Tokugawa Mitsukuni

Nació en Mito en 1628 y murió en Nishiyama en 1700. Tercer hijo de Tokugawa Yorifusa (1603-62), pertene­cía al linaje más ilustre y poderoso de la nobleza militar contemporánea, concreta­mente a la familia de los Tokugawa de Mito, una de las tres ramas (Kii. Owari y Mito) de las cuales eran elegidos los «shōgun» que gobernaban, en realidad, el Japón. Poseedor, ya por naturaleza, de una viva inteligencia y una disposición feliz para el estudio, sólo por obediencia a los deseos de su padre y del «shōgun» Iemitsu (1603-51) se avino a suceder al primero en la direc­ción del feudo, con lo que ocupó el lugar de su hermano mayor Yorishige.

Como con­siderara esto una injusticia, procuró luego repararla nombrando sucesor suyo a su sobrino Tsunakata (hijo de Yorishige), y, muerto éste, al hermano del difunto, Tsunaeda. Mitsukuni tenía una intensa e irre­sistible afición a los estudios históricos. Contaba sólo treinta años cuando concibió el proyecto de una monumental historia del Japón; para llevar a cabo el plan fundó (1657) el «Shōkōkwan», instituto de inves­tigaciones históricas que dotó con una abun­dante biblioteca y un archivo de documen­tos referentes a la historia de las familias feudales japonesas, que en su mayor parte hizo copiar a propósito.

La institución aco­gió pronto a estudiosos de todas las regio­nes del Imperio, y en 1665 incluso a Chu Shun-shui (1600-82), literato chino natural de Chê-kiang que había huido de su país al caer la dinastía Ming (1644) y, desem­barcado en Nagasaki en 1659, donde vivió miserablemente, encontró luego a Andō Seian (1622-1701), filósofo confuciano japo­nés que le consideró maestro; invitado por Mitsukuni, Shun-shui fue uno de los co­laboradores más valiosos de la entidad. El fundador de ésta dedicó todos sus recursos y el resto de su vida a la realización del proyecto. La Gran historia del Japón (v. Dai Nihon-shi) vio la luz, parcialmente, en el curso de su existencia; el resto de la misma apareció después de su muerte.

Para poderse dedicar mejor a tal obra, en 1690 cedió el gobierno de su feudo a Tsunaeda y retiróse a Nishiyama, localidad situada a poca distancia de Ōda, al norte de Mito (en la actual prefectura de Ibaraki), donde vivió hasta el fin de sus días entregado al estudio y a la reflexión. Sus méritos superan en mucho los de un erudito. La escuela a que dio lugar, en efecto, originó un movi­miento de revalidación de los ideales na­cionales que se opuso eficazmente a la sino- filia entonces predominante en las esferas intelectuales y políticas; enfrentó la lite­ratura japonesa a la china, el sintoísmo al budismo, y el emperador, soberano «de jure», al «shōgun», que lo era «de facto»; además, sostuvo la legitimidad histórica de la dinastía meridional y exaltó la lealtad y la devoción al verdadero monarca de derecho.

De esta suerte, la escuela en cues­tión contribuyó notablemente al afianzamiento de las ideas que, poco más o menos un siglo y medio después, habían de con­ducir, tras el establecimiento de las rela­ciones del Japón con el mundo exterior (1853), a la restauración de la autoridad y el poder imperiales (1868).

M. Muccioli