Tucídides

Nació en Atenas, en el demos de Alimunte, entre 465 y 460 a. de C., en el seno de una de las familias más nobles del Atica, y murió en un lugar desconocido en el curso del período 404-400. Su padre se lla­maba Oloro, nombre que permite conside­rarle con mucha probabilidad descendiente del homónimo príncipe tracio, con cuya hija, Egesipiles, se había casado Milcíades. La madre de Tucídides se denominaba también Egesipiles. Evidentemente, pues, los nom­bres de los progenitores del historiador renovaban los de sus regios antepasados. La familia estaba asimismo emparentada con Cimón, y, posiblemente, con los Pisistrátidas. La juventud de Tucídides se desarrolló du­rante la época de Pericles, tiempo en el cual Atenos se hallaba en el punto culmi­nante de su poder político y de su esplendor artístico y cultural.

Recibió, indudable­mente, una formación muy refinada y ade­cuada a su categoría social; sin embargo, no sabemos con quién estudió. La tradición le hace discípulo del orador Antifonte de Ramnunte, y también del filósofo Anaxágo- ras de Clazomene; tanto una opinión como la otra, empero, resultaban bastante incier­tas. Muy probablemente, los antiguos de­bieron de suponerle alumno del famoso orador mencionado sólo por razón de las elevadas e insólitas alabanzas que el severo historiador ateniense tributó a Antifonte en el libro VIII (cap. 68) de su Historia de la guerra del Peloponeso (v.). Desconocemos cuándo y cómo empezó Tucídides a interesarse activamente por las vicisitudes de su ciudad. Al estallar en 431 a, de C. la lucha entre Esparta y Atenas, conocida normalmente por «guerra del Peloponeso», contaba aquél poco más de treinta años.

Según la Vida de Tucídides compuesta por Marcelino, el historiador no debió de participar en absoluto en la polí­tica ateniense con anterioridad al 424; por el contrario, otros biógrafos, como, por ejemplo, Dionisio de Halicarnaso, hablan de algunos cargos desempeñados por Tucídides antes de tal fecha. No obstante, como suele ocu­rrir en cuanto se refiere a su existencia, la única noticia segura acerca de la partici­pación del escritor en los acontecimientos políticos de Atenas proviene de él mismo. El año 424 resulta muy importante en la vida de Tucídides. Como nos dice éste en su obra (IV, 104), fue nombrado entonces estratega, y situado al frente de la flota ateniense del Egeo septentrional para la protección del litoral tracio y, en particular, de la plaza fuerte de Anfípolis de posibles ataques es­partanos. Sin embargo, cuando el inteligente general de Esparta, Brásidas, atacó la men­cionada ciudad en el curso de su afortunada campaña en la península calcídica, Tucídides no llegó a tiempo para impedir que los espar­tanos se apoderaran de la población.

Eucles, el otro estratega ateniense que dirigía las fuerzas de tierra destinadas a la defensa de Antípolis, envió una petición de auxilio a Tucídides, quien se hallaba, en efecto, con su flota en aguas de Tasos, pequeña isla del Egeo situada ante el litoral tracio; recibido el mensaje, se apresuró a dirigirse con siete naves hacia la plaza fuerte aliada de Atenas, pero llegó a ella demasiado tarde; Brásidas había ocupado ya Anfípolis, y Tucídides hubo de limitarse a la ocupación de Eion, para vigi­lar desde allí el desarrollo de los aconteci­mientos. Tras el fracaso, los atenienses pre­firieron acusar al estratega de traición más bien que de incapacidad, y, luego de haberle llamado a la patria, debieron de condenarle a muerte en rebeldía. Tucídides, en efecto, no vol­vió a Atenas para el proceso, y evitó la condena mediante el destierro voluntario.

Durante los largos años de expatriación permaneció casi siempre en Skapté Hyle, localidad de Tracia, donde, como él mismo cuenta (IV, 105), «tenía derecho a la ex­plotación de las minas de oro de la región». Casado Tucídides con una mujer tracia, cabe pensar que la posesión de tales yacimientos se hallara vinculada a la dote de la esposa; pudo ser también, no obstante, una herencia pa­terna. Él mismo nos informa, además, exactamente, de la duración del destierro; en el libro V (cap. 26) de su Historia afirma haber vivido lejos de Atenas por espacio de veinte años, concretamente hasta el 404, cuando Lisandro ocupó los Muros Largos y el puerto del Pireo, y Esparta, con sus aliados, puso fin al imperio ateniense tras veintisiete años de lucha muy incierta. Sin embargo, en el curso del período 424-404 Tucídides no residió siempre en Skapté Hyle; de vez en cuando se alejó de allí con motivo de largos viajes, durante los cuales fue reu­niendo numerosas informaciones para su Historia en ambos bandos contendientes — sobre todo en el de los espartanos —, para poder examinar los acontecimientos desde los dos puntos de vista.

u escrupulo­sidad histórica y el afán de precisión que le distingue de todos los historiadores occi­dentales, antiguos y modernos, anteriores al siglo XVI, le indujo con frecuencia a dirigirse a los teatros de la lucha, en busca de una mayor exactitud descriptiva y de informaciones directamente obtenidas de los espectadores de los acontecimientos. Sin duda, pues, debió de estar más de una vez en el Peleponeso; y, como nos dice la tra­dición, pudo haber visitado Sicilia y, quizá también, la Magna Grecia: la descripción topográfica de Siracusa que figura en la obra del historiador es tan exacta que no resulta posible imaginar tal precisión sin vincularla a una visita personal. Como advierte el mismo Tucídides en el prólogo de su Historia, em­pezó a escribir el texto poco después del principio de la contienda entre Esparta y Atenas, o sea en 431 a. C. Procuró poner de relieve su intuición profética de la importacia de tal guerra, su desarrollo y sus consecuencias.

Sin embargo, en el curso de los años anteriores a su destierro el escri­tor se dedicó sólo, muy probablemente, a la reunión del material necesario para la obra, por cuanto la actividad política no parece haberle dejado mucho tiempo libre para el estudio. Siquiera pretenda hacernos creer todo lo contrario, antes de 424 Tucídides no poseyó, ciertamente, una visión clara de los acon­tecimientos y sus causas, y ni aun pudo adquirir un juicio seguro acerca de su im­portancia y de su alcance efectivo. Al prin­cipio, la mayor pasión de su vida, la polí­tica, indújole a redactar notas sueltas y observaciones aisladas sobre los hechos en los cuales hubo de participar activamente él mismo.

La amargura de la derrota y de la condena sucesiva, la soledad del des­tierro, que le obligó a una actitud de reco­gimiento y a la consideración forzadamente imparcial de las cosas, y la excepcional agudeza de su ingenio le ayudaron no sólo a comprender mejor a su persona y sus aficiones, sino también a situar en un hori­zonte más amplio, de dimensiones casi uni­versales, a los hombres y a sus inmensas pasiones — el afán y la voluntad de domi­nio, el ansia de destrucción—, y las causas próximas y remotas de la vida y la muerte de los imperios. Por ello se ha dicho que el destierro favoreció en Tucídides el supremo es­fuerzo orientado hacia la imparcialidad, por encima de los acontecimientos, y a la adqui­sición del mayor equilibrio de juicio, en una investigación rigurosa y exclusiva de la verdad.

Tucídides permaneció fiel como nadie a este objetivo; recuerda con gran indiferencia su desafortunada actuación como estratega, y habla con evidente admiración de Brásidas, el general espartano que le superara en Anfípolis. Sin embargo, no debe conside­rársele historiador frío, ni hay que creer tampoco que su imparcialidad sea fruto de una aridez espiritual congénita, ni que la severidad de sus juicios o su desprecio res­pecto de la mayoría de los hombres deriven del rencor o el resentimiento debidos al destierro. La ecuanimidad de Tucídides es un equi­librio hecho de pasión, que no le impide seguir amando intensamente, aun de lejos, a la patria que le condenara, ni admirar claramente a Pericles o denigrar demasiado a Cleón.

Así, pues, no hay que dejarse en­gañar por el menosprecio del historiador hacia los hombres, por su interés en el ale­jamiento de los otros incluso mediante la dificultad del estilo, que, lejos de atraer, aparta, ni por su desesperada tendencia a refugiarse en una intangible y aristocrática severidad o en un mundo superior, regulado únicamente por férreas leyes. Tucídides no es el historiador más ilustre de la Antigüedad sólo por ser el iniciador de la crítica histó­rica y el descubridor, veinte siglos antes que Maquiavelo, de la absoluta separación entre la política y la moral, o el defensor, veinti­cuatro antes que Nietzsche, de la voluntad de poder de los individuos y los Estados como verdadero resorte de la historia y la vida humana; fue el primer historiador occiden­tal que concibió una historia vivida y for­jada enteramente por los hombres, y quien primero que nadie advirtió el entusiasmo del esfuerzo llevado cotidianamente a cabo por los seres humanos para reducir su exis­tencia a una suprema unidad, así como el del heroísmo y la fe demostrada todos los días por el hombre en la realización de sus ideales más altos y a pesar de la crueldad de la historia, que, en lugar de respetar la virtud de los individuos y la civilización de los Estados, los conduce a todos a la ruina, para que de su muerte surjan nuevas for­mas de vida, en un flujo perenne e incom­prensible.

Así considerado, Tucídides resulta verda­deramente hijo de la sofística, de la cual su Historia fue, sin duda, el fruto mejor y más elevado, por cuanto, si bien ésta se­ñala por doquier el triunfo de la razón humana sobre el carácter absurdo de los acon­tecimientos, no deja tampoco de celebrar las restantes e infinitas posibilidades y los. secretos recursos del espíritu del hombre. El plan originario de la obra del historiador en cuestión debía de comprender, induda­blemente, la narración de toda la guerra del Peloponeso, desde el 431 hasta el 404 a. C.; su texto, en cambio, se detiene en los epi­sodios del otoño del año 411 a. C., y, por lo menos en cuanto al último libro, quedó evidentemente incompleto, quizás a conse­cuencia de la muerte del autor. Según la tradición, Tucídides fue asesinado por motivos polí­ticos, y su cuerpo sepultado posteriormente en Atenas, cerca de la puerta Melitides, donde se hallaban las tumbas de la familia de Cimón.

G. Morelli