Nuestra Se­ñora de París (1831, v.); en poesía, con Hojas de otoño (1831, v.), Cantos del cre­púsculo (1835, v.), Las voces interiores (1837, v.) y Los rayos y las sombras (1840, v.), y en el teatro, donde busca el favor popular, con El rey se divierte (1832, v.), Lucrecia Borgia (1833, v.), María Tudor (1833, v.) y Angelo (1835, v.) para volver a una inspiración más elevada con Ruy Blas (1838, v.). A la dura labor y a la ininte­rrumpida producción literaria se mezclan, en la vida privada de estos años, la tris­teza y la alegría: la esposa del escritor se ha convertido en la amante de Sainte- Beuve (v.), y a partir de 1833 H. se con­suela de ello con el amor que una joven actriz, Juliette Drouet, le profesará hasta la muerte. En 1841, al tercer intento, consi­guió ingresar finalmente en la Academia. Sin embargo, este rudo período de activi­dad intensa tuvo un mal fin: en marzo de 1843 fue silbado el drama Los burgraves (v.), y en septiembre, al regreso de la re­gión pirenaica, a donde se había dirigido con Juliette para reponerse del fracaso, supo por los periódicos la muerte de su hija Léo­poldine, ahogada en Villequier.

Nombrado par de Francia en 1845, parece haber bus­cado en la intensa ‘actividad política una distracción de aquella desventura. Entre 1843 y 1851 compuso versos y empezó una novela; pero, completamente entregado a su labor de político, no publicó nada; sus intervenciones en la tribuna tuvieron un significado liberal y humanitario. En 1848, elegido en una candidatura de derecha, fun­dó un periódico, L’Événement, favorable al nombramiento de Luis Napoleón Bonaparte para la presidencia de la República. Miembro de la Asamblea en calidad de conser­vador (1849), alejóse del partido del orden con los discursos acerca de la miseria y de la ley Falloux. El 17 de julio de 1851 pronunció una violenta requisitoria contra los proyectos dictatoriales de «Napoleón el Pequeño». En vano intentó organizar la re­sistencia frente al golpe de estado; y así, hubo de huir a Bélgica. Poco después, Luis Napoleón firmaba el decreto de expulsión correspondiente. Desde Bruselas refugióse, con su familia, en Jersey, y luego, en octu­bre de 1855, marchó a Guemesey, que no abandonó ya hasta 1870. Transcurrieron así veinte años de asidua labor. Con él vivían la esposa y los hijos; no lejos se hallaba Juliette, y los amigos que acudían a su lado y con quienes se inició en el espiritismo.

Convertido en republicano ardiente y en oráculo de la oposición, con un ascendiente acrecentado por el destierro, denunció el nuevo régimen y rechazó la amnistía de 1859. Atacó al usurpador en el libelo en prosa Napoleón el Pequeño (1852, v.) y, singularmente, en Los castigos (1853, v.). Sin embargo, por aquel entonces inclinóse también hacia la poesía filosófica (Las con­templaciones, 1856, v.) y el poema narra­tivo (La leyenda de los siglos, serie I, 1859, v.). En 1862 publicó Los miserables (v.), y luego Las canciones de las calles y los bos­ques (1865, v.) y otras dos novelas: Los trabajadores del mar (1866, v.) y El hom­bre que ríe (v.), esta última aparecida tras la muerte de su esposa (1868). Vuelto a París en 1870 y elegido miembro de la Asamblea Nacional, en plena sesión dimite el cargo de diputado, y hasta 1876 no es nombrado senador. No obstante, se siente desilusionado por el nuevo régimen, y poco a poco va abandonando la vida política.

Aun cuando siguió escribiendo, el ritmo de su labor no fue ya el de los años anterio­res; además, muchas de las obras publi­cadas entre 1870 y 1885 habían sido inicia­das en el destierro (El año terrible, 1872, v.; Noventa y tres, 1874, v.; las últimas series de La leyenda de los siglos, 1877- 1883; El arte de ser abuelo, 1877, v.; His­toria de un delito, 1877-78, v.; Le Pape, 1878; Religions et religion, 1880; Los cua­tro vientos del espíritu, 1881, v.; Torquemada, 1882, v.). Al morir dejó numerosos manuscritos, publicados luego póstumos: Teatro en libertad (1886, v.), La fin de Sa­tan (1886), Cosas vistas (1887-1900, v.), Toute la lyre (1888-1893), Dieu (1891), Los años funestos (1898, v.), Dernière gerbe (1902), Océan, Tas de pierres (1942). Su gloria/ empero, siguió creciendo, a pesar de los duelos y las desventuras domésticas que la ensombrecen y de las manifestaciones cada vez más penosas de un erotismo- senil que provocó frecuentes y dramáticas rupturas entre el literato y la fiel Juliette.

Su des­tino excepcional llegó a la apoteosis. H. se había convertido en un símbolo para toda la Francia republicana. Sus discursos tenían un amplio eco y eran cada vez más nume­rosas las manifestaciones en su honor, en­tre las cuales figuraron el banquete con motivo del cincuentenario de Hernani y la celebración oficial de su octogésimo ani­versario. Algunas semanas después de la muerte de Juliette (11 de mayo de 1883), el escritor tomó disposiciones testamenta­rias («Renuncio a la oración de todas las iglesias; pido una plegaria a cada alma. Creo en Dios»). El año siguiente realizó un corto viaje a Suiza. El 15 de mayo de 1885 es víctima de una congestión pulmonar y muere el 22 del mismo mes. El 1.° de junio el Gobierno le decretaba honras fúnebres de carácter nacional; el féretro quedó ex­puesto bajo el Arco de Triunfo, y luego fue trasladado al Panteón. H. resultó el más popular de los escritores de su época, y en Francia, indudablemente, sigue siéndolo to­davía.

Lo debe, sí, a su destino de desterrado legendario y a su actitud política, que le convirtió en el símbolo de la Tercera Re­pública; pero, también, a la comprensión de los sentimientos fundamentales de la existencia privada y de la vida civil y a su elocuencia a la vez sencilla y brillante. La gloria de H. ha superado la fama habitual de los literatos, aun cuando le haya enaje­nado, en cambio, las simpatías de los defen­sores de la tradición académica y de los partidarios de la nueva poesía, los cuales reprocháronle frecuentemente el carácter impuro de su lirismo. En este caso quien permanece es, sobre todo, el poeta. Al mar­gen de las prohibiciones clásicas, que re­chaza, y a las reglas modernas, que ignora, considera la poesía como un «vasto jardín» donde «no existen frutos vedados». Trata la totalidad de los temas y utiliza todos los tonos y registros; y así, aparece épico, sa­tírico o elegiaco, llega desde el fresco hasta el cuadro de costumbres, se expresa con una sensibilidad en la que cada cual puede re­conocer los grandes lugares comunes del sentimiento, se entrega a las conmociones líricas del espíritu, sumérgese en las mayo­res profundidades de una inconsciencia abierta a las voces misteriosas del mundo, y se abandona igualmente a los juegos de una fantasía espléndida, soñadora, erótica y finalmente licenciosa.

Hugo es el poeta más variado y poderoso de un siglo del que es principar representante; el mito de su gran trilogía (La légende des siècles, Dieu y La fin de Satan) — la redención del hombre a través del tiempo — constituye la única expresión poética válida del optimismo his­tórico de la centuria, filosofía de la historia que aparece espontáneamente vinculada a la imaginación más personal y profunda: el contraste entre el día y la noche, los rayos y las sombras, es, asimismo, el del bien y el mal, la conciencia y la inconsciencia. El gran problema de H. reside en la existencia del mal, que se le presenta bajo el aspecto de la injusticia social y, en la naturaleza, en la forma de una vida infrahumana; y así, la única finalidad de la historia y de la existencia individual es la extirpación del mal, el retorno de la inconsciencia a la concien­cia, de la noche al día, y de Satán a Dios. Más allá de su siglo parece anunciar las próximas aventuras poéticas; la influencia de H. sobre Baudelaire, Rimbaud, Mallarmé incluso y los surrealistas no resulta despre­ciable. Ve en lo inconsciente un privilegiado manantial de lo poético; libra la metáfora de su destino de comparación racional, emplea la imagen con una originalidad y una audacia completamente nuevas, y trata las palabras con una furia sin precedentes.

Sin embargo, ni él ni los poetas posteriores tienden a forjar un lenguaje distinto. Si la poesía moderna procura sustituir una len­gua de expresión por otra de creación, H. no puede ser integrado en ella, dado el carác­ter expresivo de sus composiciones poéticas, en las cuales conoce, siente y contempla verdades, presencias y formas, y cuyo mag­nífico lenguaje no es sino el proceso oral de la visión. Este poeta, al cual solemos considerar como un retórico típico, resulta lo menos verbal posible, por cuanto, si ha­bla, lo hace sólo para captar su contempla­ción y forzarla a una inmovilidad y una precisión que le lleven a poseerla y no a ser poseído por ella. Su poesía es un hechizo que señala y provoca la presencia de cuanto no puede hallarse presente y el poeta ha creído vislumbrar; a esto se debe la negli­gencia del lenguaje, en el que el autor se repite sin preocuparse de ello, cual si llamando obstinadamente a la puerta espe­rara verla abierta. La monotonía no supone, en tal caso, una debilidad ni una rémora estilística, sino una especie de insistencia mágica y esperanzada.

Interesado a la vez por los signos misteriosos del mundo y los del acontecer temporal, H. aparece como un visionario cósmico que intentó poner de acuerdo su revelación del enigma universal con una interpretación optimista y racio­nalista de la historia.

E. Picón